Semiótica del capitalismo financiero
 

SEMIÓTICA DEL CAPITALISMO FINANCIERO


Por Roberto Hilson Foot


    La reconversión del capitalismo a partir de la década de 1970 y el fenómeno de la valorización del capital financiero, pueden ser mejor estudiados y  comprendidos por medio de la teoría de los signos, pues tanto el papel moneda, como las herramientas financieras que se han multiplicado pueden ser entendidas como signos y deconstruidos como tales.

    Podemos iniciar nuestro análisis recordando que hace más de un siglo Ferdinand de Saussure (1857-1913) defendió la idea de que un signo está compuesto por un lado por un aspecto material o imagen acústica que llamó el significante y por otro el significado o sea un concepto mental y defendió la tesis de que estas dos dimensiones están vinculadas de forma arbitraria. Los signos fueron entendidos en principio como remitiendo a otra realidad, nos hablarían de algo distinto de sí mismo y ese signo lingüístico fue entendido por el lingüista suizo como marcado por la arbitrariedad en lo que concierne a la unión entre significante y significado. En Ferdinand de Saussure el signo no une una cosa con un nombre, sino la imagen acústica con un concepto. Si es cierto que una palabra no tiene valor fijo y que el valor de los signos es arbitrario, podemos empezar a entender el trasfondo teórico de signos financieros completamente desligados de correlatos empíricos de bienes o servicios, fenómeno que se ha desarrollado exponencialmente desde fines del siglo XX.

   A partir de estos desarrollos teóricos ha predominado en la lingüística contemporánea una problematización e incluso impugnación a la idea de una correspondencia necesaria entre significante y significado, o sea crece la dificultad para establecer relaciones necesarias en la semántica o dicho en otros términos, entre los signos y los hechos o las cosas del mundo. En forma creciente esa vinculación ha sido entendida como inmotivada o mejor dicho, la motivación no está determinada por el objeto que facilita una creciente aceptación de la convencionalidad de los signos, no existiendo en buena parte de las interpretaciones actuales un nexo natural entre significante y significado con la consiguiente ruptura de formas de vinculación necesaria, despojando por lo tanto de toda trascendencia a cualquier forma de correspondencia de los signos con el mundo. Entiéndase para los fines de este escrito que es posible problematizar en principio la relación entre las herramientas financieras (significantes) y la producción de bienes (significados) para decirlo en los códigos de Saussure. El nombre no se vincula ya de forma necesaria con la cosa, sino que el signo debe ahora ser entendido como la vinculación entre la imagen acústica y el concepto. El mundo en el siglo XX se sumerge en un proceso de mediatización y de progresivo extrañamiento que implica la apertura a tener que reconsiderar los signos vinculados al valor ya no unidos o gestados por bienes y producciones materiales, sino que ahora están marcados por una creciente arbitrariedad en el preciso sentido de arbitrario respecto al significado.

     No parece posible volver a sostener como lo había hecho Agustín de Hipona (354-430) por ejemplo en “De Dialectica”, Caput V 1. “Verbum est unius cuiusque rei signum” no parece aceptable en el mundo posmoderno de la reconfiguración financiera del capitalismo que una palabra o un signo tenga una sola referencia verdadera como defendía Agustín. Los signos financieros del siglo XXI ya no dan cuenta de forma necesaria de cosas del mundo de la producción. La distinción entre significado y significante que Ferdinand de Saussure inicia de forma tan contundente a fines del siglo XIX ha desligado progresivamente a los signos del mundo extenso. El signo ya no demanda un significante como una imagen o un sonido y que porte una correspondencia necesaria en el mundo, en realidad lo que descubrimos a partir de la valorización del capital financiero es que ni siquiera demanda tener correspondencia posible con los bienes generados por el mundo social de la producción. Agustín había sostenido en “Del Maestro” que la palabra como signo necesita de la cosa (“verba signa esse” Caput II), no hay signo sin cosa significada nos decía. Además, escribía que sin signo no podemos mostrar nada (“non posse nos mostrare sine signo” Caput III) y por lo tanto cuando decimos que con un nombre significamos algo (“cum dicimus Nomen, significare nos aliquid” Caput IV) decimos que llamamos signos a todas las cosas que significan algo, entre las cuales contamos las palabras tal como nos lo explicaba Agustín en su texto del año 389. En esos tiempos históricos de fines de la antigüedad había un mundo real al cual podían referirse por medio de signos y por más que Agustín problematizara con gran profundidad el peso ontológico de la relación entre signo y mundo, no por ello renunciaba al valor representativo de los signos. Hablar por tanto es dar un signo con ayuda de un sonido articulado y esa palabra es el signo de una cosa que puede ser comprendido por el receptor cuando es proferido por el locutor. Agustín es parte de una tradición filosófica en la que todo pensamiento puede ser entendido como un signo o sea la idea como una cosa que representa otra. En ese mundo el signo es una representación enmarcada por garantías de corte teológico y metafísico, mundo que ya no es el nuestro.

    Esta tendencia que hemos descrito en forma sucinta en F. Saussure es posible de ser encontrada en la mayor parte de los pensadores del siglo XX y parece expresar una tendencia que atraviesa diversas corrientes filosóficas. Tomemos por caso y desde otra postura filosófica con tradiciones e ideas muy distintas, a Ludwig Wittgenstein (1889-1951) quien transita a lo largo de su vida un camino de creciente complejidad en sus postulados pragmáticos y semánticos. Es posible detectar un cambio entre el primer Wittgenstein del “Tractatus Lógico Philosophicus” publicado en 1921 y los escritos que comenzó a esbozar en la década del 30 y que resultarían en su obra póstuma “Investigaciones Filosóficas” publicada en 1953. Ya en el primer Wittgenstein es posible interpretar que existe una ruptura con el sujeto cartesiano que había privilegiado el concepto de res cogitans como definitorio de la condición humana, para pasar a considerar al ser humano, en el caso del filósofo austríaco, como unidad psicofísica o sea una criatura que requiere ser comprendida como inmersa en la corriente de la vida, pues son los seres humanos y no las mentes las que perciben, piensan y tienen deseos. Esa subjetividad post-cartesiana está muy vinculada a los usos del lenguaje pues es el humano el que lo elabora, postulando el filósofo que los límites del lenguaje son los que nos marcan los límites del mundo para nuestra humanidad. Cuando esboza la idea de una posible isomorfía entre lenguaje y realidad pretende aún en esta etapa de su desarrollo filosófico, preservar un lenguaje con capacidad de representación y la concepción asociada de una proposición como figura de la realidad. Lo que hace que algo sea una representación figurativa nos dirá Wittgenstein, es que se trata de una estructura de elementos a la que puede corresponder una estructura de cosas del mundo. Las proposiciones elementales representan en esa etapa de su pensamiento isomórficamente estados de cosas y ello a pesar de que en 3.322 del Tractatus defendió la idea de que el signo es arbitrario, pues mundo y vida las entendía como una sola cosa lo que afirma en 5.621. En lo que a veces se conoce como el segundo Wittgenstein o sea  el de “Investigaciones Filosóficas” entre otros textos, no hay significados absolutos independientes del contexto, por lo que el lenguaje es ahora una práctica. Elabora en esta etapa el concepto de juegos del lenguaje considerando al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido, con la capacidad de imaginar un lenguaje que según Wittgenstein implica imaginar una forma de vida. Bajo estas ideas ya no es posible reducir el lenguaje a la operación unidireccional de fijar una palabra a una cosa como si fuera una etiqueta. El significado de una palabra ahora es el uso de la misma en un lenguaje. El lenguaje es una actividad social por tanto no es privado ni individual pero tampoco algo naturalmente necesario con correspondencias semánticas naturalizables. Los sentidos ahora están en los usos por tanto la palabra no parece tener una esencia referida a un objeto particular del mundo. En esta nueva perspectiva en su obra de las décadas de 1930, 40 y 50´s el lenguaje es una forma de vida, un instrumento y un sistema, una convención interactiva y regulada. Rechazaba expresamente la versión agustiniana esbozada anteriormente de palabras que representan cosas. El lenguaje no es una vinculación necesaria entre palabras y cosas por lo que viniendo de entornos culturales diversos con filosofías muy distintas F. Saussure y L. Wittgenstein comparten sin embargo la tendencia general del progresivo extrañamiento de los signos vistos ahora como históricos, culturales o sociales pero dificultados o imposibilitados de cualquier correspondencia ontológica necesaria con el mundo.

   Algunos filósofos anticipando el sentido de la deriva de la filosofía desde fines del siglo XIX y principios del XX, trataron de salvar formas de objetividad y consiguientemente de verdad necesaria. Podemos incluir en este grupo por ejemplo a Charles Sanders Pierce (1839-1914) uno de los referentes fundadores de la semiótica, quien acepta que el signo está en lugar de otra cosa pero con la originalidad de considerar que no lo está en todos los aspectos sino con referencia a una idea, rompiendo con un dualismo de corte cartesiano y problematizando la relación entre mente y mundo. Elabora la concepción triádica de la semiótica en la que el signo o lo que llamaba “representámen” demanda algo que ahora está para alguien y por tanto en un sentido el signo debe entenderse como que está en lugar de algo, tomando u ocupando el lugar del objeto pero como algo en nuestra mente. Pierce pretendía salvar cierta extensión por fuera del signo demandado que el mismo debía tener un objeto pero mediado por la relación con un interpretante. Sin embargo, en ese estar en lugar de un objeto, no debemos entender que lo está en todos los aspectos, pues renuncia a la captación holística de lo extenso y entiende que solo se lo capta en relación a cierta idea de él o sea el fundamento. Para Pierce el signo es un elemento del lenguaje propio del interpretante que presenta las dimensiones propias de una imagen compuesta por el signo, la referencia al campo de representación y claro está, la interpretación mediando entre objeto y signo. Esta postura suponía una primera aceptación hace más de cien años de la dificultad creciente que aparecía en la relación entre palabra y mundo.

    Esta crisis de la representación que se potencia en el mundo post-moderno propio del capitalismo financiero se había insinuado incluso en el mundo de las ciencias llamadas impropiamente “duras” y se ha vuelto crecientemente compleja la posibilidad de teorizar referencias necesarias para los conceptos teóricos. Las teorías tradicionales de la referencia tan propias de las ciencias modernas han dejado de ser adecuadas, por ejemplo, tanto para los términos de magnitudes físicas como para la posibilidad de establecer objetos sobre los cuales se estructuran cadenas causales explicativas por ejemplo en el campo de la física de partículas. Paul Feyerabend (1924-1994) desde lo que algunos consideraron una posición epistemológica “extrema”, enmarcaba este problema por la resignificación de un discurso científico que ahora debe ser simplemente entendido como una tradición cultural entre otras muchas. Las teorías causales de la referencia se han encontrado de forma creciente a lo largo del siglo XX con una mayor dificultad para dar cuenta del objeto referenciado. Si en la física clásica podía admitirse la existencia de situaciones de incertidumbre cognitiva era explicable por defectos teóricos, fallas en las hipótesis o por ignorancia circunstancial resultante de los mismos procesos de conocimiento que se pensaban como perfectibles y que suponían un optimismo ontológico y gnoseológico, así como la suposición de que la interacción entre objetos del mundo e instrumentos de observación y medición se lograba mediante magnitudes continuas y expresables. Por el contrario en la mecánica cuántica del siglo XX nos encontramos en el mundo de las discontinuidades y la incertidumbre sobre la dimensión óntica de los procesos físicos entendidos ahora como parte de discursos teóricos. Volviendo a Feyerabend se gesta a partir de su pensamiento una demanda por el pluralismo epistemológico y la convicción de que las leyes de la naturaleza no se encuentran independientemente de toda cultura, por lo que es posible postular que toda teoría conforma su experiencia siendo ahora difícil defender la idea de una decisión final de verdad basada en hechos desnudos a-teóricos o sea no hay un mundo de hechos necesarios que determinen signos ni siquiera en el campo de los discursos científicos, una conclusión que facilita postular un entramado de signos despojados de referencialidad y valor necesario propios del mundo financiero.
    La complejización de la posibilidad de verdad, atraviesa como decíamos diversas corrientes y tradiciones filosóficas en las que se ha incluso puesto en consideración si no puede haber en el concepto de significado una dimensión epistemológica que llega incluso a problematizar la distinción entre lo analítico y lo sintético, un holismo semántico que cuestiona la clásica distinción Kantiana. Pensando en los términos en que lo planteaba Willard Van O. Quine (1908-2000)  se podría formular que cuando en el valor de verdad de una proposición intervienen hechos extralingüísticos estaríamos ante una verdad sintética. Lo que permite pensar que un enunciado analítico sólo se da si no tiene componentes fácticos, por lo que la verdad del enunciado analítico sólo dependería del componente lingüístico siendo de este modo necesario e incondicionalmente verdadero. Sin embargo, Quine inaugura una línea de investigación en la que se cuestionó la infalibilidad o valor de verdad absoluta de los analíticos y se impugnó la validez del empirismo. Brevemente diremos que en su perspectiva, el modo en que hacemos uso del lenguaje o sea una pragmática del mismo, tiende a condicionar o incluso determinar la clase de cosas con las que estamos comprometidos a afirmar que existen. Es difícil en este contexto mantener una dimensión empírica que ontológicamente se sostenga por sí misma y a la que nuestro lenguaje se refiera. No se podría por lo tanto tan fácilmente resguardar proposiciones como lo intentaba hacer Gottlob Frege (1848-1925) al determinar que las verdades aritméticas son analíticas o sea razonamientos sin intervención de la experiencia por la que formalizado tendríamos que p es un enunciado analítico si y sólo sí p es demostrable apelando solo a las leyes lógicas o la solidez de las definiciones. El mismo Rudolf Carnap (1891-1970) también lo intentaba cuando argumentaba que con la distinción entre lo analítico como lo filosófico propio de la verdad conceptual y lo sintético como perteneciente al ámbito de las ciencias empíricas se podía estructurar un mundo de significaciones. Independientemente de la solidez de las argumentaciones de G. Frege y R. Carnap lo interesante para nuestra hipótesis es que esta rápida y sucinta enumeración, con las disculpas del caso por las simplificaciones en que hemos incurrido, da cuenta del problema compartido por todos los pensadores del siglo XX ante la creciente complejidad o incluso imposibilidad de defender sin más el carácter representativo del lenguaje o si se prefiere de los signos.

    En concordancia con esta deriva filosófica podemos seguir el camino epistemológico entre el primer Hilary Putnam (1926-2016) y la reformulación de sus teorías a partir de 1975 con una creciente ruptura con la visión realista de la semántica y el abandono del realismo metafísico por su tesis de realismo interno. Partiendo de ese realismo científico H. Putnam comenzó en los 1970 y 80´s a internarse en la necesidad de una verdad que no demandara la correspondencia, aceptando la creciente dificultad de vincular, por medio de la misma ,los hechos de la ciencia con la pretensión de objetividad, pues había creído poder vincular objetos con teorías. Dio claros pasos en esas décadas en su evolución hacia una creciente idealización de la aceptabilidad racional de las teorías, con una creciente dificultad de referenciar en el mundo. Es muy interesante notar cómo incluso los defensores de posiciones realistas de la referencia han encontrado una creciente dificultad para mantener estas posturas en todas sus múltiples y complejas variantes y como en el caso de H. Putnam es posible seguir los desarrollos teóricos de quien defendió la idea de que el significado no está en la mente y fue uno de los que elaboró la tesis de externalismo semántico y la teoría causal de la referencia, dando cuenta hacia el final del siglo XX de la necesidad de reformular muchas de sus primeras ideas.
    Si pensamos un momento en el pensamiento de Roland Barthes (1915-1980) con su idea de que los signos, las estructuras y los códigos son los principales objetos de estudio de la semiología en relación al sistema de representación y la codificación que se implementa de los elementos propios de la textualidad, podemos también asistir a ese extrañamiento en la representación en otra tradición filosófica. El énfasis puesto por R. Barthes en “le significant vide” lo lleva a pensar en otro plano de significación más allá de los objetos, por lo que es adecuada la idea de significante vacío que habilita a la representación a demandar el poder de verdad como presencia. Son los mismos hechos empíricos los que adquieren por la presencia significante un matiz metafórico o más propiamente simbólico. Todo texto pasa a estar articulado por una pluralidad de códigos. No se puede mantener la idea moderna de un código o un sentido único y central. Crece con los años en su obra sobre todo con “El imperio de los signos” (1970) la consideración de los signos como códigos convencionales, estructuras con las cuales podemos jugar y disfrutar. Acepta la imposibilidad de que el signo se sostenga por fuera de un sistema de representaciones, el cual ahora es entendido como convencional y por tanto arbitrario, inmerso en la lógica cultural y al margen de toda postulación de necesidad natural. Estos desarrollos también ubican a este autor en la deriva de toda la filosofía del siglo XX hacia una pérdida de la representación que se ha extendido no solo a la filosofía y la lingüística sino que es posible verlo por ejemplo en las artes sobre todo en los desarrollos posteriores al cubismo y a la atonalidad y al dodecafonismo de Arnold Schönberg (1874-1951).

   Esta heterogénea recorrida y admite amplios campos de discusión filológica sobre cada autor y acepta quién esto escribe que la posibilidad de presentar a complejos pensadores en un párrafo siempre entraña formas de selección que no todos pueden compartir. Sin embargo, lo que buscamos es dar cuenta de un proceso filosófico y cultural que permite la gestación y aceptación de las categorías y conceptos asociados con el afianzamiento del capitalismo financiero, desligando cualquier responsabilidad o intencionalidad de los autores analizados en ese proceso, volviendo a la idea del alto grado en que somos hablados en el mundo del siglo XXI.

    Me parece conveniente cerrar estas consideraciones lingüísticas con algunas ideas de Jacques Derrida (1915-2004) y la posibilidad de pensar en la verdadera “ruina” de la representación. Ahora con este pensador franco-argelino, el significante trasciende la vinculación rígida a un significado específico. Se profundiza el abismo entre las palabras y las cosas. En realidad, ahora en su versión semiológica la consigna pasa a ser “en el comienzo el signo”, desmontando la pretensión de la semiología de distinguir y aislar signo y referente. La ausencia según Derrida, es lo que permite la representación pero ya no con los supuestos metafísicos modernos. Identifica un proceso de resistencia a lo que llama la tiranía del λόγος que registra en la filosofía probablemente desde Friedrich Nietzsche (1844-1900), con quien se escinde al pensar de cualquier pretensión de verdad como correspondencia. Ya no habrá forma de concebir al lenguaje como algo transparente como una suerte de instrumento de sentidos unívocos, dóciles para el emisor y claros para el receptor. Al considerar a los signos como inmotivados se excluye de toda relación de correspondencia o incluso de subordinación natural con toda correspondencia o jerarquía con pretensión de verdad entre significantes y órdenes de significados. No hay referente definitivo para el signo que refiere siempre a más signos y Jacques Derrida específicamente impugnará incluso la idea de una relación vinculante entre significante y significado como asediada por la metafísica. La deconstrucción tal como la plantea niega necesidad a la denotación e incluso la posibilidad misma de una denotación pura. Los signos por tanto carecen de univocidad, descartan toda forma de obviedad y se pueden entender como interminablemente alegóricos. La representación no puede ser para Jacques Derrida una re-presentación pues no puede haber vínculo motivacional, analogía, contigüidad o relación entre lo que un signo es y lo que representa. Este pensador demanda evitar la confusión de asimilar la deconstrucción al análisis pues no existe la posibilidad de desarrollar una analítica fundada en un elemento simple e “indescomponible”. Es más bien necesario pensar la deconstrucción como una práctica que no tiene término y que no asume  una posible conclusión en un resultado. De ninguna forma se debe pensar que la deconstrucción se agota en el análisis de fonemas pues en verdad debe avanzar sobre relaciones y estructuras institucionales, entiéndase sobre la sociedad posmoderna, en la que se consolida el capitalismo financiero que pretendemos entender.

   Lo que hemos deseado mostrar a lo largo de estas referencias es que independientemente de las corrientes filosóficas es posible detectar a lo largo del siglo XX una creciente dificultad de establecer la validez de la representación y una distancia cada vez mayor entre los signos y cualquier posibilidad de correlación con el mundo. Si por último tomamos nota del origen representativo del dinero veremos que por varios siglos el circulante buscó dar cuenta como signo, de una fuente o referencia a la que significaba. Por supuesto que a los metales preciosos se les intentaba asignar ese rol y en un sentido es posible hacer una lectura de la crítica fisiocrática a mediados del siglo XVIII contra la posición mercantilista de acumulación de oro y plata en tanto forma de riqueza, como un análisis semiótico que mostraba a su vez a esos metales como meros signos del valor. El 15 de Agosto de 1971 el entonces presidente de EE.UU. Richard Nixon (1913-1994) con el asesoramiento de Milton Friedman (1912-2006) decretó ese día domingo la inconvertibilidad del dólar con lo cual la posibilidad de tomar a la moneda como mero signo que solo es, en tanto remite a alguna forma de valor fijo, llega a su fin. Por supuesto que en el pensamiento económico había habido un gran desarrollo teórico en pos por ejemplo de pensar en el carácter representativo del dinero no en función de otro signo sino por la posibilidad de ser utilizado como instrumento de cambio y de medida del valor y subsidiariamente como reserva de valor pero referenciado en la producción de bienes y servicios que la sociedad era capaz de proveer. Sin embargo, asistimos en la actualidad al vaciamiento incluso de este sentido pues no hay correlato de bienes capaz de dar cuenta de los activos financieros existentes que entre otros detalles superan varias veces al circulante monetario mundial.
    Estamos al presente asistiendo incluso a una forma aún más novedosa pues no solo hay monedas estatales que no se respaldan en metales preciosos ni en la producción social de bienes, sino formas de moneda que no tienen respaldo de un estado como en el caso de la operatoria de AMAZON o de los BITCOINS, que no requieren de la certificación de un gobierno o de una autoridad pública estatal o multilateral. Contamos ahora con estas monedas digitales utilizadas en transacciones y transferencias. En el caso de AMAZON está disponible el “Amazon Coin” como opción de pago, una suerte de opción de ahorro y compra. No hay posibilidad en este contexto de atribuir de forma necesaria a los significantes un sentido fijo o determinar significantes que guarden con los hechos o los bienes económicos alguna forma de relación de correspondencia representativa necesaria. De esta forma los objetos convertidos en hechos se vacían en contenidos simbólicos pero ya no sostenidos en el mismo objeto y en un punto se problematiza su misma materialidad con un crecimiento de la dimensión cognitiva inmaterial en la vida moderna. El capitalismo financiero debe entenderse como una alteración del modo de producción que afecta la forma en que entendemos el valor gestando su necesaria reconsideración en el siglo XXI.

   A partir de lo expuesto en este trabajo planteamos una primera conclusión y es que el desarrollo del capitalismo desde mediados de los 1970´s implica una transformación sistémica que afecta en términos clásicos la estructura y la superestructura del capitalismo transformando el patrón de acumulación, las instituciones políticas y jurídicas así como las relaciones de producción, debilitando la capacidad negociadora de la clase obrera en la disputa por la distribución del ingreso. Si no logramos dar cuenta desde el punto de vista teórico de este fenómeno aquellos que somos parte de movimientos populares nos encontraremos en desventaja para enfrentar esta tendencia.
   La segunda conclusión es que esa transformación implica la necesidad teórica de formular una nueva concepción del valor, pues las teorías tradicionales no pueden dar cuenta del fenómeno de la valorización del capital financiero y para poder defender políticas de desarrollo, mejorar la distribución del ingreso y disputar la propiedad de los medios de producción debemos poder ajustar nuestro discurso a esta nueva correlación de fuerzas.

   La tercera conclusión nos lleva a entender que la desconexión entre valores financieros y producción primaria y secundaria en el mundo es posible en el marco de una semiótica en la que progresivamente ha predominado una creciente incapacidad de toda forma de necesidad en la teoría de los signos. Si se ha desarrollado un grado creciente de convencionalidad entre significante y significado con incluso la posibilidad de significantes vacíos y una crisis general de toda forma de necesidad en la semiótica o sea en la representación, es muy factible postular la existencia y el desarrollo de toda clase de herramientas financieras en última instancia signos, que no requieren guardar ningún correlato con el mundo de la producción de bienes. Debemos poder pensar estos procesos conceptuales desde las correlaciones de fuerza discursivas en las que la dimensión comunicativa, la lucha por la hegemonía y los modelos culturales sean dados en consonancia con los postulados económicos y políticos.

    La cuarta conclusión del trabajo es que ese mundo del predominio del capital financiero está buscando tener un anclaje territorial que le otorgue seguridad jurídica y respaldo político y militar, lo que es funcional a las dificultades que encuentra los EE.UU. para mantener su hegemonía basada anteriormente en su poder industrial frente al desafío de las nuevas potencias industriales del Asia-Pacífico sobre todo China y que encuentra en la ideología neoliberal conservadora su expresión más adecuada para los sectores corporativos y plutocráticos norteamericanos. Esta disputa por el modelo de acumulación es el verdadero trasfondo del debate y la disputa en torno a la victoria electoral del candidato republicano Donald Trump que intenta responder a la comprensión por parte de la plutocracia norteamericana que por primera vez en su joven historia y en forma cierta su hegemonía se percibe como agotada ante el crecimiento de China.
   Esta convicción debe servirnos a los pueblos de la patria grande sudamericana para delinear políticas de alianzas y multilateralismo así como formas políticas de control del flujo financiero para debilitar ese poder. No debemos resignarnos teóricamente a  globalizaciones supuestamente espontáneas, ni dinámicas de acumulación ante las que seamos meros espectadores resignados, pero para poder incidir y limitar el fortalecimiento de este sector financiero asociados en forma creciente al imperialismo norteamericano es necesario dar cuenta de su dinámica geopolítica y obrar en consecuencia con un basamento en sólidas cuentas públicas que nos pongan a reparo de los procesos de endeudamiento condicionado y extorsivo.

   Por último quiero detenerme un instante en una interesante contribución por parte de Thomas Piketty (1971) en su obra publicada en francés en 2013 como “Le capital au XXI siècle” y luego traducida al inglés como “Capital in the Twenty-First Century” y publicada en 2014 en la que postula que en el sistema capitalista si la tasa de ganancia  supera a la tasa de crecimiento, tendencialmente produce una acumulación de la riqueza, lo que está ocurriendo en el capitalismo del siglo XXI. Sus propuestas no implican la destrucción del capitalismo y no debe entenderse a este autor como un nostálgico de la economía centralizada del modelo soviético ni en un buen exégeta de K. Marx, de hecho creo que se siente cómodo en el rol de un intelectual que está a favor de los logros del capitalismo, pero a la vez da cuenta con una sólida base empírica de cómo en el largo plazo la tasa de ganancia del capital (r) está excediendo a la tasa de crecimiento de la economía del mundo capitalista (g) por lo que los ricos se están haciendo más ricos en las últimas décadas. Utiliza una definición muy laxa de capital que empobrece la comprensión tan fructífera de Marx en torno a la idea de capital como posibilidad de disponer de trabajo no remunerado lo cual implica entender al capital como relación social de dominación propio de un modo de producción en el que hay propiedad privada de los medios de producción y no como lo utiliza Piketty como equivalente de riqueza o sea de todo el patrimonio, incluyendo bonos, activos, acciones, agregados monetarios, propiedades, seguros etc. El autor contemporáneo detecta que la tendencia del sistema es a que el stock de activos sea cada vez distribuido de forma más inequitativa aumentando la brecha entre los ricos y los pobres y es útil la investigación que hace el economista francés al considerar una larga serie de 200 años de evidencia empírica, en la que encuentra que la tasa de retorno del capital es mayor que la tasa de crecimiento de la economía en algunos momentos históricos. Enfatiza la importancia del análisis de la distribución como central para las políticas económicas en el capitalismo para intentar por este medio compensar políticamente por la inequidad que emerge en la distribución. Ha desarmado las tesis meritocráticas del capitalismo desarrollado que tradicionalmente presentaba panoramas sociales de fluidos ascensos sociales demostrando que ahora estamos frente a una consolidación creciente de los sectores dominantes sobre todo debido a esa tendencia de largo plazo de que el rendimiento del capital puede ser superior que la tasa de crecimiento de la economía. El desarrollo actual del capitalismo tal como lo presenta Piketty deteriora la meritocracia al osificar los ingresos de las distintas clases sociales negando el sustento ideológico de la igualdad de oportunidades que esgrime la ideología del capitalismo. Nos dice con razón “le capitalisme produit mécaniquement des inégalités insoutenables, arbitraires, remettant radicalement en cause les valeurs méritocratiques sur lesquelles se fondant nos sociétés démocratiques.” T. Piketty entiende que existen formas de organización social que permiten que la democracia tome el control del capitalismo privilegiando el interés general. Si algo queda claro para el autor es que el desarrollo del capitalismo en las últimas décadas impugna la curva de S. Kuznets (1901-1985) que describía una primera etapa en el desarrollo de los países de crecimiento con aumento de la desigualdad pero que luego el capitalismo entraba en una etapa de desarrollo que acortaba la brecha entre ricos y pobres.
    Las ideas expuestas en este artículo tienden a completar el panorama de T. Piketty con el cual coincidimos en la importancia de las decisiones políticas y acordamos en que no hay determinismo sistémico en los procesos de distribución. Sin embargo nos diferenciamos en el análisis y la responsabilidad asociados a la valorización del capital financiero en el mundo de la posmodernidad. No creemos en el poder determinante que le asigna a la difusión del conocimiento y las habilidades pues justamente se puede comprobar empíricamente que la mejora de los niveles de capacitación de la fuerza laboral no trae aparejado necesariamente y las últimas cuatro décadas lo demuestran, mejoras automáticas en la distribución del ingreso. Probablemente hemos explorado con más intensidad los mecanismos sistémicos que están asociados a la ecuación de r ›g e indudablemente los datos estadísticos presentados en su extensa obra avalan la conclusiones sobre la deriva en la distribución, aunque entendemos que nuestra particular visión sobre las alteraciones sistémicas asociadas a las radicales alteraciones semánticas, permiten dar una marco teórico frente a lo que por momentos parece una debilidad en el desarrollo de T. Piketty que a veces parece considerar a la política como una variable independiente del sistema sin dar cuenta del entramado socio-cultural asociado al poder financiero.

   En el caso Argentino hay una clara intención de hacer escarmentar al país que se  atrevió a poner en cuestión al modelo de ajuste neoliberal, que logró reestructurar  la gran mayoría de su deuda por fuera de la desastrosa gestión de los organismos internacionales como el FMI, con el cual canceló su deuda en forma anticipada logrando una autonomía política que le permitió desarrollar el ciclo de crecimiento del PBI más largo de toda su historia y que ha reducido su exposición logrando disminuir su deuda sobre el principio teórico de que se debe crecer para poder pagar y no ajustar para volver a endeudarse, con la convicción de que la política de desendeudamiento de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner dieron cuenta del preciso momento internacional para enfrentar adecuadamente al fortalecimiento financiero. Estos poderosos agentes logran por medio del debilitamiento de las cuentas públicas, la deuda externa, la impunidad impositiva y la fuga de capitales, tasas de acumulación que generan un poder capaz de poner en jaque aún a los países más desarrollados. En términos geopolíticos además es imprescindible entender que nos encontramos en medio de la puja entre una potencia conmovida por primera vez en su historia al comprender que su hegemonía tiene fecha de vencimiento y los tanteos de la potencia emergente que apunta a recuperar el lugar de preeminencia que tuvo hasta el siglo XVIII. No habrá destino político popular sin atenuación de la exposición al capitalismo financiero y un control del excedente producido por nuestro sistema productivo. Solo por medio del des-endeudamiento y del fortalecimiento de las cuentas públicas no basadas en el ajuste podremos llevar a la mayor autonomía de la política y la mejora en la distribución del ingreso para lograr una patria más soberana, justa y libre.


Dante Alighieri “La Divina Comedia” Infierno, Canto XIX, Círculo Octavo.
“per oro e per argento avolterare or convien che per voi suoni la tromba”


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