Sujeto y territorio en la concepción politica del Pro-Cambiemos
 

Sujeto y territorio en la concepción política del Pro-Cambiemos

Por Roberto Hilson Foot

Introducción

    Este esfuerzo que emprendemos nos ha llevado a reconsiderar algunos aspectos del lenguaje en los términos en que lo había hecho Hans-Georg Gadamer (1900-2002). En ese contexto teórico entendemos que el lenguaje contribuye en forma determinante a hacer posible lo común, eso común entendido como un orden agonal que construimos colectivamente a través de nuestras acciones lingüísticas y no lingüísticas. Sin embargo ese orden no surge de una concurrencia de individuos iguales con un poder de emisión de discursos equivalentes sino que, en el lenguaje, se disputan las asimetrías de poder social. El lenguaje, por lo tanto, no puede ser entendido como una mera herramienta con un sentido funcional, como si manipuláramos un instrumento neutro, moral y político que utilizan los sujetos en igualdad de condiciones. Debemos incorporar a nuestro análisis de las condiciones actuales la noción fundante para la política que conocemos a través del lenguaje, que el mismo es parte de un desarrollo histórico-cultural y que, pensado como sistema, el lenguaje atraviesa toda conciencia y todo saber incidiendo de forma determinante sobre las asimetrías de poder y los desarrollos políticos.
    La concepción pensada por Ludwig Wittgenstein (1889-1951) que estamos en lucha con el lenguaje y que el mismo es una actividad social no privativa de un individuo soberano sino que por el contrario los sentidos son públicos y sociales, complementa la aproximación que buscamos desarrollar en este trabajo. A los fines políticos es conveniente considerar que toda generación de discurso desata dinámicas de control y selección de las cuales el discurso es un aspecto insoslayable, gestando procedimientos de inclusión y exclusión por medio del lenguaje que están inevitablemente atravesados por relaciones de poder. El discurso es una dimensión ineludible de la disputa política en la cual la asignación de verdad está atravesada por el poder de control sobre el lenguaje lo que impone reglas a los individuos que hablan imbricados en forma de ritualización de esos discursos. Desentrañar las construcciones lingüísticas ayuda a repensar las estrategias políticas para intentar optimizar los esfuerzos sociales en la defensa de los intereses populares mayoritarios.


Categoría de vecino

  El término vecino proviene del latín y está emparentado con el concepto de vicus  o sea barrio o lugar, lo cual implica casas contiguas, habitantes de un mismo barrio o una misma calle marcados por la proximidad espacial. La definición de la R.A.E. da cuenta de la idea de cercanía y de proximidad pero también de semejanza, parecido y coincidencia entre aquellos denominados vecinos, de hecho recordemos que en la época colonial en Sudamérica el término “vecino” implicaba cierta jerarquía social y no era equivalente al de habitante, pues el término vecino se circunscribía con frecuencia a los cabeza de familia masculinos, de cierta posición social encumbrada como propietarios adinerados y habilitados como tales a algún grado de participación pública. Esa vecindad y su asociación con una situación preeminente en la política, no implicó de forma necesaria una ciudadanía nacional, sino más bien fue predominante en la primera mitad del siglo XIX una identidad provincial a partir de ciudades que tendían a generar un hinterland en torno a su crecimiento demográfico y económico, deviniendo en sujetos políticos soberanos con asociaciones más de tipo confederales que federales luego de la independencia. En Juan Bautista Alberdi (1810-1884) se perfeccionó la capacidad para desplazar del centro de la fundamentación legitimadora del sistema político al pueblo para reemplazarlo por la nación. La soberanía en esta perspectiva residía por tanto ya no en el pueblo como se podía haber insinuado a partir de la revolución de Mayo sino en la nación. Recordemos que en el Diccionario de Autoridades en su Tomo II de 1729 la entrada “ciudadano” refiere al vecino de una ciudad que goza de sus privilegios y está obligado a sus cargas. En el Diccionario de Sebastián de Covarrubias de 1611 se define al ciudadano como “el que vive en la ciudad y come de su hacienda y renta o heredad: un estado medio entre caballero o hidalgo y entre los oficiales mecánicos”. Vecino como vemos tiene una dimensión identitaria que habilita a cierta consideración social y política y ha sido una categoría hábilmente utilizada por el PRO.

    Hay tres denotaciones del término vecino que considero necesario distinguir porque son parte de la sutil polisemia del lenguaje que maneja el PRO-CAMBIEMOS y que les permite introducir de forma solapada cargas discriminatorias en un término como el de vecino que parece inocuo.

    El primer sentido de “vecino” es como decíamos territorial, lo cual permite homogeneizar el ámbito espacial delimitado por esa proximidad geográfica determinante, siendo de esta forma lo condicionado por lo contiguo en el espacio, lo que le facilitó al PRO implantar a partir de 2007 la idea de espacio asediado en su momento por el gobierno K, en el cual las disputas con el gobierno nacional las desplazaban a agresiones a los vecinos de la ciudad que ellos decían defender.  

    El segundo sentido de “vecino” está determinado por los rasgos de parecido y coincidente. Aquellos que comparten el espacio, o sea no están segregados territorialmente tendrían cierta homogeneidad identitaria, despojando a la categoría de connotaciones adscriptas a una clase social que en el contexto que lo usa el PRO queda subordinado al elemento igualador constituido por la vecindad. Además el uso político del término permite acotar los intereses y debates a lo local “la vida diaria de los vecinos” que dicen querer mejorar por contraste, por ejemplo, con lo nacional un nivel en el cual la categoría de vecino es con frecuencia insuficiente y demanda en muchas circunstancias la categoría de trabajadores, pueblo o de ciudadanía. Ese nosotros del discurso del PRO les permitió generar alteridades no dichas y por lo tanto sin necesidad de caer en un lenguaje explícitamente racista, pudieron establecer una conformación no política de la identidad que articuló hábilmente el Macrismo implicando sin decirlo niveles significativos de exclusión acorde con muchos prejuicios de los que participa una parte de su electorado.

    Pero además hay un tercer y sutil sentido de “vecino” y tiene una connotación elitista pues habla de quienes tienen arraigo y tradición en el territorio, jerarquizándolos ante diversas alteridades que el Macrismo intenta estigmatizar, como por ejemplo “los okupas” (con k que no serían en este esquema vecinos), los inmigrantes de países limítrofes (que no tendrían los pergaminos necesarios para reclamar por la voz de la vecindad) y los miembros de villas y asentamientos precarios aún dentro del AMBA, (que no tienen la misma conformación urbana, serían los “villeros” que tampoco accederían a esta categoría de “vecinos”). Debe señalarse para poder combatirlo, la habilidad que han tenido para introducir categorías racistas y discriminatorias en un término que parece tan inocente como el de “vecino”, lo cual los habilita a implicar sin decirlo expresamente que en estos términos, los “okupas”, los “inmigrantes” (por no usar el lenguaje más soez y agresivo que se suele escuchar contra estos sectores) y los “villeros”, “choriplaneros” y vagos no serían en realidad “vecinos”, los sectores populares no podríamos reclamar condición de vecino o de “gente” como gustaban estigmatizar a los sectores populares (“militantes”) en los medios de comunicación oligopólicos sobre todo a raíz del conflicto con la oligarquía terrateniente en 2008.
     El planteo de los problemas y las soluciones en la concepción política del ingeniero Mauricio Macri-Blanco Villegas está muy condicionado por el uso del término vecino que es en definitiva a quienes se dirige como interlocutores de su campaña y de su gestión. En consonancia con esta idea es que organizan los “timbreos” o sea la visita de los representantes del PRO-CAMBIEMOS que impostan diálogos en un ámbito privado con los vecinos, en una relación de uno a uno despojada de una dialógica política y pública. No se convoca al pueblo o a la ciudadanía a un espacio público de participación o movilización sino que se pretenden escenificar diálogos sutilmente guionados y con frecuencia supuestamente fraternos con los vecinos en el espacio en donde se gestan las interacciones más primarias, propias de los vínculos familiares. Es un espacio hipotéticamente privado pero que de hecho logran perforar por medio del intenso trabajo que realizan en forma directa por medio de sus propias usinas de monitoreo y espionaje en las redes sociales o indirecto, por ejemplo por medio de instituciones como fue en el caso de Cambridge Analytica que les permiten tener un conocimiento detallado de amplios sectores del electorado del que estudian sus gustos, opciones, prejuicios y eventualmente comportamientos electorales. Estos procedimientos convierten de hecho las relaciones supuestamente privadas y primarias en conductas incididas por acciones profundamente estudiadas y conocidas al punto de poder instrumentalizarlos con mensajes y manipulaciones informativas así como condicionamientos conceptuales siempre amplificados por los oligopolios comunicacionales.
    En el caso de la política de la CABA esta determinación les permitió establecer en la etapa fundacional del PRO un límite territorial, generando una línea tan necesaria en política entre un “nosotros” que logran evitar que esté determinado por condiciones de clase (aunque hay un componente clasista que persiste en el voto macrista) y un “ellos” que se ubica por fuera de la racionalidad discursiva. El nosotros los imposta en una artificiosa igualación con amplios sectores medios que interpelan como los vecinos. También con notable habilidad lograron en las gestiones del Ingeniero Macri en la ciudad elaborar una alteridad que agredía al espacio territorial de la CABA, o sea a los vecinos de la ciudad lo que les permitió presentar a los proyectos y gobiernos populares como antagónicos al vecino de la ciudad, reforzando la idea de ciudad asediada.
   Esta construcción y los principios asociados se encuadran en una larga tradición que se gesta en la antinomia irreductible entre civilización y barbarie de elaboración Sarmientina. Nosotros los sectores populares debemos poder contraponer y disputar una tradición tan larga como aquella y que es posible identificar por ejemplo con el legado de José Gervasio Artigas (1764-1850) tan duramente estigmatizado por Bartolomé Mitre (1821-1906) pues el caudillo rioplatense es un referentes fundacional de una visión popular de nuestra identidad, basada en una soberanía de los pueblos como sujeto protagónico de la revolución contra el imperio español y defendía la consigna de que los más infelices y despojados debían ser los más beneficiados y privilegiados tal como lo estableció en el “Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña y seguridad de sus Hacendados” en 1815. Necesitamos construir un proyecto cultural que podamos arraigar en una tradición, popular, federal, democrática en la que podamos incluir a todos los excluidos y discriminados recreando una identidad de los postergados caracterizada por la heterogeneidad. Es imperativo elaborar una visión del país contrapuesta a la oligárquica para conformar el sistema de pueblos libres que dispute la hegemonía ideológica en pos de una patria grande. Necesitamos una visión no solo formal o jurídica de la libertad sino también la contundencia de un lenguaje que demande el ejercicio efectivo e indelegable de los derechos políticos y exija un acceso a los recursos y a las posibilidades de trabajo para poder prosperar. El valor del trabajo y del esfuerzo personal, familiar y comunitario no puede ser apropiado por los sectores rentistas oligárquicos y el peronismo permite rescatar una matriz social que valora el trabajo como articulador de las relaciones sociales involucrando al esfuerzo personal y la colaboración comunitaria. Son los sectores populares con sus manos, ideas y voluntades los que hacen la patria, no una oligarquía rentista que fuga el capital que producimos con el esfuerzo y el sudor del pueblo.

    La dicotomía expresada en la supuesta grieta es de gestación oligárquica, arraigada en la tradición colonialista de la razón moderna europea la cual se siente con el poder para imponer sus verdades. Esta antinomia nos condenó a nacer bajo el signo de la negatividad histórica en la que el conquistador europeo se afirma en su excepcionalidad subjetiva y civilizatoria en tanto dominador. En el rechazo por la barbarie y en la estigmatización del hombre natural como gustaba decir José Martí (1853-1895) se aliena y condena como clase dirigente a una eterna incomprensión de lo americano que la inhabilita para articular y liderar un proceso de transformación inclusivo de la sociedad aún dentro de los acotados límites del capitalismo. Esas clases dominantes se marginan en su capacidad para ser los agentes del desarrollo optando por el contrario por adscribir de forma subalterna y periférica o sea inauténtica en términos de G.W. F. Hegel (1770-1831) a la visión eurocéntrica y dependiente, subordinada a la razón moderna colonial o en la actualidad neocolonial. Sin embargo se debe aclarar que esta concepción en el fondo clasista y racista, no los disuade de trabajar políticamente con estos sectores excluidos pero en base a gestiones y políticas focalizadas, articuladas específicamente para esos sectores populares por lo que no desisten de poder contar con segmentos de apoyo en estos sectores que en el fondo tienden a discriminar pero que suman aunque sea parcialmente por medio de discursos y políticas focalizadas, consistente con la creciente fragmentación geográfica y social de nuestra sociedad.
      
Concepción del territorio Pro-Cambiemos
   Deconstruir  la matriz discursiva del PRO-CAMBIEMOS, implica repensar tanto a los sujetos como a los espacios territoriales que modelan, pues a menos que encontremos nuevas formas de pensar los problemas y las soluciones de la ciudad y del país no podremos romper con la hegemonía del Macrismo y aún más complejo con la hegemonía del neoliberalismo enmarcada en el legado oligárquico que condiciona la capacidad de los sectores populares de gestar un proyecto de desarrollo, inclusivo y democrático.
   Una estrategia que hemos explorado como capaz de ayudarnos a romper ese paradigma del PRO-CAMBIEMOS, es pensar en una categoría que nos permita articular nuestro programa para optimizar la defensa de los sectores más vulnerables tratando de contar con el apoyo de un sector significativo de la clase media. Es posible que ese concepto sea una reconsideración e impugnación de la noción de espacio privatizado o privatizable que implícitamente maneja el oficialismo. Es necesario volver a pensar al espacio como un producto social donde se da el encuentro para la construcción de la vida colectiva. Ese encuentro parece demandar un espacio más amigable de integración y no de segregación, aceptando la multiplicidad de intersecciones que se significan en ese espacio acorde con la tradición cosmopolita de la ciudad y del país. Debemos trabajar simultáneamente todas las dimensiones de lo percibido, lo concebido y lo vivido intentando resignificar estos aspectos de la vida urbana, coyunturalmente a partir de las frustraciones que se derivan del modelo macrista así como las posibles soluciones que podamos elaborar.

  Este planteo parece ir de la mano de la idea del derecho al espacio público, de un espacio limpio y seguro, un espacio público más amigable con el ambiente e integrado socialmente. Que además se concatena con la concepción de ampliación de derechos que se articuló desde 2003. Esta búsqueda de una concepción democratizadora del espacio contrasta con el concepto defendido por el Macrismo que no es otro que del neoliberalismo basado en la segregación en el que a la concepción de ciudad asediada que manejaron al ser gobierno de la CABA, agregaron la potenciación de lo privatizado que es una forma de consolidar la segregación social por medio de los acotamientos implícitos en los mecanismos propios de una segregación geográfica.

    La mala gestión del oficialismo está condicionada por una mirada conceptual errónea que les impide encontrar soluciones eficientes y terminan encareciendo y dificultando la vida de los ciudadanos. Es necesario pensar en otros términos espaciales para poder encontrar soluciones integrales, ecológicamente más sustentables y además más económicas pues las soluciones locales, segmentadas y privatizadas en su momento acotadas al espacio de la CABA son caras e ineficientes entre otras razones por no poder abarcar la complejidad espacial que presentan en su interacción. Un caso paradigmático es el callejón sin salida que la gestión del PRO está llevando a la CABA en materia de disponibilidad de residuos urbanos o la falta de planificación integral de los diversos modos de transporte a nivel nacional. La concepción neoliberal fragmentada e individualista, profundiza las tendencias mundiales hacia espacios aún más segregados en materia de salud, educación, investigación y formación universitaria, con supuestas soluciones residenciales basadas en los barrios cerrados, cerramiento de plazas, cercenamiento de los derechos de circulación y accesibilidad en zonas rurales, en función del poder creciente de los sectores dominantes que instrumentalizan al estado para modelar el espacio favoreciendo sus iniciativa orientada por la maximización de la renta y las soluciones acotadas a sus necesidades de clase.    

   El modelo neoliberal, que se ha vuelto hegemónico en la Argentina desde la dictadura militar, ha modelado una identidad subjetiva basada en la falsa idea de que todos somos de clase media. Es un gran logro conceptual del neoliberalismo imponer el deseo por una identidad que homogeniza lo heterogéneo. La categoría de clase media esconde contrastes incluso definitorios como por ejemplo dueños y obreros que son en este nuevo imaginario aglomerados en la clase media. En ese escenario no hay alteridad contra la cual luchar pues todos somos clase media. El ascenso social de casi un cuarto de la población del país o sea unos diez millones de compatriotas en los años K se dio en el marco de una hegemonía neoliberal por lo que esa mejora fue entendida por amplios sectores como resultante de su esfuerzo y éxito personal y no parte de un esfuerzo y logro colectivo. En ese contexto  la idea de que todos somos de clase media en la que lo diverso aparece como lo mismo permite escindir la comprensión de nuestro lugar en la sociedad así como de nuestra inserción y condición en el sistema productivo. Ya no es ser obrero o trabajador lo que nos define o capitalistas en tanto poseedores de los medios de producción sino ahora se pretende que todos seamos de clase media aunque medie una diferencia exponencial en los ingresos y posibilidades sociales de consumo y poder relativo.

    El modelo oligárquico fue desde su inicio la gestación de una identidad por exclusión que ha permitido profundizar los mecanismos de segregación espacial. Gestar un país capaz de cuidar sus recursos naturales, capitalizar su trabajo, invertir en forma productiva su excedente, atenuar las desigualdades y estructurar un desarrollo sostenido demanda de una identidad que supere la hegemónica identidad oligárquica asentada en sus mitos fundacionales basados en esencialidades culturales generadoras de exclusiones, que resultan del país pensado por la generación del 37. La dicotomía implícita en la antinomia civilización y barbarie nos ubica a los sectores populares en la condición de “damné” que había elaborado Frantz Fanon (1925-1961), o sea de los condenados de la tierra, la chusma, los negros, los bárbaros, los salvajes, los cabecitas negra, la indiada, los esclavos y los rotos, los morochos o los descamisados, villeros y choriplaneros unos pocos ejemplos de diversas épocas y contextos parte de una larga lista que certifica la constancia discriminadora y racista de nuestra élite dirigente que solo ha podido pensar un país para pocos, en el cual el problema principal ha sido su radical disconformidad con la identidad del pueblo que no sienten como propio. El corolario en las dos últimas generaciones es que  han gestado estrategias para solucionar sus problemáticas por medio de mecanismos expresamente segregadores como la medicina prepaga, la educación privada en todos sus niveles incluyendo el universitario, los centros comerciales vigilados, los barrios cerrados amurallados, las guardias y servicios de seguridad privados y los complejos hoteleros y vacacionales cada vez más cerrados y perimetrados. Estos mecanismos afianzaron la segregación social y territorial profundizando la segregación residencial, una tendencia que se inauguró con el nuevo patrón de acumulación que se instala a partir de la dictadura militar de 1976 y que representa la etapa financiera del modo de producción capitalista.

   Si es cierto que G. W. F. Hegel (1770-1831) vio pasar frente a su ventana en Jena en Octubre de 1806 al “espíritu” encarnado por Napoleón desfilando con sus gallardas tropas por las calles de la ciudad luego de su aplastante victoria en el campo de batalla con la que puso fin al Sacro Imperio Romano Germánico, en América podemos imaginar a ese “espíritu” de la modernidad colonial europea encarnado en la también gallarda figura de un ex oficial del ejército prusiano el Coronel Friedrich Rauch (1790-1829) que gustaba degollar a los bárbaros Ranqueles en nombre de la civilización de Bernardino Rivadavia (1780-1840) para de ese modo poder economizar las costosas balas. Nos toca a nosotros pensar otra construcción del país ante el legado de esa despiadada civilización y recordar incidentalmente la figura de Nicasio Maciel apodado Arbolito cuya lanza hizo morder el polvo al genocida. Una lanza que desde una periferia de exclusión y explotación se resiste y que nos impulsa a pensar que nuestro estar y arraigar en América demanda el afianzamiento de principios culturales que nos permitan defender los intereses de los sectores populares enfrentando la hegemonía de la cultura neoliberal que en la Argentina se recepta por medio de los mitos fundacionales del modelo oligárquico. Necesitamos repensar una cultura propia de una identidad que en América es inevitablemente plural,  para disputar un modelo de desarrollo popular, pacífico, democrático e inclusivo.