UN IR, UN TRAER
 

Miembros de Hasta Trilce nos proponemos atravesar el territorio argentino en toda su extensión, de sur a norte, cruzando climas y geografías disímiles, trabando conversaciones con pescadores, puesteros, cosecheros, comerciantes, mineros, artesanos, hacheros y ovejeros entre otros. Conociendo la Argentina pero no en un sentido de travesía con aires de turismo sino en un sentido profundo porque creemos que tan solo así podemos reflexionar sobre lo que se hace presente en lo hablado pero no aparece dicho, contar aquello que nos habla y hablamos pero sin ser nombrado. Apelar a los muros invisibles que nos condicionan. Hacerlos sensibles a la vista. Decir acerca de aquello que hablamos.

En nuestro discurso se plasma nuestra identidad, pero esta nunca es una identidad definida. ¿Acaso existe una identidad definida? ¿Un solo ser nacional definible y definitorio? Este, si es que existe, se compone de diversas identificaciones con una serie de elementos que no parecen tener un sentido cerrado. Hay un trastorno permanente de identidad. Hay un proceso de identificación constante que es amorfo y heterogéneo. Toma elementos de distintas esferas sociales, políticas, territoriales y culturales. Hay procesos de exclusión e inclusión en los mecanismos que componen las identificaciones hegemónicas en los distintos territorios geográficos y sociales de un país. También hay relaciones de pertenencia y no pertenencia. Podemos llegar a convertirnos en algo que no somos, nunca fuimos y nunca seremos; pero que a la vez nos determina. Puede suceder que nada de lo que nos proponemos en nuestro acontecer sea forjado por nosotros, nazca de lo que resultamos ser a lo largo de nuestra historia. Sucedería que las identidades (nunca cerradas) se habrían formado en un sitio inhallable, que siempre remite a otra parte, a otra cosa, a otro territorio. Se habría situado en una experiencia “insituable”. Hay que habilitar la identificación con lo territorial, generar un acercamiento a nuestros espacios propios, aquellos que no son un mero espacio físico sino que poseen una significación que le es propia e indivisible. Todo ello frente a una oleada citadina de “no lugares” ocupando espacio y desdibujando todo aquello que nos caracteriza y nos da carácter. Es nuestra intención que en este recorrido de vinculación con el territorio vivo se nos habilite el acceso al decir de lo no dicho. Conocer que decimos cuando parlamos. Que mencionamos cuando nombramos. Todo eso es conocer y aceptar el carácter político de lo que somos y como somos.

Deberíamos poder situar aquí aquello que nos posee, aquello por lo cual somos poseídos. Pero no resulta así, aquello que nos posee se refleja hacia afuera, hacia otros territorios de ultramar. Nos apena convertirnos en una comunidad fragmentada, cercenada y anulada en su propio terreno. ¿Cómo es posible que aquello que nos vuelve comunidad nos sea más ajeno que propio? Hay que traer más acá y no tan allá. Hay que proyectar y reconstruir más acá pero nunca para atrás, nunca hacia el pasado, pero si con el pasado y el futuro a cuestas. Lo propio nos ha quedado ajeno. Pero no hemos de rastrear las huellas de lo que fue. Hemos de dar nuevos pasos….

Forjar un enfoque deconstructivo de lo popular mismo, de lo popular por venir, pero no con un sentido del “todo vale” sino con un arraigo en la subjetividad que yace latente en el territorio. Construir un mito, un nuevo mito, con significantes conocidos pero incluirlos en un nuevo juego. Resignificar la significación porque nos gobernamos a través de ficciones. Cuentos que constituyen, componen los que somos. Ficciones de la fe y de la razón. Tenemos el derecho de componer nuestras propias ficciones. La ficción del eficientísimo, el cálculo y la “gestiopolítica” se viste de imparcial e incluso de dialoguista. Y debajo de esa alfombra se esconden las mayores atrocidades, la peor de las cuales es el abandono del sentido político de nuestras maneras de ser y razonar. Caemos en el solipsismo de nosotros mismos y nuestra rutina. Olvidamos quienes somos y hemos de ser. Olvidamos ser por y para nosotros como nación, como continente, pero no en un sentido único e inequívoco de identidad nacional, sino en un sentido amplio y abierto, que abarque todas las posibilidades del ser autóctono. Que incluya al otro, al mapuche, al porteño, al fueguino, al quechua y al cuyano, etc; recuperando así aquello de las relaciones de poder que se manifiestan en sus discursos y nos acerca un poco más acá, a la construcción de proyectos que nos sean propios.

La historia, nuestra historia, ha dejado significaciones, huellas sensibles y valiosas, no tanto en los focos de atención/tensión del país, que son los centros capitalinos, sino en el territorio rural autóctono del interior y en los sujetos que mantienen una conexión edificante de sentido con él. Sus percepciones y sus conocimientos intuitivos nos pueden decir mucho para mirar hacia delante y entrever una construcción plural y abarcadora de los que somos. Por eso es que nos proponemos un trabajo de campo investigativo en busca de subjetividades diversas; y esto no en un sentido confirmatorio de certidumbres previas, sino en un sentido abierto y deconstructivo para aventurarnos y probar si nuestro territorio nos permite conocernos para poder ser más aún nosotros mismos.