Declaración a partir del salto de un pez. Matos Leyba
 

Declaración a partir del salto de un pez.
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Del río de un domingo un pez saltó y yo lo vi como se ven los pedazos de un rostro convocarse en una mueca. En el río de un domingo, de su tráfico, sus árboles combados y sus trenes somnolientos vi un arrebatado pez arremolinarse bajo el agua renga del día condenado a remanso. Y advierto que no era este un pez de escamas ni era pez de agua siquiera; que no era pez de ojos fríos ni labios grises digo, sino pez que viene de algún lugar muy por debajo de lo conocido y muy por arriba de lo que se espera; pez cifrado en su mero ser, surcando los distintos ríos de la existencia, la mayoría de ellos sin mas agua que la que dejan los chaparrones de las pasiones humanas. Yo lo digo pez porque en el se descalzaban muchas cosas que suelen andar disfrazadas y como inconexas y como que no comercian pero que son, aquí y allí, una fina concatenación; una broma y su terminación en sonriente voluta. Sin duda que era un pez y que yo lo vi, un domingo cercano, saltar del dolor que se hace retorno, revancha o recuerdo en las casas de retratos velados. Del agua de la senda que torna, la que no torna, la que dice y la que sopla. Lo vi retozar en la cresta de una ola cuya caída temo mas no pienso. Lo capturé entre mis cejas al levantarse del ruido que hace una multitud cuando piensa, del acorde que tañen los párpados de la multitud que llora. Pez del relato que persigue incansable sus perdices que quién sabe si alguna vez serán pero red al hombro y olla al fuego. Del crujir de cien zapatos sobre cien piedritas cuando salen de trabajar sus pies y las frentes se alborozan. De lo que el que sale a cazar la muerte los domingos se dice al no encontrarla y de lo que susurrara quien la encontró un miércoles y se vio abolido en su carne. De que todos íbamos a ser reyes pero quién te ha visto y quién te ve. Alzarse lo vide, soberano pez, de los retornos de ciertas esquirlas de la historia, desde que la historia inauguró sus regresos. Del vértigo de verse en otro y el vértigo de verse en otro que ya no es. De curarse de la pena de ya no ser. Pez de generación diezmada y de cuanto se ríe adentro cuando estamos en cierto lugar exacto del tiempo y la geografía o en el justo-ahí del hondo latido que anima los muchos cuerpos similares y largamente distintos. Pez de la certeza de que a nuestro lado en el andar hay quien sabe nuestra ascendencia, el color de nuestra alegría, y que al hablarle nos mirará con ojos de paisaje conocido. Pez simultáneo de un continente que madura en puño y puño que madurará en palma abierta. De la justicia de gobernar de acuerdo a la estructura de la sangre, el arrebol del ayer y la profundidad de las miradas. Nuevamente pez de la estupefacción de muchos relojes y muchas campanas y muchos gritos y muchos gallos sonando al unísono y rompiendo, por lo turgente, el vientre de la noche. Pez sin mengua de la algazara de todos estos sonidos en una plaza, y un niño que llora y una mujer que ríe. Precipitado pez de la alineación milagrosa de los actos y los gestos sobre la andanada de un puñado de años. Leviatán de los vencedores vencidos que recuperan, en el rincón de una batalla, la pluma verde de un laurel. De enamorarse de la historia indolente y esquiva: la oceánica historia preñada de Misterio; la historia bucéfala que sólo montan los que no la enfrenan, y también amor por el último perfil del mundo, elaborado en las innumeras libertades, oprobios y arbitrariedades. Pez que es la ramificación de un impulso que trasciende al pez y al que lo mira y al que lo piensa y al que lo lee hasta llegar a la primera rabia, la primera muerte, el primer amor, la primera ideología, la primera redención, los cuatro rumbos de Condorcanqui y los cuatro plomos
de Dorrego y a todos los actos desencadenados, como pájaros en busca de lo que serán cuando mueran algún día.
Por todo esto, perseverantes míos, y por todo lo que pasó aquí, y porque busco la casa que me tengo prometida para mi y los míos, yo, siendo el poco menos que pretendiente a significador que de veras soy, declaro que – y mírenlo al pez-: He mirado para arriba y visto, en el pez, que provengo de muchos; que para llegar hasta aquí bajé por una profunda escala. Que así nazco y así muero en mi mismo muchas veces. Que así, en breves sorbos, bebo un género de larga vida, echando a los hornos de la muerte mis arcillas añosas, enhebrándolas sin fin en ojos novedosos y nuevas bocas. ¿Dirán que atravesé las generaciones, las edades, de arcilla a jarra y de jarra a agua para llegar a ninguna sed al cabo de todas mis gargantas? Declaro que no.
Declaro que de aquí no voy a ningún lugar que no sea la canción alta. Alta en la vida y en la muerte alta. Declaro que si la Justicia atraviesa mis recodos entonces morir no es muerte, ni es llanto este llanto, ni tumba la tumba y se correrán los velos de la luz, desamordazando los cementerios. Declaro que de ese pez, de estas cosas enumeradas que significan otras muchas y son la historia y la suma de nuestra infinidad, nacieron también las voluntades manifiestas en las últimas elecciones que, como todas las ceremonias del mundo, son la expresión sonante de un hondo movimiento, vivo y antiguo, que nos ejerce, como la vida misma ejerció al pez que coleteó en la superficie de aquél domingo, y que yo vi, haciéndome de dos importancias. A saber; la súbita plata de una fe recobrada y la confirmación de un género de vida en la que solía creer sólo de tarde en tarde, de amor en amor, pero nunca en un domingo, cuando el río es mas parecido a la vida que se va que a la vida que se viene.
Silencio, pues. Un murmullo muy viejo atraviesa la cintura de estos años.