CULTURA POPULAR E IDENTIDADES DE LA PATRIA GRANDE.
 

 

CULTURA POPULAR E IDENTIDADES DE LA PATRIA GRANDE.
Roberto Hilson Foot


Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar,
en el valle, la montaña,
en la pampa y en el mar.

Cada cual con sus trabajos,
con sus sueños cada cual.
Con  la esperanza delante,
con los recuerdos detrás.

¡Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar!

Atahualpa Yupanqui (1908-1992)



1. ENCUADRE HISTÓRICO PARA LA DISPUTA HEGEMÓNICA ENTRE CULTURA POPULAR Y EL MODELO OLIGÁRQUICO NEOLIBERAL.

    La imposibilidad política del campo popular de consolidar un modelo de desarrollo ya sea por medio de los intentos del Yrigoyenismo, del Peronismo clásico o en su versión remozada en las últimas décadas por el Kirchnerismo, junto al retroceso político generalizado al que están sometidos en la segunda década del siglo XXI los procesos populares en América del Sur, indican no solo deficiencias en las conformaciones políticas respectivas sino también dificultades hasta ahora insalvables en la estructuración de modelos económicos de desarrollo basados en consensos sociales hegemónicos. Estos obstáculos están vinculados no solo a las formas de dominación propias del neocolonialismo o imperialismo sino también a disputas ideológicas en torno a la hegemonía en el seno de nuestras sociedades, que nos permitan estructurar un paradigma capaz de respaldar modelos de acumulación y desarrollo inclusivos en América del Sur. Esas disputas por la hegemonía en los niveles culturales se están expresando en las últimas décadas en la confrontación del amplio y heterogéneo campo popular contra las expresiones del neoliberalismo globalizante que entendemos como una cultura de dominación que se ha ido afianzando desde la consolidación del capitalismo financiero a partir de mediados de la década de 1970 por medio de tramas simbólicas que naturalizan las ideas asociadas a la hegemonía del modo de producción capitalista en su etapa financiera.
    En el caso Argentino esa conformación cultural neoliberal se ha expresado en matrices valorativas heredadas del sistema de acumulación y el imaginario cultural propio del modelo oligárquico, el cual escindía su antropología entre la civilización y la barbarie y que se encuadraba en los presupuestos de la racionalidad moderna europea.
Esta dicotomía gestada por los sectores dominantes les permitía pensar un país con independencia o incluso contra la mayor parte de sus habitantes. Los intelectuales de la oligarquía pensaron un modelo de desarrollo que demandaba la sustitución de la población existente, un caso notable a nivel mundial, en el cual condenaban a la mayoría de la población al exterminio o el genocidio, lo que generó condiciones de lo que en la antigua Grecia se denominaba "stasis" una prolongada y recurrente confrontación interna a lo largo de nuestra historia. La persistencia de esa impronta cultural, ha tenido una incidencia determinante sobre el imaginario social a lo largo de los siglos XX y XXI pues logró influir en la conformación ideológica y cultural sobre todo de los sectores medios de nuestra sociedad que han sido un ámbito social en disputa, muchas veces determinante para los procesos políticos y de la cual esta iniciativa desea hacerse cargo. Acertadamente Vladimir Lenin (1870-1924)  identificó el caso argentino que vertebraba ese modelo oligárquico, como un ejemplo de una colonia comercial de Inglaterra, lo que implicaba una dependencia económica bajo un velo de ser un país políticamente independiente desde un punto de vista formal, pero en realidad envueltos por las redes de la dependencia financiera y diplomática que subordinaba los intereses de la argentina a las políticas del Imperio Británico.
    En el desarrollo político y cultural de nuestro país, para las últimas generaciones es insoslayable, una referencia a la dictadura cívico militar (1976-1983) que por medio de un proceder sanguinario logró arrasar con una generación que encarnaba valores vinculados a un proyecto popular de profundas transformaciones. Sin desconocer los graves errores políticos que se cometieron vinculados a equivocadas visiones vanguardistas, lo cierto es que el accionar de la dictadura implicó la desarticulación de las redes sociales, sindicales, barriales, políticas y culturales que habían contribuido a estructurar el campo popular. Fue una dictadura militar respaldada por el capital financiero en alianza con sectores de la burguesía industrial y de la oligarquía terrateniente junto a sectores jerárquicos de la iglesia católica, vinculados al proceso de extranjerización de nuestra economía que complementaba el proceso de des-territorialización propia de la etapa del capitalismo financiero.
    Los sectores populares en el siglo XXI enfrentamos las profundas consecuencias de esa dictadura que deseamos destacar que se asentó sobre una matriz valorativa heredada del modelo oligárquico el cual gestó una fundación mítica de la argentina que implicaba la erradicación de los sectores populares y su sustitución. Esa concepción fundante estaba segregada del concepto de patria grande, idea revolucionaria e independentista que fue traicionada por las clases dominantes argentinas sobre todo porteñas en connivencia con terratenientes del interior, desvirtuando el legado encarnado entre otros por José de San Martín (1778-1850) y por Simón Bolívar (1783-1830). Esa fundación mítica fue gestada sobre todo por la generación del 37 con sucesivas reformulaciones en el 80 y la contribución decisiva de intelectuales como Bartolomé Mitre (1821-1906) que en sus trabajos falsificaba la historia invocando una revolución “argentina” en 1810 y un “Ejercito de los Andes Argentino” y no como correspondía nominarlos como de las provincias unidas y a la vez incorrectamente expurgaba del proceso “argentino” los planteos revolucionarios de José Gervasio Artigas (1764-1850) falsamente arrinconado como caudillo uruguayo. También fue parte de esa construcción falaz Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) con su visión dicotómica y excluyente entre civilización y barbarie que encarnaba una ideología racista que facilito atroceses genocidios como el de los hermanos paraguayos en la guerra de la Triple Alianza o de los pueblos originarios con la campaña de exterminio al “desierto”. Acertadamente Alejandro Korn (1860-1936) había indicado que la de Sarmiento de ninguna manera podía ser entendida como una cosmovisión propia del ideario romántico. Figura asimismo importante en esta construcción ideológica fue la de Leopoldo Lugones (1874-1938) al sostener, ante consecuencias no deseadas por la oligarquía del intento de sustitución demográfica por la inmigración, la necesidad de fosilizar una identidad en un pasado mítico por medio de la figura del gaucho hasta entonces estigmatizada y que encuentra sintetizada en un poema que pretende fundacional y sin embargo compartiendo la insatisfacción extrema ante la nueva conformación de las clases populares en el siglo XX, ahora con la incidencia de los inmigrantes. Ellos y muchos otros intelectuales y políticos lograron gestar un imaginario en el que conformaron un sistema de valores, un ámbito geográfico e histórico y un relato que instaura una concepción de la argentina afianzando mitos fundacionales en beneficio de la preservación del poder oligárquico. Esa construcción cultural entrañaba la consolidación de valores relacionados con visiones individualistas sobre la movilidad social que validaron las grandes desigualdades socioeconómicas, con una identidad con claras connotaciones racistas adscripta a la cultura occidental a veces circunscripta a lo anglosajón, plasmada en la Constitución de 1853 y que establecía comprensiones dicotómicas de antinomias inconciliables como la mencionada de civilización y barbarie defendida por D. F. Sarmiento (1811-1888). Por momentos este proyecto estaba permeado de cierta comprensión elitista y autoritaria de valores cristianos lo que les permitió elaborar un núcleo identitario fundacional de nuestro país. La persistencia de valores y mitos fundacionales propios de esa matriz oligárquica que articulaba una visión periférica y dependiente pero aún así portadora de la pretensión de pertenencia a la razón moderna, ha logrado a lo largo del siglo XX y principios del XXI habilitar y facilitar la recepción del neoliberalismo en la sociedad argentina sobre todo en los sentidos comunes y matrices culturales de sectores en disputa de las clases medias, gestando hegemonías que vertebraron lógicas constitutivas de la política no reductibles a meras instrumentalizaciones corporativas.
    El carácter amenazadoramente antidemocrático del neoliberalismo se expresó de forma brutal y disciplinaria en el caso trágico de la dictadura cívico militar argentina (1976-1983) que no puede ser descontextualizado de tendencias y procesos continentales pues debemos recordar por ejemplo, que la derrota sufrida por las fuerzas populares en el golpe criminal de A. Pinochet contra el gobierno de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende (1908-1973) fue parte de un ciclo de represión y muerte a escala continental que compartía una matriz militar corporativa, concentrada y articulada con factores de poder capitalista locales y transnacionales así como con los organismos financieros internacionales y sobre todo la incidencia imperialista de los EE.UU.
    El neoliberalismo debe ser entendido como una ideología política, económica y social, lo que nos permite considerarla como una cultura en sí misma. Es la cultura que por diversos modos imponen los centros hegemónicos sobre las periferias o sea es articulado por actores políticos y económicos con fines de dominación, aunque no sea necesariamente la misma cultura y en consecuencia los mismos acuerdos políticos y económicos que se dan a sí mismos los países centrales. Sin embargo la expansión mundial del neoliberalismo ha permitido postular el fin de las alternativas ideológicas por tanto negando la historicidad de los procesos sociales aún en los países desarrollados con la pretensión de ser la ideología que reivindica una completitud expulsiva capaz de acotar los límites del debate acerca de las alternativas económicas y políticas. El neoliberalismo es en todos sus sentidos y ámbitos socio-políticos, una cultura para el hegemonizado e implica un “constructo” que busca generar el andamiaje ideológico que naturalice la dominación y obstaculice los procesos de liberación sustentados en el entendimiento de que el accionar social solo puede ser pensado como fundado en el atomismo individualista. Este discurso neoliberal pretende constituir al mundo con la ambición de agotarlo, cerrando y haciendo irrelevante cualquier brecha ontológica entre la realidad y el discurso articulado por la racionalidad instrumental que incluso le permite gestar una semiótica de desapego entre signos y realidad productiva. Lo que apela a lo inasible o exótico pierde condición de racionalidad dentro del paradigma neoliberal en donde el conocer ya pesa no en tanto epifanía de la verdad sino en la capacidad de modelar el accionar corporativo en la instrumentalización de la verdad social.

    El neoliberalismo como expresión ideológica ha implicado la coordinación de toda una estrategia no solo económica sino también política, educativa, religiosa, comunicacional y su articulación en todos sus frentes. Esto se ha desarrollado en el marco de un mundo políticamente hegemonizado tras la caída del bloque soviético por las expresiones capitalistas para las que las categorías teóricas asociadas a la idea de la  posmodernidad han permitido afirmar un fin de la historia que han entendido como la consolidación de la democracia liberal basada en la propiedad privada de los medios de producción y la imposición de los valores propios del individualismo deshumanizador y tecnocrático. La derrota material de los diferentes proyectos populares a nivel continental, el emplazamiento de dictaduras y gobiernos que desmantelaron en el territorio de la patria grande esos proyectos, lograron a lo largo de las últimas décadas desvincular y desmembrar en la sociedad civil muchos de los lazos solidarios que las entramaban. Estos elementos condicionantes contribuyen a explicar la hegemonía del neoliberalismo, la naturalización de sus discursos y valores en el seno de nuestras sociedades que en el caso de nuestro país se hizo patente para toda una generación con el apoyo de amplios sectores de la clase media urbana a los intereses concentrados de la oligarquía terrateniente y los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad, en lo que se llamó el conflicto con el campo en 2008-2009 y posteriormente el apoyo electoral que sobre todo algunos sectores medios brindaron al actual gobierno de Cambiemos en 2015. La creación e imposición de un sentido común neoliberal que hasta hoy perdura y es muy poderoso en la sociedad civil argentina, es el gran logro y triste legado de la última dictadura que recordemos fue cívico militar y se constituye aún hoy en día como el primer obstáculo cultural a nuestra soberanía e independencia y a la consolidación de una cultura popular capaz de estructurar los sentidos de la acción social y política por fuera de los valores neoliberales, habilitando los consensos para la gestación de construcciones políticas basadas en sólidos entramados socioculturales.
    Desde la recuperación de la democracia en 1983 ha habido una falsa percepción de alternancias electorales cuando en realidad el predominio de la derecha ha logrado incluso infiltrar a los partidos mayoritarios tradicionales como en el caso de la U.C.R. ahora mayoritariamente aliado al PRO, del Menemismo dentro del Peronismo o las gestiones pro-mercado del Socialismo Santafecino o las diversas formas de supuesto progresismo que terminaron claudicando ante el mercado y el poder financiero en los 90´s. Si repasamos los últimos años notamos que luego del esperanzador triunfo del Alfonsinismo en 1983 esa posibilidad política fue rápidamente coartada por los poderes corporativos dominantes y la U.C.R. tuvo que proponer un plan de ajuste como el Plan Austral para lograr su triunfo electoral en 1985. Si bien es posible discutir acerca del grado de engaño en los discursos de campaña del Menemismo, no podemos dar cuenta con ese argumento de la secuencia de victorias electorales posteriores e incluso debemos atender a que la alternativa electoral representada por el Frepaso y la Alianza en 1999 no pudo romper con la trampa de la convertibilidad. Esa Alianza para lograr su triunfo electoral evaluó como necesario adscribir a la preservación de esa matriz económica como requisito para lograr el voto mayoritario. Recordemos que posteriormente aún con la debacle de todo el entramado neoliberal de endeudamiento y empobrecimiento, en medio de la peor crisis de la historia argentina, en las elecciones de 2003 la primera minoría la logró C. S. Menem, clara expresión de ese modelo financiero neoliberal. El acceso a la presidencia de Néstor C. Kirchner (1950-2010) implicó un nivel de confrontación con los sectores dominantes que muy pocos pudieron anticipar aún entre sus votantes. Sin embargo, cuando estuvo en disputa el poder en torno al control de la propiedad privada estructurado en el ideario neoliberal como en el caso que mencionábamos de la confrontación con la “mesa de enlace” de los sectores oligárquicos en 2008-2009 sobrevino una notable derrota política y electoral para el gobierno, lo cual nos habilita para ver que a pesar de los grandes progresos en la disputa por la hegemonía que se registraron desde la recuperación de la democracia pero sobre todo desde la crisis del 2001. Los sectores populares con todos sus matices y diferencias hemos sido derrotados por un proyecto neoliberal respaldado por el imperialismo, los intereses financieros internacionales, la oligarquía terrateniente, una amplio sector de la gran burguesía, un sector de la jerarquía eclesiástica, estructurados por los oligopolios mediáticos que replican y jerarquizan la comprensión de la realidad con miradas sesgadas por sus intereses económicos y políticos, pero basados en los consensos sociales de amplias audiencias que se muestran permeables a esos relatos.
    Sin desconocer los errores cometidos de los cuales hemos sido muy críticos, ni las dificultades políticas y económicas que enfrentó el ciclo de gobierno entre 2003 y 2015, necesitamos aceptar niveles profundos de autocrítica que nos permitan dinamizar un debate que llegue al ciudadano común, disputando la forma en que gestamos los sentidos que orientan nuestra vida y pensando en un ámbito que no se circunscriba solamente a la argentina sino que incluya a la patria grande en toda su heterogeneidad fundante. Esta es la gran labor cultural que debemos encarar sin confundir el accionar político con la especificidad propia de lo cultural que puede encuadrarse en principio como la disputa en la sociedad civil por la hegemonía.


2. CARACTERIZACIÓN DEL NEOLIBERALISMO.

    No podemos, por lo explicado en el primer apartado, circunscribir nuestra comprensión del neoliberalismo a la dimensión económica, corporativa o política partidaria pues como hemos afirmado, el neoliberalismo es también una cultura o sea una configuración socioeconómica y valorativa que facilita la estructuración y dominación asignando sentidos y por tanto gestando poder. En el caso argentino ese imaginario socio-cultural reconoce una matriz que le facilita su inserción en nuestra sociedad cuya génesis debe ser rastreada en el relato construido en el siglo XIX por los intelectuales vinculados al proyecto oligárquico y que ha sido el elemento que ha facilitado la recepción cultural que hace nuestra sociedad del ideario neoliberal. El neoliberalismo otorga sentidos, narra en base a supuestos antropológicos y si bien ya no postula los supuestos ontológicos que daban basamento al liberalismo clásico, sostiene sin embargo, una racionalidad pragmática que respalda los intereses corporativos capitalistas. Debemos cuestionarlos y enfrentar las formas en que los factores de poder dominantes logran en forma sistémica generar hegemonías que nos condenan a un accionar político que debe conciliar con esos sentidos comunes.
    Los consensos gestados por la hegemonía neoliberal que son producto de actividades articuladas por parte de un entramado de instituciones académicas, organismos internacionales, ONG´s, medios de comunicación, intereses financieros etc. se convierten en condición necesaria para el éxito de los actores políticos vinculados con esos intereses. Construyendo imaginarios políticos, incidiendo en las prácticas discursivas, manipulando sistemas de valores y generando falsos universales, logran en última instancia definir el universo de sentidos. La labor de los actores sociales, culturales y políticos que defendemos una cultura popular no puede estar por lo tanto unida a la mera desarticulación coyuntural de la legitimación del gobierno de Cambiemos, sino que debe ser más profunda, con una mayor proyección histórica y estratégica, pues disputamos la producción de consensos y los basamentos discursivos, antropológicos y socioeconómicos que hacen posible los predominios políticos. Esta labor que encaramos no debe ser presentada como resultado de un mero voluntarismo sino que debe entenderse como enraizada en una larga tradición de disputa contra el imaginario fundacional oligárquico de la argentina, en una lógica situacional en la que se están debatiendo las visiones en conflicto. Buscamos alterar los consensos propios del sentido común neoliberal que nos permitan una reconsideración de nuestro presente como producto histórico resignificado, por lo que necesitamos ejercer una labor entendida en condicionantes situacionales. Esta labor nos demanda la acción conjunta de múltiples y variados actores culturales, sociales, sindicales y políticos que nos habiliten con la fuerza de lo colectivo a expandir las dimensiones poiéticas, la forma en que sentimos, entendemos y expresamos nuestra realidad. Sin desconocer la importancia crítica del rol del estado, en las actuales circunstancias nuestra labor debe potenciar su acción sin poder contar con los recursos que el mismo podría proveer, por lo que es indispensable la sinergia que se puede obtener de la labor conjunta y coordinada de actores vinculados con la cultura popular que trabajen solidariamente para potenciar y amplificar sus voces. Esta misma predisposición favorable a lo colectivo es una primera impugnación al aislamiento individualista al que nos expone el neoliberalismo. Nuestras prácticas deben ser de ese modo consecuentes con nuestros principios entendiendo que en el fondo se trata de la disputa por el poder y que la cultura popular solo puede resultar de la expresión mancomunada de una gran diversidad de actores.
    Como adelantábamos entendemos que el neoliberalismo es una cultura con un saber tecnológico y una práctica que articula diversas dimensiones, intereses e instituciones que han pretendido con relativo éxito gestar una hegemonía. Es crítico entender que además de ser una política es una cosmovisión simbólica que habilita y legitima a esas prácticas políticas. Los símbolos distintivos de la moda, del éxito, de la prosperidad y de las formas en que gesta la realización individual son indicios de la dependencia que llamamos hegemonía. Enfrentamos la gestación de una subjetividad neoliberal que se diferencia del sujeto cartesiano propio de la modernidad, el cual se pensaba como la unidad elemental que fundaba el orden democrático en una antropología de la libertad individual que validaba el contrato social legitimante. La subjetividad neoliberal posmoderna presenta variaciones significativas con respecto a ese modelo cartesiano moderno y se encuentra atravesada y avasallada por la conversión del sujeto en el emprendedor de sí mismo, que se gestiona en una condición de deuda con la sociedad que modela su imaginario. El neoliberalismo reifica la dimensión del mundo de los bienes, justificado por la creencia de que existen objetos independientes de las matrices de producción económica, científica y cultural, argumentando una falaz neutralidad valorativa de la dimensión del mercado. La episteme dualista de matriz cartesiana que marcó la modernidad europea había facilitado la mecanización conceptual de la sustancia extensa objetivada, lo que implicaba poder desarrollar un conocer que permitía una decisión individual que en forma sumativa maximizaba la productividad social. Ese entramado ideológico tiene en nuestro continente la impronta genocida del colonialismo, entendiendo que no hay ilustración ni modernidad europea sin la colonialidad que implicó la co-constitución de estas dos dimensiones en el proyecto moderno europeo con alcances mundiales. Los poderes corporativos que articulan el neoliberalismo generan estrategias para la construcción de hegemonía basados en una antropología que edifica una idea fundacional en torno a subjetividades no históricas, que en sus viejas formulaciones liberales clásicas eran fundantes por su carácter contractualistas entendiendo que los sujetos podían ser pensados como preexistentes a la sociedad, basados en la artificial uniformidad de una naturaleza humana que tipificaron como propia del maximizador racional de beneficios de origen fisiocrático en el siglo XVIII. En términos coloniales  implicaba un fuerte racismo y una inapelable discriminación al apropiarse el europeo del universal con existencia histórica, vaciando ontológicamente a la alteridad colonizada.
    Las construcciones individualistas, por tanto egoístas, que obran en función de principios meritocráticos son ejemplificadas y justificadas siempre por medio de las excepciones exitosas y no por el destino desencantado de las mayorías, esta forma de pensar el mundo ha permeado a extensas capas sobre todo de los sectores medios de nuestra sociedad. Por este ideario simbólico logran un control de la subjetividad pero también de lo social al recurrir a la positividad de la seducción narcisista. Nos proponen una humanidad mercantilizada que puede ser valorada, estudiada y sometida a los dictámenes del mercado que en el mundo posmoderno del capitalismo financiero son en realidad las estrategias de las grandes corporaciones y los intereses del capitalismo financiero, más que el ideario decimonónico de múltiples actores libre concurrentes que en su privacidad de raíz cartesiana eran la garantía de la libertad, lo cual marca una significativa diferencia que justifica el uso del prefijo “neo” para el liberalismo.
    En nuestra historia el ascenso social de sectores de las clases medias con frecuencia no trajo aparejado un rol modernizante y liberador pues han tendido a incorporar y socializar los valores de los sectores tradicionales con pretendidos efectos miméticos que los asimilaran buscando la identificación más que la ruptura. Incluso el ascenso social de unos diez millones de compatriotas luego de la crisis del 2001, se dio en el marco de un predominio de valores individualistas y librecambistas, por lo que era fácil de anticipar que muchos de ellos sostendrían la idea de que ese ascenso era posible gracias solo a su esfuerzo individual y prefirieron no considerar que era también el resultado de procesos socio-económicos colectivos. Las configuraciones culturales que inciden en esos procesos implican tramas simbólicas, asimetrías de poder y procesos marcados por su historicidad. En el caso del neoliberalismo debemos entender la vida, la interacción con los otros y aún consigo mismo como formas de mercancías, competencia y gestión cuasi empresarial. La lógica a la cual con frecuencia adscribieron estos sectores es que si ellos como individuos lo habían logrado, cualquiera que replicara ese esfuerzo podría obtener el mismo ascenso socioeconómico y por lo tanto los sectores que no se incorporaban a los patrones de consumo de las clases medias, era el resultado de su indolencia y exclusiva responsabilidad de los mismos.
    El aparato comunicacional y cultural del neoliberalismo actúa mediante diferentes mecanismos y estrategias debilitando la relación de los individuos con sus espacios y las diferentes proyecciones y significaciones del mismo, dificultando la discusión cara a cara para privilegiar la elaboración de consensos sociales por medio de su conversión en audiencias de los medios de comunicación entendidos como industrias culturales de matriz oligopólica y corporativa. Nuestra propia historia, símbolos y problemáticas específicas, la construcción moral, tradiciones y formas de acercamientos a la realidad, en definitiva el “modo de estar en el mundo” termina siendo cautivado por el paradigma de la cultura neoliberal que potencian los medios oligopólicos cuyos intereses materiales ya no se circunscriben a la dimensión informativa y comunicacional. Decíamos que en el caso argentino este paradigma esta enraizado en la especificidad del mito histórico fundacional de la oligarquía asociada a una supuesta época dorada que se basaba en una estructura tan endeble como la del “granero del mundo”. Esa cosmovisión edénica que en realidad esta en la raíz de la impotencia de las clases dominantes que no supieron capitalizar esa ocasional ventaja en los términos del intercambio en el comercio internacional en beneficio del desarrollo social y productivo sostenido, es tergiversada como una condición ideal arrasada por los sectores populares. Esa falsa imagen primigenia, logró impactar sobre el ideario cultural de forma determinante, pues supuestamente ese pasado todavía se encarna en el “campo” como garante identitario de mitos fundacionales como por ejemplo lo estructuró Leopoldo Lugones (1874-1938) en su obra “El Payador” (1913-1916) al resignificar la obra de José Hernández (1834-1886) “Martín Fierro” (1872-1879) confrontando con los sectores populares que resultaron del proceso inmigratorio. Tan poderoso es ese ideario fundacional  que amplios sectores medios urbanos expresaron intensas adhesiones a los sectores oligopólicos más concentrados contra un gobierno democrático y popular durante lo que se conoce como “el conflicto con el campo” en 2008. Esos comportamientos, una vez más sin desconocer los errores políticos y comunicacionales del gobierno de entonces, nos muestran la necesidad de disputar hegemonía pero reconociendo la potencia iconográfica, semántica y simbólica de los idearios y relatos fundacionales oligárquicos.
    Las nociones de pertenencia histórica y geográfica, patria, soberanía, solidaridad, destinos colectivos nacionales son valores que el neoliberalismo busca debilitar o resignificar pues intentan impedir que los sectores populares puedan elaborar tramas simbólicas y horizontes de deseo por fuera de la asimetría de poder, cuestionando su rol subalterno. El neoliberalismo implica un ideario disgregador que permita el aislamiento de los individuos en el marco de una determinante segregación espacial. El modelo oligárquico entraña una matriz cultural que en forma dicotómica ha estigmatizado a los sectores populares que han sido desde su misma concepción adscriptos a ser la encarnadura de la barbarie. En esos marcos teóricos la civilización implicaba la imitación de lo europeo o sea lo civilizado, que no surgía sin embargo de una cultura nacional sino que era fruto de la adscripción a una cultura dominante a nivel mundial que imponía su dominación no mediante consensos democráticos, sino mas bien por la acción despiadada de la conquista, los genocidios, la esclavitud y el imperialismo. Tanto Juan Bautista Alberdi (1810-1884) como Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) que tuvieron entre ellos múltiples desencuentros, unían sin embargo sus voces en la denigración del sufragio universal, restringiendo el concepto de pueblo al de los notables, los ilustrados, los decentes como gustaban auto elogiarse. La verdad y densidad histórica quedaba circunscripta al ámbito determinado por una racionalidad que escondía bajo su pretensión de universalidad, una raíz histórica europea, social y económicamente condicionada por un sistema colonial. En este esquema los sectores populares siempre fuimos estigmatizados como los gestores de la arbitrariedad, de lo no racional, lo bárbaro, lo determinado exclusivamente por la dimensión afectiva  y por ello la necesidad que tendríamos de adscribir a liderazgos carismáticos que como tales son deslegitimados como opciones políticas no racionales pues serían fruto de nuestra pasión e ignorancia. Sin embargo, digamos con firmeza que la gestación oligárquica de estas dicotomías se basa más en una caricaturesca recreación de lo racional más que en una creación auténtica. Fue gestada por intelectuales de imitación que hablaban en nombre de una universalidad que prefirieron no percibir que era fruto de las relaciones coloniales de poder. En este esquema las masas populares fuimos discriminadas, denigradas y rebajadas por las clases dominantes que gestaron desde el inicio de nuestra historia una visión excluyente y expulsiva de nuestra identidad. Tomemos para ejemplificar este punto, el caso de José María Ramos Mejía (1849-1914) quien en 1899 publico el libro “Las multitudes argentinas: un estudio de psicología colectiva” en el que postula “científicamente” que la conformación de los guarangos, los vulgares, chabacanos e ignorantes o sea nosotros los sectores populares, fue resultado de las desafortunadas combinaciones raciales locales. La famosa y remozada grieta del siglo XXI fue como vemos creada por visiones de las clases dominantes incapaces de pensar un país inclusivo.
    Aquellos que hemos sido fruto de la inmigración tenemos la responsabilidad moral de tomar partido por los sectores excluidos, encarnarnos como “damné” como lo presentaba Franz Fanon (1925-1961) para no ser cómplices ideológicos de los exterminios y genocidios que han constituido a lo largo de más de cinco siglos a este continente. Solo seremos dignos de esta tierra si hacemos propio el repudio a la historia de sangre y muerte que baña nuestra América, no avalando de ningún modo lo hecho por las clases dominantes. Solo esta actitud ética ante nuestra historia nos redime y exculpa de las masacres del pasado. No podemos pensar una relación a-histórica con las estructuras resultantes de esos procesos y es la cultura popular la que puede resignificar las dinámicas sociales y espaciales que debemos entender como de gestación colectiva. Debe quedar claro que no son los sectores populares los que crearon la grieta sino que somos los que la denuncian desde una identidad popular en disputa en la que nuestra circunstancia americana solo puede pensarse como heterogénea, diversa, inclusiva por lo tanto verdaderamente democrática y constitutivamente respetuosa de la diversidad,  por lo tanto auténticamente popular. Nuestros planteos identitarios a diferencia del racismo europeo y de los intelectuales de imitación americanos, no están amenazados por formas de discriminación expulsiva pues la nuestra es una identidad de lo diverso que se nutre de la riqueza de la convivencia heterogénea que hace a la historia de nuestro continente. Podemos definir en este sentido nuestra situación en forma colectiva, con la convicción de que la coherencia de una cultura popular nos demanda un pensar y sentir colectivo que en nuestro caso sudamericano es diverso e inclusivo pues no hay desde donde gestar una cuantificación expulsiva o jerarquizante de los múltiple componentes del legado americano. Solo podremos realizar la disputa simbólica por las consecuencias deseadas resultantes de una nueva hegemonía asumiendo esa heterogeneidad.
    Necesitamos construir relatos culturales alternativos que sigan impugnando las construcciones neoliberales. Recordemos que los intelectuales que estructuraron el ideario oligárquico fueron muy conscientes de esa necesidad. Adolfo P. Carranza (1857-1914) director del Museo Histórico Nacional dijo con respecto a esa institución que debía ser “el relato a ser tomado en cuenta como historia canónica oficial”. Adicionalmente el capitalismo financiero contemporáneo ha gestado formas de control novedosas, de avasallamiento de la personalidad y de desintegración de lo privado que había sido el refugio durante la modernidad de la libertad y ha convertido la privacidad en mercancía por medio del estudio invasivo, la manipulación de las emociones y la ludificación del tiempo que se ejerce sobre todo desde las industrias culturales. El capitalismo se afianza admitiendo una diversidad que no conmueva el orden de reproducción, mostrando una inmensa capacidad de homogeneizar curiosamente por medio de la fragmentación y condenando la individualidad a la intrascendencia sistémica. En ese contexto sectores de las clases dominantes y medias, han intentado escindir su vida y desarrollo familiar de los destinos colectivos por medio de la privatización de su educación primaria, secundaria y universitaria, el acotamiento expulsivo y controlado de sus circuitos comerciales, el desarrollo de sus sistemas de medicina prepagas, sus sistemas de exclusión por medio de los barrios cerrados con la privatización de su seguridad, procedimientos multidimensionales por medio de los cuales han renunciado a la disputa social inclusiva y por la solución de estos problemas para el colectivo social. Este proceder ha sido funcional a la segmentación y a la privatización de la vida. El neoliberalismo en ese contexto espacial, intenta además deshistorizar para poder aislar al sujeto más fácilmente. Sin embargo nos debe quedar en claro que no hay procesos sociales que no estén sujetos a significaciones dependientes de marcos valorativos propios de universos culturales, ante los cuales nosotros debemos hacer un esfuerzo conjunto para enfrentar estas tendencias, conscientes de que somos parte de una tradición que pretende disputar el paradigma neoliberal moldeado en los valores e idearios oligárquicos. Sabemos que tenemos a nivel nacional y continental experiencias históricas compartidas en forma desigual por tanto nuestro proyecto no puede ser tildado de antojadizo. Tenemos una larga genealogía de lucha que arranca con la resistencia de los pueblos originarios, los procesos revolucionarios independistas y los primeros liderazgos verdaderamente federales y populares como los de José Gervasio Artigas (1764-1850), Martín Miguel de Güemes (1785-1821) o la lucha de las mujeres como Juana Azurduy (1780-1862). Esta genealogía nos constituye y nos habilita a establecer el campo de acción para un lenguaje que dispute la hegemonía así como la posibilidad de enraizar nuestro esfuerzo en una tradición tan antigua como la reivindicada por la oligarquía, pero a diferencia de ella basada en principios democráticos, inclusivos y solidarios con una clara pertenencia territorial. Una tradición que hace del espacio una dimensión significativa para el colectivo popular permitiendo encuadres espaciales y culturales de integración. La hegemonía sin embargo, no implica de por si un proceso emancipatorio pues vivimos en el marco del capitalismo y de relaciones neocoloniales, pero sin duda es un aporte a una suerte de condición de posibilidad necesaria para la gestación de políticas de desarrollo nacional.



3. DISPUTA CULTURAL POR LA HEGEMONÍA ENTRE LA MODERNIDAD Y LA POSMODERNIDAD.

    De acuerdo con lo que hemos desarrollado en los apartados anteriores vamos a reafirmar nuestra idea de que el neoliberalismo no se circunscribe a una posición económica. Sin embargo es pertinente reiterar que en términos ideológicos e históricos presenta ciertas especificidades que lo diferencian de su herencia estrictamente liberal. El auge del neoliberalismo se afirma ante el deterioro de las políticas conocidas como socialdemócratas o keynesianas en las décadas de los 70´s y 80´s del siglo XX y el deterioro y caída de los regímenes del socialismo real. El fin de la historia y la irrupción de la posmodernidad implicaron la consolidación progresiva del modo de producción capitalista en su reformulación financiera. Se registró una creciente autonomización de los signos monetarios y financieros desconectados del concepto de valor tradicionalmente vinculado a la producción física de bienes, con una hegemonía creciente de las corporaciones transnacionales capaces de amenazar la pretensión soberana de los estados y debilitar la capacidad de negociación de las clases obreras nacionales. El orden liberal clásico podía pensarse a partir de una antropología de afirmación pretendidamente universal de raíz cartesiana, o sea propia de la modernidad europea en la cual la ontología garantizaba a la razón bien ejercida el conocimiento del mundo y una pragmática basada en ese buen saber del orden metafísico, que si se ejercía adecuadamente, permitía una maximización de beneficios que traía aparejado el mayor bienestar para la mayor cantidad por la mera condición sumativa de bienestares particulares. La posmodernidad del siglo XXI cuestiona la ontología y la gnoseología de ese orden liberal desintegrando la posibilidad de afirmar una antropología con pretensión universal, imposibilitando un racionalidad objetiva, desarticulando la potencia del carácter representativo de los signos y reforzando la lógica de la maximización de beneficios para los actores determinantes o sea los corporativos y sobre todo los financieros sin poder garantizar el bienestar general del entramado social.
    Esta nueva etapa del capitalismo nos plantea consumos diferenciados que son organizados por medio de sustratos de cosmovisiones neoliberales que implican la explotación por parte de los actores determinantes en el mercado de la dimensión narcisista del yo sustentado en el concepto de libertad en sentido negativo para que no existan obstáculos para el consumo. El estudio de los patrones de consumo ha estado asociado al estudio cada vez mas pormenorizado por parte de las ciencias de los comportamientos sociales que están permitiendo un nivel cada vez mayor de instrumentación de las conductas. La subjetividad ya no esta acorazada como un ámbito privado de interioridad por tanto de libertad tal como lo pensaba la filosofía moderna contractualista de matriz cartesiana. La ruptura posmoderna a la que estamos asistiendo se vincula además con la abolición de la linealidad histórica propia del liberalismo que había afectado a buena parte de las filosofías decimonónicas como el Hegelianismo-Marxismo o el Positivismo y se ha reformulado como el fin de la historia resultado teórico de una aplicación estrecha de la dialéctica Hegeliana con la consecuencia de una hegemonía del neoliberalismo que a diferencia de la filosofía moderna carece de la posibilidad de formular una antropología universal, fundante de un orden social, pues ahora la subjetividad es atravesada e instrumentalizada desde los poderes corporativos.
    Es posible entender que el liberalismo clásico suponía un orden social que pretendía garantizar una asignación óptima de recursos que se entendía que generaba la mayor prosperidad para el mayor número de personas en términos pragmáticos, tal como lo formulaba por ejemplo Jeremías Bentham (1748-1832). Sin embargo, esta elaboración teórica contrasta con el paradigma neoliberal. El orden jurídico y político ya no es el del estado mínimo sino el del estado en función de los intereses corporativos y sobre todo financieros para garantizar la hegemonía corporativa como forma de preservar la propiedad privada de los medios de producción, la apropiación de plus-valía y la multiplicación exponencial de los signos y ganancias financieros sin impedimentos políticos.
   La construcción antropológica y metafísica de la modernidad fue una elaboración íntimamente vinculada con la estructuración de la lógica absolutista del capitalismo colonial europeo basado en la violencia de esa colonialidad. El Logo-centrismo europeo que se sintió en la posición de poder proclamar el universal aún siendo solo una parcialidad, esta penetrado por esa prepotencia colonial e imperial que deviene en la co-constitución entre subjetividad y expansión colonial moderna. El Siglo XVIII “el de las luces”, es a la vez el de la continuación de la expansión de la colonialidad esclavista junto al desarrollo de la ilustración, la consolidación en la economía política y la filosofía de la subjetividad europea fundada en la pretensión de ser lo universal. Se afianzó en ese siglo el avasallamiento de las poblaciones coloniales, cierto es que en muchos casos con complicidades locales, generando una transnacionalización forzosa de la negritud en el caso de los circuitos esclavistas. Esa masacre genocida de millones de americanos, asiáticos y africanos se desarrollaba por iniciativa del occidente gestado como proyecto de la razón moderna que como anticipábamos había pretendido poder formular el universal de la humanidad escamoteando que ese universal no era más que la expresión interesada de un particular, eso sí, con una potencia económica y militar capaz de moldear el mundo durante casi quinientos años.
    Al final del ciclo de cinco siglos esa razón se agota en la crisis posmoderna a partir de la cual desde la antigua periferia podemos entender con más claridad la falsedad asociada a esa pretensión de universalidad, la cual escondía un claro designio de dominación imperial por medio de la imposición de valores asociados a la extracción de recursos y dominación de mercados. Durante el siglo XX las ideas de Marshall Mac Luhan (1911-1980) en torno a los desarrollos de la aldea global que permitía un grado mayor de libertad suponían en el fondo un cosmopolitismo de raíz Kantiana con un profundo optimismo ontológico por la mundialización que hoy se torna insostenible. Los debates y polémicas generadas en torno a estas transformaciones están ahora instrumentalizadas por los medios de comunicación. Estos medios en el encuadre actual del capitalismo financiero solo pueden ser entendidos como exponentes de las corporaciones capitalistas y solo parcialmente vinculados con la información y las noticias pero comprometidos fundamentalmente con la idea de la información como mercancía. Ante este escenario la discusión acerca de la hegemonía se presenta con grandes dificultades e impedimentos para los sectores populares, sin embargo solo un proyecto popular puede ser verdaderamente inclusivo, condición necesaria para la democracia como sistema, con la capacidad de transformar de acuerdo a los deseos de los pueblos, las estructuras sociales.
    Respecto al modo de actuación del neoliberalismo en lo cultural, su trabajo fue siempre el del vaciamiento de contenido y sentido de la identidad específica de los pueblos en su relación con el espacio. Este territorio no lo entendemos como fuente de determinaciones sino como ámbito en el cual se significan los actos sociales, allí donde se ordenan de forma espacial y temporal los intereses y por tanto asiento de las construcciones simbólicas. El neoliberalismo pretende la erosión de los lazos que vinculan entre sí a los individuos de una sociedad por fuera de las relaciones mercantiles, denegando incidencia a lo que cobra sentido en situaciones espaciales. El neoliberalismo manipula el deseo como impulso aislado y por lo tanto mercantiliza, orienta y modela ese deseo. De este modo socava los cimientos sobre los cuales se construye la identidad y la pertenencia a entidades colectivas en dimensiones espaciales, para reemplazarlos por la disgregación y el aislamiento frecuentemente invocando el que supuestamente tendrían el peso de ser los de “todo el mundo” sin ser en realidad más que los intereses del poder dominante, al punto de situar incluso al mismo estado en la posición de ser una institución en situación de ser vigilado por las corporaciones. El neoliberalismo como cultura pretende cohesionar a la sociedad expulsando la posibilidad de oposiciones sistémicas, planteando el paradigma de una sociedad realizada, consistente y fundada en el individuo aislado. En este marco es que debe tomarse con mucha precaución la idea de una resolución de antinomias por medio de acción comunicativa, tesis defendida por Jürgen Habermas (1929), pues lo que esta en cuestión es si es posible gestar un entorno de discusión libre en un capitalismo corporativo y transnacionalizado. Parece haber una carga conceptual moderna en estos postulados que demandan su reconsideración entre otros elementos porque la pérdida del paradigma moderno impide tener a un sujeto que sea la base de la autonomía y la libertad en la clásica herencia contractualista. El problema es que ya no parece posible pensar escenarios de libre discusión que permitan el desarrollo de la intersubjetividad a partir de condiciones sociales que resulten de procesos sumativos y agregativos en los cuales cada hablante tenga las misma capacidades de amplificación de su discurso.
    En nuestro país la crisis del 2001 no implicó una desarticulación de ese entramado hegemónico implícito en la dominación impuesta por la dictadura cívico militar. No se consolidó a partir de esa crisis una situación de mayor diversidad o pluralidad democrática. De un modo general, se nos aplica la regla de que todos los sentidos creados por el discurso del neoliberalismo se pueden caracterizar por la conversión en mercancía de la experiencia humana y toda expresión y forma cultural implica la deslegitimación de lo popular, toda vez que esta identidad es necesariamente conciencia del espacio y por tanto de una particularidad opuesta a la pretendida universalidad del neoliberalismo.  El neoliberalismo es la expresión de una gran cantidad de instituciones públicas y privadas y como decíamos sobre todo corporativas que como cultura es un sistema que articula lo social y lo político por medio de prácticas que implican valores y saberes. Es una práctica que ha logrado arraigar y que está en el ideario de amplios sectores de nuestra sociedad lo que sugiere que debe pensarse como interiorizado con cierto arraigo incluso en los sectores populares. No hay que pensar que viene solo de “afuera” o de sectores dominantes sino que debe entenderse como que se encuentra incorporado en prácticas de amplios segmentos sociales. El acto cultural se transforma en este contexto en valor de cambio como producto de la sociedad capitalista atravesada por la lucha de clases, una condicionalidad ante la que el ciclo de gobiernos populares de principios del siglo XXI no logró generar una inmunización contra esa incidencia del paradigma neoliberal.
    La política y la cultura tiene cada una su especificidad y no deben subsumirse sino complementarse, pero debemos entender que no es posible aislar el fenómeno del poder de la cultura. No hay tampoco una dimensión económica aislada de la cultura pues las relaciones de producción son disputas simbólicas que se debaten e imponen en medio de relaciones significativas culturalmente desarrolladas. En momentos en que el neoliberalismo, en tanto ideología política y económica hegemónica logra imponer sus valores culturales a escala mundial, nos convocamos para construir un espacio de pertenencia, una identidad colectiva, con un objetivo estratégico y un accionar al cual pueda suscribir todo el campo popular. Sin duda podemos utilizar ciertos aspectos de la contribución de Ernst Cassirer (1874-1945) en torno a la idea de que el lenguaje que deberemos utilizar, no puede ser reducido a su función instrumental ni puede ser utilizado con la pretensión de nominar una realidad que lo resiste y es pertinente para nuestros objetivos aceptar por el contario que el lenguaje conceptualiza y nos permite articular los significantes en las configuraciones sociales. Nos afecta particularmente su idea de que todas las esferas culturales ya sean artísticas, científicas o lingüísticas conforman sistemas simbólicos, pues el conocimiento permite conceptualizar la experiencia. La cultura neoliberal y su carga simbólica que globaliza el individualismo, que crea un sentido común y concibe la vida como mercancía, sacraliza los valores del mercado despojándonos de nuestra identidad y lazos territoriales, vaciándonos tanto de pensamiento crítico como de contenido histórico y si es exitoso logra anestesiar nuestros sentidos de Soberanía, Patria y Libertad.
    Debemos como hemos adelantado situarnos como parte de una tradición. Somos parte de los colectivos resistentes aun a las avanzadas mas poderosas del neoliberalismo, que han enfrentado la compleja red tecnológica del poder articulado en general por oligopolios mediáticos que han podido estructurar una hegemonía que no debe entenderse como la anulación o supresión del conflicto sino que han logrado en muchos casos que los lenguajes, valores y cuestionamientos se adecuen a los términos establecidos por la dominación. Debemos pensar a la cultura como un ámbito en el que esos cuestionamientos se disputan por medio de narrativas de legitimación en las cuales la intersubjetividad es constitutiva del proceso del conocimiento que en el caso del neoliberalismo pretende naturalizar como si fuera un orden dado de dominación. Sin duda los aportes de Mijail Bajtín (1895-1975) nos permiten recordar como las relaciones sociales de dominación y los contextos y circunstancias sociales entre interlocutores explican el uso real de la lengua. No debemos pensar en poder contar con una cultura como refugio que nos preserve de la ofensiva neoliberal sino mas bien de entender que la disputa con el capitalismo financiero y su entramado neoliberal requiere una problematización y proyección poiética de una dimensión cultural, capaz de generar inteligibilidades asociadas a la comprensión de la necesidad de pensar una subjetividad, intereses y lineamientos políticos no reductibles a los valores neoliberales. No hay posibilidad de refugiarse en una fosilización ni “escencialización” apriorística de la cultura sino que nuestro proceder esta más bien vinculado a una búsqueda de identidad que obstruya la reducción a una globalidad que esconde la imposición de modelos que se manipulan en función de intereses corporativos identificables. Podemos incluso problematizar y debatir acerca de las ventajas de plantear un concepto como cultura u optar por la idea acaso más heterogénea y acaso más conflictiva de “configuraciones culturales” pero siempre a condición de entender que es necesario un debate sobre dimensiones identitarias, éticas y artísticas que no se reducen a la discusión política o socio económica. Pugnamos por un concepto a disputar de cultura o configuraciones culturales que permitan gestar una memoria para pensar la vida colectivamente, significada en entornos espaciales, con conciencias valorativas de elaboración colectiva.
    Necesitamos gestar por lo tanto un arte que se desarrolle en diálogo con la intersubjetividad creativa de los pueblos en los que el artista o los trabajadores de la cultura puedan sentirse contenidos en una completitud que le permita sentir y expresarse en compañía de su pueblo y no aislado en su individualidad. Recordemos la pertinencia del sentido profundo de la etimología de la palabra cultura cuando remite a los sistemas simbólicos que nos permiten pensar y sentir el mundo afianzando los procesos de crecimiento creativo. Nos gusta recordar también que la etimología de la palabra cultura se asocia al verbo cultivar por ejemplo, en su uso como “agricultura” el trabajo de la tierra. Necesitamos entender a la cultura como actividad poiética y expresiva, una gestación productiva de sentidos que crecen y se desarrollan y nos permiten en forma dinámica enfrentar los desafíos de un mundo cambiante en el que los paradigmas modernos de la centralidad europea están en crisis y nos demandan redefiniciones para enfrentar nuevas condiciones mundiales. Ante estos desafíos y amenazas debemos gestar entramados simbólicos plurales, dinámicos e inclusivos que habiliten a los artistas a dialogar con sus pueblos para sentir y razonar con el afán de convertir nuestro hacer en el mundo en una inteligibilidad abarcativa que podamos compartir como destino colectivo. Cultura en este sentido, remite mucho más al futuro, siendo dinámica y creativa más que anclada o fosilizada en pasados que nos condenaron.


4. ANÁLISIS Y PROPUESTA PARA LA DEFENSA Y DESARROLLO DE LA CULTURA POPULAR.

    El campo cultural es por lo tanto un ámbito de gestación y de creación en el que se problematiza espacialmente la elaboración simbólica de las realidades creando significaciones sobre las que pretendemos incidir para que sean en beneficio del pueblo. La cultura implica desarrollar perspectivas de las problemáticas que nos atraviesan, visibilizando y disputando el problema de la hegemonía cultural ante el poder corporativo y globalizante del neoliberalismo, al cual buscamos interpelar de forma directa y sostenida desde el campo cultural popular, con miras a construir y organizar una identidad que en definitiva contribuya a la toma de conciencia para la defensa de nuestra soberanía. Esto no se puede hacer sino se incorpora y se valora la diversidad, gestando una apertura del campo popular que permita interpelar a diversos actores culturales, políticos, sindicales y sociales en el afán de problematizar una identidad a partir de lo popular que pueda estar articulada en un hacer cultural identificado con los valores de la patria grande. Esta dimensión agonal debe aceptar discutir abiertamente una caracterización del problema de la hegemonía considerando que el neoliberalismo es una cultura por medio de la cual  nuestra conciencia y el sentido que damos a nuestros actos son amenazados. La cultura neoliberal debilita nuestras posibilidades soberanas, alienando y aislando a los individuos de sus espacios y comunidades y al mismo tiempo generando la imposibilidad de discutir democráticamente nuestra identidad y proyección pues son discusiones que el sentido común neoliberal obstaculiza por definición, al intentar negar a esos conceptos entidad y colectividad. Esta hegemonía no se puede enfrentar y disputar con alternativas ciertas de poder modificar la realidad, sin gestionar o predisponer a los actores sociales a converger en procesos de unidad coordinada para la gestación de una “poiética” del campo popular, proponiéndose como decíamos una disputa por la soberanía cultural.  Esta necesaria interacción nos compele a una pragmática de consolidación de un concepto amplio de cultura, entendida como un ámbito en el que nos constituimos como sujetos y como colectivos. En este contexto podremos contribuir a entendernos como actores que se socializan en densidades culturales y no como personas que forjan un camino individual lo que solo conduce a una alienación que es funcional al individualismo neoliberal. La cultura puede representar un conjunto de manifestaciones, procedimientos y modalidades de la creatividad humana, individuales y colectivas, aprehendidas, acumuladas, permanentemente enriquecidas, que identifican la singularidad de una sociedad y de las diversidades que la integran como totalidad situada en un espacio historiado. La cultura que pretendemos defender es la integración holística y dinámica a veces conflictiva y agonal de todas estas posibilidades. Deviene en una identidad que permite modelar procesos interculturales en permanente construcción y recreación. La cultura popular y la disputa que estamos dispuestos a dar pueden permitir una conformación identitaria de un pueblo pero entendemos que es un accionar que no está circunscripto a la dimensión de la comunidad política partidaria, requiere por lo tanto, de una participación social de múltiples actores de las dimensiones sociales culturales, sindicales etc. Pueblo, implica en estas condiciones agonales, una ruptura con el bloque de poder asociado con la dominación. En nuestra encrucijada histórica estamos ante la incapacidad de las clases dominantes de generar consensos y es evidente que no han logrado a lo largo de casi dos siglos gestar un proyecto colectivo de desarrollo mostrando una impotencia intergeneracional para constituirse en clase dirigente. Por tanto el concepto de pueblo en el sentido en que nos interesa explorar deviene en principio en el bloque social de los oprimidos. No puede en ese contexto limitarse a la clase obrera aunque la formulación de lo popular deba dar cuenta de la lucha de clases, pues la especificidad de la dominación nacional y colonial se expresa por medio de una apropiación diferencial de recursos, dominio minoritario de los medios de producción y un modelado espacial en función de esa explotación. La cultura nos puede ayudar como pueblo a tomar consciencia de sí, a no depender de los oligopolios comunicacionales para la conformación de nuestra identidad e información y a elaborar nuestros ideales políticos y sociales. Con miras a ello es que fomentamos el diálogo creativo y democrático que habilite a una elaboración conjunta de respuestas ante los conflictos y experiencias sociales. Ante las grandes crisis hegemónicas como las de 1945 o 2001 el pueblo tuvo en cada instancia mayores posibilidades de expresar y alterar las relaciones de poder. Sin embargo a diferencia del modelo oligárquico que no vinculó su proyecto a una expresión política partidaria determinada, con frecuencia en nuestro caso, hemos sido presa de una subordinación a expresiones políticas puntuales. Este proceder a la larga nos debilitó pues expone esa acumulación simbólica a los vaivenes electorales. Ello sin desconocer que la hegemonía y los contenidos propios de la hegemonía deben pensarse en el marco condicionado de las relaciones de poder social o sea articulado con la comprensión de las consecuencias de las luchas de clases y las disputas emancipatorias y ello a pesar de que hayamos perdido en el siglo XXI la capacidad de contar con una clase obrera con la capacidad de ser un sujeto histórico. No hay condiciones culturales que no refieran necesariamente a las condiciones de explotación cuya conceptualización nos ayuden a tematizar y fomentar una concientización sin depender de una adscripción partidaria directa que limitaría nuestro accionar.

    La labor de la que hemos dado algunos indicios implica en el fondo una puja agonal por consolidar una soberanía cultural con la convicción de que ella es necesaria a los fines de lograr la hegemonía de aquella cultura que enlace a los individuos con sus tradiciones y espacios, creando identidad solidaria en el marco de esta relación. Parece indispensable ante el avasallamiento de la globalización modelada por los actores determinantes del capitalismo financiero plantear la necesidad de que una cultura popular debe guardar alguna relación del pueblo con su espacio, que en definitiva es su historia y otorgue sustento a sus intereses y proyecciones. Una forma de discutir los valores asociados a esos entramados por los cuales nos relacionamos, implica jerarquizar algunos atributos sociales que deseamos resaltar, como por ejemplo la solidaridad y la inclusión, como formas paradigmáticas capaces de gestar deseos y conductas sobre los cuales intentamos configurar el entramado social. Esto implica la necesidad de instituir un lenguaje para articular el conflicto y habilitar de forma inclusiva diversas identidades asociadas a lo popular. El pensamiento de Roland Barthes (1915-1980) nos puede ayudar a pensar lo complejo de esta situación cuando nos fuerza a meditar acerca de la pluralidad de códigos que pueden estar presentes en un texto o en una cultura por lo que debemos renunciar a imponer un sentido único tanto por nuestra constitución histórica Sudamericana como a su vez por las consecuencias teóricas deducibles del pensamiento de Barthes. Gozamos de una genealogía de la diversidad sobre la que actuamos que facilita receptar esas advertencias teóricas. Recordemos como José Gervasio Artigas (1764-1850) ciudadano de las provincias unidas y no un caudillo uruguayo, hablaba de un pueblo real y visible que incluía a las poblaciones originarias, los negros zambos y mulatos, los gauchos y los pobres, los artesanos, campesinos y trabajadores por lo que no hablaba de espíritus abstractos del pueblo sino de voluntades diversas y heterogéneas del pueblo real no reductibles a un sentido único impuesto que se desarrollaba en entornos geográficos e históricos que los condicionaban. En el afán de consolidar una soberanía cultural y de poder interiorizar una coherencia histórica y discursiva, debemos también posicionarnos ante los grandes acontecimientos del pasado repudiando la herencia colonial y oligárquica la que puede en un punto, ser pensada en sus continuidades más que en sus rupturas con ese orden de dominación. Por ello es que entre otras cosas repensamos la historia a partir de la condena a la Guerra del Paraguay o Guerra Grande/Guasú (1864-1870), nos mostramos interesados en los aportes del revisionismo popular de la historia, fomentamos las resignificaciones condenatorias sobre la genocida Campaña del Desierto (1878-1885) que se entronca con la masacre asociada a la conquista de América y la indispensable valoración de los pueblos originarios. En esta posible resignificación de la tradición defensora del concepto de patria grande y de cultura popular no hay espacio para formas esencialistas de pensar la nación, no hay objetividad posible de la razón moderna colonial en nuestra tierra de realismo mágico. Somos por nuestra constitución histórica y modelado espacial el continente de la heterogeneidad étnica y no podemos aceptar una mera reconstrucción voluntarista o segregada de una nacionalidad, proyecto que entrañó una formulación respaldada solo por intereses minoritarios como fue el caso del proyecto oligárquico que intentó sin éxito construir una nación argentina desde la resignificación de los eventos de Mayo de 1810. Desde nuestra perspectiva las reiteradas frustraciones y fracasos de la argentina tienen que ver con la incapacidad y deficiencia propia de esa matriz elaborada por la generación del 37 y por la del 80 que nos habilita, acaso nos impele, a pensar una nacionalidad que permita volver a fundar un proyecto nacional desde lo popular. Quisiéramos considerar por un momento a modo de ejemplo la reacción de uno de los intelectuales más perspicaces de esa generación del 37, no siempre valorado en su justa medida, me refiero a Juan María Gutiérrez (1809-1878) cuando le fue ofrecido un nombramiento en 1873 como miembro de la Real Academia de la Lengua Española este porteño lo rechaza. Es interesante considerar que a pesar de los aspectos loables en esa actitud de rechazo de la pretendida fiscalización idiomática universal por una institución española y monárquica, Gutiérrez argumentó que era necesario contar con un desarrollo lingüística que pudiera expresar los sentimientos específicamente americanos y permitiera a los americanos reapropiarse de su herencia cultural, explicando incluso al movimiento barroco como un fenómeno que expresaba la condición colonial de América. Gutiérrez entendía aún desde una posición elitista que la cultura y la lengua deben ser capaces de incluir y significar narrativas históricas que nos permitan reconstruir nuestra tradición lo que nos permite dar sentido a las luchas y en ellas lograr el reconocimiento a nuestra identidad. Sin embargo a la hora de precisar las influencias de esa nuevo desarrollo lingüístico en tierras americanas Gutiérrez no puede romper la consideración hacia el circulo de la incidencia excluyente de lo europeo sobre todo lo francés, catalán, gallego e inglés siéndole imposible ponderar la influencia africana, asiática, criolla o la propia de los pueblos originarios como determinantes en la gestación de la lengua. En buena medida es esta limitación la que ha condenado el proyecto oligárquico a la frustración y el fracaso, debemos entender de una vez, que está en las ideas de la generación del 37 y del 80, el origen de las frustraciones nacionales. Ante este defecto de origen es que necesitamos generar una nueva configuración que nos permita vertebrar lenguajes y tramas simbólicas que den cuenta de la legitimidad y las diversidad de lo popular encuadrado por el legado emancipador del proyecto de patria grande superando la impotencia del proyecto decimonónico de la oligarquía. Necesitamos propiciar procesos de intersección de individuos y comunidades que no nieguen la pertinencia y a veces la necesidad de políticas de estatalidad para poder configurarse recíprocamente. No reclamamos solamente el derecho a la mera afirmación apriorística de ser lo otro sino un derecho a desarrollar lo otro y a reconfigurarnos sin aceptar jamás ser lo mismo que nos ubicó históricamente en una posición de subordinación por la mera asimetría de los poderes en pugna. Enfrentamos el paradigma del imperialismo que genera y promueve como política pública un vaciamiento de los espacios e iniciativas culturales propios, y que favorece un proceso vertiginoso de mercantilización de la cultura. Esta dinámica propia del siglo XXI adquiere como hemos explicado una especificidad propia en el caso argentino por el legado que la dependencia oligárquica sigue incidiendo en los idearios de amplias capas sociales. Esto facilita que los medios de comunicación sean capaces desde sus posiciones oligopólicas y permeadas por intereses que no están vinculadas a los imperativos de una objetividad periodística e informativa, desarrollar relatos que impiden tomar conciencia colectiva a las mayorías determinando la gestación de unanimidades imaginarias que dan sentidos únicos a los eventos encajándolos en relatos anti-populares. Si como dijo el poeta, después de tanta nación no hay nación y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra, nos resta el desafío de volver a pensar una identidad fundacional que vertebre una cultura popular, democrática e inclusiva.

    Establecido el análisis de las condiciones de discusión sobre cultura popular nos toca por último intentar contribuir a la elaboración de un proyecto que nos permita considerar algunas líneas de acción conducentes. Es para ello indispensable para ese objetivo cuestionarnos cómo se conforma un proyecto popular, entendiendo que no es un emprendimiento circunscripto a decisiones político partidarias sino que abarca acciones conjuntas de todas las esferas que componen a una sociedad. Un proyecto popular no se define únicamente en las urnas si no que se enmarca en nuestra vida cotidiana, obligándonos a reflexionar y pensar otros espacios de acción. Este proceder lo podemos vincular a las idea de Jacques Derrida (1930-2004) en la inteligencia que los significados siempre está siendo diferidos, nunca podremos pretender que los mismos estén completamente presentes o se nos gesten con una pretensión de completitud. Tanto los ámbitos de la política partidaria como los espacios y actores sociales, sindicales y culturales pueden pensarse como en permanente complementación y retroalimentación. Es necesario pensar y accionar sobre la gestación participativa de significaciones que habiliten al desarrollo de lenguajes, estéticas y tiempos que no siempre podrán coincidir con las demandas político-partidarias. Sin embargo debemos fomentar dimensiones agonales que permitan gestar en distintas especialidades iniciativas audaces, asertivas y originales. Este proceder nos permite pensar una cultura popular entendida como un producto de los sectores populares y no una mercancía de consumo, vinculado íntimamente a la necesidad  de abordar la problemática de la des-mercantilización de la cultura. Encarar toda acción cultural suponiendo contenidos éticos compartidos en el campo nacional y popular vinculados con la igualdad, el respeto a la diversidad y el compromiso solidario que permita consolidar una libertad vinculada con la capacidad y densidad de expresar en formas y contenidos comunicativos que puedan alcanzar una amplificación capaz de incidir en las conductas sociales. No nos conformamos con la idea de libertad vinculada al mero capricho egoísta o a la indiferencia librecambista por la alteridad sino que pensamos en una libertad en que la poiética creativa de todos los actores sociales pueda tener canales de socialización que les permitan acceder a amplificaciones comunicativas similares. No es solo que las formas y contenidos que esa cultura adopta definen la manera en que nos conectamos con los otros de nuestra propia sociedad y con los espacios simbólico-geográficos de la misma sino que debemos considerar la capacidad diferencial de socialización cultural que surge de la asimetría económica propia de las sociedades capitalistas. La mercantilización cultural de la globalización nos desgarra y nos convierte en una sociedad fragmentada, cercenada y anulada en su propia creatividad y originalidad. Tal como lo afirmaba Ludwig Wittgenstein (1889-1951) a partir de sus desarrollos teóricos de la década del 30 los significados de los términos y la disputa en torno a la poiética solo pueden obtenerse en el ámbito de una comunidad de hablantes en el que los juegos de lenguaje y sus usos prácticos determinan sentidos pero debemos enfatizar que esa comunidad esta atravesada por relaciones de poder que generan asimetrías en la potencia enunciativa de los mensajes con un predominio de las corporaciones transnacionales que han convertido la información y la cultura en un mercancía debido a la potencia mercantil de las industrias culturales que en nuestro caso son corporaciones no circunscriptas en sus intereses a la información y la cultura y subordinadas al modelo neoliberal. Vivimos, soñamos y nos gobernamos a través de ficciones con las que recreamos individual y colectivamente nuestro mundo cultural, que expresamos por medio de relatos sustentados en valores que tenemos el derecho y el deber de componer en nuestra intimidad comunitaria. Enfrentamos la ficción del “eficientísmo” maximizador, el cálculo librecambista en la que la gestión política se viste de imparcial e incluso de dialoguista. Debajo de ese pliegue se esconden las mayores atrocidades, la peor de las cuales es el avasallamiento del sentido político, social y cultural de nuestras maneras de ser, razonar y sentir. Por ello representa una claudicación inaceptable la reducción de la racionalidad y de la expresión de los actores y los espacios culturales a las razones de la eficiencia y la mercancía. Parece adecuado fomentar las condiciones de prácticas sociales que habiliten al desarrollo de un capital simbólico en los términos delineados por Pierre Bourdieu (1930-2002) por los cuales los hablantes con derecho a la palabra sean representativos del más amplio espectro de las expresiones populares y no queden como en la actualidad excluidos o segregados amplios sectores por las relaciones de poder asimétricas entre supuestos interlocutores. Esto implica problematizar el “habitus lingüístico” o sea las condiciones sociales bajo las cuales se producen discursos. Por ende debemos socializar la noción de que la cultura es un espacio hegemónico en el que se disputa el sentido lo que nos debe comprometer a conducirnos hacia un accionar colectivo y sinérgico. Los “espacios culturales” tienen la responsabilidad de referenciarse con lo que sucede en nuestras calles, en nuestras ciudades y pueblos, en nuestra sociedad. Estos espacios tienen que ser concebidos como nodales, como articuladores y facilitadores para la interacción de diversos actores culturales. Gestar estos nodos culturales de consensos en donde desde el encuentro solidario y popular superemos el aislamiento alienante y podamos sumar fuerzas en la confrontación con los poderes corporativos mercantilizados. Son espacios en el fondo políticos en el sentido clásico o sea propios de la πόλιϛ,  pero no subordinados a las lógicas electorales, un error en que caímos los sectores populares en nuestras luchas del siglo XX. Mucho más hábiles habían sido las elites oligárquicas que conformaron un ideario generacional que podía permear distintas expresiones políticas. Debemos en ese proceso conformarnos como pueblo, λαός en griego, entendido como producto dinámico y heterogéneo. Como poetas, artistas o como actores culturales debemos hacer carne la idea de Miguel Hernández (1910-1942) de ser vientos del pueblo que por medio de nuestro compromiso y acción podemos lograr pasar soplando a través de los poros del pueblo y ayudarnos a conducir sus miradas, sus sentimientos que son los nuestros hacia cumbres de verdad y belleza propios de la conformación popular. El campo popular puede lograr constituir realidad solamente en la unidad del λαός o sea del pueblo que se conforma en la lucha y en la afirmación de sí a través de la disputa por la soberanía cultural y que demanda la construcción de sentidos y miradas originales. Accionamos en forma mancomunada para lograr el delineamiento y reconocimiento de lo que llamaremos “nuestro campo”, que será necesariamente plural, diverso y federal, consecuente con la idea de que es desde la verdadera y profunda vinculación de los pueblos con sus espacios y tradiciones de donde nace la conciencia popular. De este modo, en la suscripción a una misma necesidad y búsqueda, se ganará en conciencia de sí y en ese sólo hecho el fortalecimiento de nuestra identidad. Necesitamos una poiética de acción productiva instrumental y creativa, en definitiva un arte que permita significar y sentir signos en el que se evite la automatización del mundo extenso. Proponemos un arte que nos fuerce a dar al mundo una densidad que evite que las ritualizaciones o la instalación alienante de hábitos devoren los objetos y los espacios. Un arte y una cultura que nos libere del automatismo perceptivo, forzándonos a buscar respuestas colectivas. Los espacios y actores culturales pueden ser organizadores de la energía social expresada en el arte y en otras formas de manifestación de la identidad e ideología que le proporcionan a la masa social una imagen y una proyección de sí misma. Nuestra fuerza estará en suscribir a una misma concepción de este paradigma y en la articulación de actores y espacios culturales, sindicales, sociales y políticos para fortalecer todos aquellos sentidos que el neoliberalismo precisa debilitar en la disputa por la hegemonía. 

 

 


“Para el que mira sin ver,
la tierra es tierra nomás.

Nada le dice la pampa,
   ni el arroyo, ni el sauzal”.


                                               Atahualpa Yupanqui (1908-1992)