No se vive celebrando victorias sino superando derrotas.

 

No se vive celebrando victorias sino superando derrotas.

Roberto Hilson Foot

Movimiento Evita-Hasta Trilce

 

CAPITALISMO FINANCIERO COMO CONDICIONANTE PARA EL DESARROLLO EN EL SIGLO XXI.

Asistimos a una reconfiguración sistémica del capitalismo caracterizada por la creciente importancia de la acumulación financiera como principal fuente de la generación de ganancias para significativos segmentos de las burguesías, proceso que se ha estado desarrollando a nivel global a partir de la década de 1970. El sector económico que más “valor” genera en el mundo capitalista de fines del siglo XX y principios del siglo XXI es el sector financiero. Las estimaciones pueden variar pero en general hay cierto acuerdo en torno a que cada unidad de cuenta producida por el sector primario en todas sus variantes y el sector secundario de la economía mundial, representan apenas entre un 1/4 a 1/5 del “valor” entendido en un sentido muy amplio gestado por el capital financiero y expresado monetariamente.

 En el siglo XVIII era la renta de la tierra la que muchos economistas consideraban como la principal o incluso única fuente de valor y acaparaba en esa condición la mayor parte de la fuerza de trabajo, lo que fue expresado teóricamente por los fisiócratas que llegaron a postular como en el caso del “Tableau Économique” (1758-59) de F. Quesnay (1694-1774) que esa producción primaria era la única verdadera creadora de riqueza y la definía como la única que merecía el término de productiva, contrastando por ejemplo con las manufacturas que eran consideradas como gastos estériles. Los gastos productivos argumentaba el médico y economista francés, son los que se emplean en la agricultura, los pastizales (para la ganadería), los bosques (madera), minas, pesca etc. o sea lo que configura el sector que llamamos extractivo o primario. Frente a estos gastos productivos François Quesnay nominaba a los gastos estériles como los que se hacían en manufacturas, pero también intereses bancarios y comercio o sea el sector terciario y el de servicios pues incluía por ejemplo la categoría de los criados o sea la mano de obra no utilizada en la producción primaria ni secundaria.

 A partir del creciente poder de las burguesías industriales y superando las etapas conocidas como de acumulación originaria y su desarrollo como capitalismo mercantil en los siglos XV, XVI y XVII, se fue consolidando desde mediados del siglo XVIII la revolución industrial sobre todo gestada en Gran Bretaña. En forma creciente a lo largo del siglo XIX, el sector secundario, comenzó a concentrar mayores porcentajes de la fuerza laboral convirtiendo a la industria en el principal generador de la tasa de ganancia en franca disputa, por un lado con los tradicionales propietarios de la tierra y por otro, con el proletariado que aportaba la fuerza de trabajo para la producción. Esta dinámica forzó a los teóricos como en el caso de David Ricardo (1772-1823) a proclamar la necesidad de eliminar toda forma de protección y subsidio al sector agrícola para la economía británica con el claro objetivo de desarrollar al sector industrial por medio de una estructura favorable de precios relativos en detrimento de los productores rurales británicos. En el análisis de la producción, David Ricardo en “Principios de Economía Política y Tributación” (1821), desagregaba tres factores de producción de los cuales los terratenientes usufructuaban en realidad una renta, que el teórico gustaba enfatizar, no era fruto de la producción o el trabajo sino en buena medida resultado de las condiciones naturales o sea una renta que denominamos como diferencial. Esto le permitió a Ricardo volver a plantear el problema agonal de la distribución entre los tres factores de producción tierra, trabajo y capital y la determinación de la tasa de beneficio. Esa construcción teórica es la que aplicó en su campaña por la eliminación del proteccionismo para la producción rural y la adscripción a la apertura de las importaciones agropecuarias que vinculaba con la defensa del principio de la división internacional del trabajo, favoreciendo por este medio, un proyecto industrialista para la economía británica en la inteligencia de que ella era la matriz del desarrollo del capitalismo en esa etapa que no por nada llamamos industrial. En términos teóricos, Ricardo defendía por lo tanto que el valor de un bien depende de la cantidad relativa de trabajo que se necesita para su producción y del trabajo empleado en la producción de los bienes de capital necesarios para producirlos. Esta peculiar importancia asignada a la categoría de valor se replica en cada etapa de reconfiguración del capitalismo que ha vuelto a discutir la teoría del valor en varias instancias históricas.

 La estructura del valor y la concepción sobre los factores de producción que hemos expuesto como producto de la respuesta de Ricardo a las tensiones sistémicas de principios del siglo XIX fue utilizada brillantemente por Karl Marx (1818-1883) para impugnar al capital como fuente primordial del valor al definir al mismo como proceso derivado y no original, vinculado por lo tanto con una acumulación que resulta de la plusvalía y definida como trabajo acumulado. En ese marco teórico el valor de un bien esta determinado por el trabajo socialmente necesario para producirlo. Marx comparte un basamento teórico similar y es posible detectar los elementos Ricardianos en su pensamiento, pues ya sea defendiendo Ricardo la propiedad privada de los medios de producción o postulando Marx la necesidad de socializar la producción y la riqueza, en ambos casos consideraban que el sector determinante en el proceso de acumulación capitalista era el industrial y en el caso de Marx esa preponderancia era desafiada en términos de una dialéctica de la historia, que se dirimía en la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado industrial que tributaba en forma compulsiva su plusvalía, determinante en elsostenimiento del modo de producción capitalista.

 Sin embargo las economías nacionales de los países centrales que fueron las mas dinámicas a lo largo del siglo XX mostraron la necesidad de que los desarrollos tecnológicos y productivos que lideraban las burguesías industriales debían estar articuladas con un desarrollo productivo del sector primario y de hecho los crecimientos económicos mas sostenidos en el tiempo correspondían a países que consideraban no solo el desarrollo tecnológico y productivo industrial sino que también impulsaban el incremento en la productividad de la estructura agraria y minera vinculadas a las ventajas derivadas de las economías de escala y las implementaciones en ID.

 Para tomar un ejemplo que podemos con facilidad utilizar como contraste recordaremos como la dirigencia de la URSS no pudo solucionar los problemas emergentes del postulado que afirma que en cada etapa del desarrollo del sistema económico, para que se pueda mantener la dinámica de acumulación, las economías nacionales deben acomodarse a los procesos de transformación que impone el inmenso poder del sistema capitalista. Los soviéticos fueron incapaces de generar una economía integrada que generara una productividad competitiva. La matriz industrialista había sido discutida por León Trotsky (1877-1940) y Nikolai Bujarin (1888-1938) en el XV y XVI Congreso del Partido Comunista que llevó finalmente a la expulsión del primero en 1927 y luego fue el mismo Bujarin el desplazado en 1929. Uno de los ejes del debate era la afirmación política a favor de un desarrollo del sector industrial impulsado por los planes quinquenales que sacrificaban por medio de los precios relativos la producción y la productividad agrícola y en muchos casos la vida de la población campesina. Es indudable que bajo esos preceptos el Stalinismo logró en diez años industrializar a las URSS y gracias a ese inmenso sacrificio enfrentar la invasión nazi-fascista en 1941, pero el daño causado a la producción agrícola nunca pudo ser subsanado bajo la economía planificada, convirtiéndose en uno de las debilidades que paulatinamente socavaron la solidez económica de la URSS. Los preceptos que guiaron ese accionar político y económico, correspondían a modelos de desarrollo que entraron en crisis a partir de la década del 70 coincidente por un lado con la etapa más clara de declinación de la economía planificada y por otro con el inicio de la declinación de la hegemonía industrial en la tasa de ganancia y dinámica de acumulación del mundo capitalista.

 En muchos de los países capitalistas centrales la agricultura se fue reconvirtiendo en modelos tecnificados de alta productividad con frecuencia fuertemente subvencionados, a medida que el desarrollo industrial avanzaba. En el caso de EEUU la parcelación de la tierra y la victoria de la burguesía del Norte sobre la aristocracia terrateniente y esclavista del Sur en el siglo XIX garantizaba una interacción virtuosa entre nivel de desarrollo rural y la generación de mercados para los bienes de consumo y de capital para la industria local. Bien distinto al caso de Gran Bretaña que luego del predominio industrial con la apertura de los mercados de granos a mediados del siglo XIX, no logro sin embargo, mantener durante el siglo XX su compromiso con el desarrollo industrial. Las clases dominantes inglesas flaquearon a la hora de mantener su vocación industrialista optando por reconvertirse en un modelo de desarrollo financiero con crecimiento del sector terciario pero sin sostener una política de reconversión para su industria, base estructural de la profunda decadencia manufacturera de Gran Bretaña en el último tercio del siglo XX. Entregada al neoliberalismo en los años 80´s asistió, la otrora primera potencia industrial del mundo, a un desmantelamiento parcial de su estructura industrial y un progresivo retroceso de su importancia mundial, pagando muy caro la inestabilidad de su clase dirigente y las divergencias entre sectores dominantes, que se dirimió con la des-industrialización neoliberal a partir del gobierno de M. Thatcher (1979-1990).

 Toda reconversión del sistema capitalista demanda entre otros entramados teóricos la reformulación de su teoría del valor, así como ajustes en la concepción del estado y de la producción para poder enfrentar los nuevos desafíos que se plantean. En el mundo actual no es posible seguir pensando al capital financiero en términos clásicos. Ya no es un canal de circulación para los excedentes monetizables de la producción primaria o secundaria tal como se entendía en el pasado, ya no es un producto del ahorro en términos clásicos y más precisamente desde el punto de vista de Marx como el uso financiero de la apropiación de la plusvalía por parte de las burguesías industriales. El capital financiero se fue tornando en el último tercio del siglo XX en la verdadera fuerza propulsora de la tasa de ganancia del mundo capitalista. Recordemos que si tomamos como base el año 1950 la deuda nacional en los EEUU en porcentaje del PBI, se ha multiplicado por tres en sesenta años mientras la producción de bienes en porcentaje del PBI de EEUU ha caído un 60%. La multiplicación exponencial de los endeudamientos y del capital financiero no puede ser homologado ni absorbido por el sistema productivo tanto en su dimensión primaria como secundaria, por lo que de forma creciente se retroalimenta en el mismo sistema financiero. En el caso de la Argentina en los 90´s se impuso bajo la forma de una dinámica regresiva de distribución, de extranjerización del sistema productivo, además de concentración y endeudamiento del sector público y privado como forma de financiar lo que la matriz productiva era incapaz de proveer. Fue la continuidad del proyecto económico y social de la dictadura militar la que había intentado a sangre y fuego implantar el neoliberalismo financiero de la mano de la desocupación, el endeudamiento y la des-industrialización.

 Este poder financiero incide de forma devastadora en principio sobre países periféricos pero en el siglo XXI también ha desestructurado la política de los países centrales. En 1999 el presidente de los EEUU Bill Clinton (1993-2001), firmó la Gramm-Leach-Bliley Act (Financial Services Modernization Act) que abolió las restricciones de la Glass-Steagall Act de 1933, permitiendo a los bancos comerciales y a los de inversión combinarse en emprendimientos financieros incluyendo servicios de seguros. El año anterior Citicorp había forzado la situación con la fusión con Traveler Group seguros para conformar Citigroup lo cual marcaba la dirección en que se movía el poder financiero en EEUU. Este accionar fue de acuerdo a la opinión de Joseph Stiglitz un eslabón importante en el proceso de crecimiento de la influencia del poder del sistema financiero a partir de la reconfiguración del capitalismo que estaba en marcha a partir de la década del 70. Estas concesiones llevaron en buena medida a una burbuja financiera entre 1997 y 2007 estando Alan Greenspan como la figura dominante en la Reserva Federal (1987-2006) y posteriormente a la crisis de 2007-2008 ya bajo la dirección de Ben Bernanke (2006-2014). Durante la década de los noventa A. Greenspan había jugado un rol decisivo en el desmantelamiento del Glass-Steagall Act que había sido uno de los productos regulatorios creados como reacción ante el crack de Wall Street en 1929 y la depresión de los años 30´s. Era frecuente escuchar en la década de los 80´s las descalificaciones en el mundo financiero las regulaciones de la Glass-Steagall por ser “arcaica”, “fuera de época” y que supuestamente atentaba contra la competitividad de la economía norteamericana. Su abolición facilitó la multiplicación exponencial de los “subprime” y generó una burbuja inmobiliaria de alto riesgo para mediados de la primera década del siglo XXI. A. Greenspan y buena parte de los economistas del establishment librecambista o mejor dicho corporativo, habían defendido la proliferación de productos financieros como los MBS´s Morgage-Backed Securities, los CDS´s Credit Default Swaps y los CDO´s Collateralized Debt Obligations que mas que generar un red de contención, generaron un verdadero castillo de naipes en donde la caída de un elemento arrastró a los demás con la complicidad delictiva de las calificadoras de riesgo. En los EEUU el precio de los inmuebles había aumentado aceleradamente entre 2003 y 2006, sin poder establecer una correlación con los valores de los insumos necesarios para su construcción ni con la producción en general. Tampoco guardaba ese aumento correspondencia alguna con el nivel de ingresos de las familias norteamericanas. Entre 1996 y el año 2006 el precio promedio de las viviendas en los EEUU aumentó el 129% y desde el 2002 los precios habían traspasado toda media o referencia histórica a valores previos lo cual era resultado del proceso de incidencia de los capitales financieros, generadores de la burbuja inmobiliaria, para la economía norteamericana que había ingresado desde los 80´s en una fase de progresivo endeudamiento de la mayoría de los sectores. (Ver gráfico de valores de las propiedades entre 1975 y 2011 en cuatro estados: California, Nevada, Arizona y Florida. Fuente Macrobusiness). Es posible apreciar el aumento descomunal de los precios de las viviendas y su estrepitosa caída en 2007.



 La puja distributiva, que había encontrado en la inflación y la primera crisis del estado de bienestar en los setenta, un serio obstáculo para la mejora en los ingresos de los sectores asalariados, había desarrollado una salvaguarda para tanto los niveles de consumo como para la tasa de ganancia capitalista por medio del endeudamiento, que generaba además la posibilidad argumentativa de trasladar al mismo asalariado la responsabilidad de su exposición excesiva en términos de deudas individuales o familiares. El Keynesianismo como expresión del pensamiento económico y la crisis asociada a la ruptura de las premisas teóricas que se derivaban de la curva de Phillips que establecía una relación inversa entre inflación y desempleo, se encontraban con escasas posibilidades de enfrentar la ofensiva teórica del librecambismo que fomentaba por medio del progresivo endeudamiento, en principio de las clases medias, pero luego también de los sectores de menores ingresos una forma de mantener la dinámica de acumulación determinada por la elaboración de medidas que facilitaban la preservación de la tasa de ganancia. Si en 1975 la deuda en porcentaje de la renta disponible en EEUU era del 62%, en 1995 la misma era del 89% y para 2005 era del 127%. Hubo un exponencial incremento de la deuda de las familias en muchos casos de las de más bajos ingresos que permitía atenuar como explicábamos la puja distributiva en la economía de EEUU, compensando una caída en el ingreso de los asalariados con un aumento de su endeudamiento. Si se toman los datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso se puede calcular como entre 1973 y el año 2000 el ingreso del 90% más bajo de las familias de EEUU cayó un 7% mientras que el 1% superior aumentó su ingreso en un 148%, (ver Piketty, 2014). La sociedad norteamericana ha deteriorado bajo el capitalismo financiero la distribución del ingreso y ha osificado su componente de clase restringiendo la movilidad social ascendente. El efecto en el mercado inmobiliario que antiguamente exigía de los demandantes la necesidad de adelantar un porcentaje significativo del valor de la propiedad para poder financiar el resto de sus viviendas sobre largos plazos por medio de hipotecas, fue el de alterar aceleradamente las condiciones para obtener los endeudamientos subprime. Para la primera década del siglo XXI un alto porcentaje de los nuevos compradores de viviendas en EEUU estaba adelantando menos del 10 % del valor inmobiliario y aproximadamente cuatro de cada diez compradores no adelantaban prácticamente nada, lo cual potenció el endeudamiento y debilitó el sistema inmobiliario, bancario y de seguros asociado al mismo. Mientras esto ocurría las tres grandes calificadoras Moody´s, Fitch Ratings y Standard & Poor´s no daban cuenta de lo endeble del sistema acaso porque compartían intereses con las empresas y bancos que debían teóricamente auditar.


 Esta burbuja ocurrió en el caso de EEUU en medio de un progresivo proceso de reconversión de su economía para convertirla en una creciente potencia financiera. Entre 1980 y 2000 las ganancias del sector financiero crecieron exponencialmente desde los 32.400.000.000 US$ para multiplicarse por seis en apenas veinte años y alcanzó a fin de siglo XX nada menos que un tercio de todas las ganancias de todos los sectores productivos combinados. Se fue gestando un nuevo capitalismo en donde el sector más dinámico en la tasa de acumulación era el financiero. Se fue conformando un mundo en el que el nivel de endeudamiento llamaba la atención incluso de los analistas menos cautos. J. Cassidy en su obra “How Markets Fail” daba cuenta de que entre finales de 2002 y fines de 2006 el endeudamiento en el sector financiero “went from about US$ 10.1 trillion to 14.3 trillion” y que subsiguientemente se incrementó aún mas “to some 16 trillion at the end of 2007”. Al final del proceso de endeudamiento de esa burbuja inmobiliaria la deuda del sector financiero ya constituía el 117% del PBI de los EEUU recordando algunas de las condiciones que Irving Fisher (1867-1947) había descripto en su artículo de 1933 “The Debt-Deflation Theory of Great Depressions”. Entre 2002 y 2007 los fondos disponibles por los grupos de inversión se cuadruplicaron y recordemos que ello se dio en el contexto en que el monto de los activos financieros supera el valor de la producción total de bienes en el mundo. Para los asalariados este nuevo paradigma implicó un aumento en la desigualdad entre otras razones porque la tasa de retorno del capital financiero excedía la tasa de crecimiento del producto.

 Cada etapa del capitalismo reestructura las relaciones de poder entre clases dominantes así como entre países y regiones. Aquellos que nos identificamos con las luchas de los sectores populares necesitamos comprender a fondo que en el mundo actual no es posible enfrentar los desafíos de la época solo por medio de una política de explotación de los recursos naturales o como se había dado antes de los 70´s con una política industrial de desarrollo. Este panorama que estamos presentando de valorización del capital financiero y de reconversión de la economía de varios países como es el caso de la británica, norteamericana, china y las del sudeste asiático demanda en los países periféricos una consolidación de las cuentas públicas que puedan garantizar un estado superavitario así como la posibilidad de poder contar con un sistema bancario sólido altamente regulado y con la presencia del estado. Sin óptimas herramientas financieras y bancarias no se puede enfrentar a los factores dominantes del poder mundial ni pretender defender de forma eficiente el nivel de vida de nuestros pueblos. El debilitamiento fiscal, la incapacidad de controlar los flujos excedentarios y los problemas cambiarios son arietes que lograron debilitar los esfuerzos políticos, sociales y económicos que se realizaron entre 2003 y 2015 en la argentina que había llegado a un endeudamiento que representaba el 159% de su PBI en plena crisis del 2001. Sin solidez financiera en el mundo de valorización financiera del capital ningún gobierno podrá garantizar la sustentabilidad de un modelo productivo ni los logros sociales redistributivos. La debilidad financiera que en la argentina con frecuencia se expresa parcialmente como debilidad cambiaria y como problemas fiscales implica no poder asegurar a mediano plazo, ni la producción primaria ni el desarrollo industrial generador de valor agregado y trabajo. En un mundo en que domina la valorización del capital financiero necesitamos contar con fortaleza fiscal que le permita al estado ejercer su potestad como único sujeto político de peso ante los poderes corporativos transnacionales que hacen tan difícil el desarrollo y la democracia. Ya no es posible pensar en romper con la dependencia económica sin contar con un estado sólido y superavitario que impida la extranjerización del ahorro nacional por medio de la fuga de capitales. La consolidación financiera del estado es condición necesaria aunque no suficiente del desarrollo el cual no es posible de garantizar, solo por medio de las viejas consignas políticas de ventajas comparativas o de sustitución de importaciones. El nuevo proceso de acumulación del capitalismo requiere volver a pensar las condiciones de desarrollo de un país periférico como en el caso de la argentina suponiendo que es necesario generar márgenes amplios que permitan resguardos ante dimensiones estocásticas crecientes propias de un mundo en reconversión sistémica en los que inciden tanto los factores previstos como los no previstos. Regresemos por un instante al siglo XVIII para reflexionar como en ese siglo de gestación de la revolución industrial la teoría económica fomentó arduos debates en torno al valor de acuerdo con lo que sosteníamos acerca de cómo cada etapa del desarrollo capitalista gesta intensas reconfiguraciones de poder y debates teóricos. Indudablemente no había unanimidad en el pensamiento económico en ese siglo y valen por ejemplo los de Richard Cantillon autor del “Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general” quien argumentaba hacia 1730 que la tierra es la fuente o materia de donde se extrae la riqueza pero agregaba que el trabajo del hombre es la forma de producirla siendo por lo tanto ese trabajo el que le da a lo que nos brinda la naturaleza forma de riqueza. Esto implicaba una clara aceptación del valor aportado por el trabajo. Por otro lado unos pocos años después, Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780) se negaba a admitir el carácter improductivo de la industria frente a las ideas de Quesnay. En el mismo sentido François Louis Véron-Duverger de Forbonnais (1722-1800) impugnaba la idea fisiocrática de que el comercio y la industria debían ser entendidas como estériles frente al agro. Estos son apenas algunos ejemplos de las disputas ideológicas y teóricas con profundas implicancias políticas en torno al valor, sin embargo los que predominaron y estructuraron una ontología y una concepción de la subjetividad económica que fue fundante para el pensamiento del sistema capitalista de libre concurrencia y librecambio fueron los fisiócratas que pudieron pensar un mundo de equilibrios generales, basado en el obrar de los maximizadores de beneficios que decidían sus acciones fundados en una razón necesaria, expresión de sujetos que se pensaban libres y guiados por la recta razón ilustrada. Estas reconfiguraciones con frecuencia en beneficio de las clases dominantes, deben enseñarnos que cada etapa del capitalismo demanda de los sectores populares una reconsideración de las condiciones sistémicas, de los sujetos y del obrar político para poder estructurar proyectos que permitan mejorar las condiciones de vida de las mayorías. Nos preguntamos si una de las causas profundas de las derrotas a la que estamos asistiendo en toda la patria grande no esta vinculada a la persistencia en el uso de algunas categorías mal articuladas y jerarquizadas de acuerdo con patrones de acumulación deficientes en un mundo de hegemonía de valores individualistas y de validación de la propiedad privada en el contexto ideológico del fin de la historia.


 En este sentido K. Marx realizó un inmenso esfuerzo teórico para poder comprender y enfrentar al capitalismo en defensa del proletariado en pleno siglo XIX, gestando categorías que le permitían a los trabajadores articular acciones capaces de enfrentar la hegemonía de la burguesía industrial, en el marco de una configuración de lo colectivo, en el que Marx afirma la convicción de que nos desarrollamos como individuos en el proceso social por lo que no existen subjetividades pre-sociales fundantes del orden social o político. En ese esquema teórico la individualidad en realidad solo es posible como resultado de las relaciones sociales. Esas relaciones sociales dependían de esos individuos ya constituidos que componían la fuerza de trabajo que es entendida en la sociedad capitalista como una mercancía capaz de crear valor. De allí que la conclusión de Marx lograra centrar a la clase obrera como la verdadera creadora de valor, subordinando el rol de los terratenientes rentistas y de los burgueses capitalistas a la capacidad del proletariado de generar valor por medio de su fuerza de trabajo. La totalidad de las relaciones de producción constituían la estructura económica de la sociedad y Marx enfrentaba desde el punto de vista teórico las concepciones individualistas más favorables a la fundamentación burguesa del poder. La comprensión de la plusvalía como forma de apropiación por parte de una clase sobre otra, ha sido sin duda una enorme contribución de K. Marx y F. Engels y les permitió fundar teóricamente el origen de toda riqueza excedentaria en esa apropiación por parte de la burguesía en función de las relaciones sociales de producción, sustentadas en la propiedad privada de los medios de producción. Le asignaban al estado un rol de dominación de clase instrumentalizado por el poder burgués al cual buscaron enfrentar.


 En las últimas décadas, a raíz del proceso de valorización del capital financiero, asistimos a una situación en la que si bien es posible mantener la perspectiva teórica de Marx sobre la vinculación entre la plusvalía absoluta y relativa como las dos formas en que las burguesías capitalistas logran su tasa de explotación en el sector primario y secundario, sin embargo en forma creciente se diferencian y de hecho distancian de la tasa de ganancia del sistema capitalista en su globalidad pues una porción creciente de la ganancia burguesa no se gesta en el plus valor obtenido en la producción sino en la dinámica de valorización financiera. En la Sección Quinta, del Libro Primero de “Das Kapital” Marx había defendido la idea de que la producción capitalista no solo es producción de mercancías sino que es en esencia producción de plus valor pues el obrero no produce para sí sino para el capitalista, en esencia ello implicaba la posibilidad de disponer de trabajo impago, o sea que el valor del trabajo siempre tiene que ser necesariamente menor que el producto del mismo. Marx en ese libro primero había vinculado la forma de entender teóricamente los sistemas económicos con el modo de producción y la división social del trabajo distinguiendo la forma de entender las dinámicas de acumulación en el mundo antiguo, de los desarrollos propios del mundo de la manufactura decimonónica. Pero en el siglo XXI de forma creciente el mismo capitalista industrial y la tasa de ganancia del sistema en su conjunto dependen cada vez menos de mercados con improntas territoriales, o del plus valor que le extraen al obrero geográficamente localizado y condicionado en todo el proceso productivo por las condiciones jurídicas y políticas de un estado nación. Si esta dinámica de acumulación está transformando al capitalismo podemos sospechar que los ciclos que Marx había analizado de animación, prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento ya no dependen de una centralidad productiva de la tasa de ganancia de la industria o la agricultura como si era posible de pensar en el siglo XIX y XX cuando la burguesía industrial hegemonizaba territorialmente los mercados fragmentados del sistema capitalista.

 Hay otro aspecto que Marx desarrolla en el “Das Kapital” (1867) que requiere también una consideración adicional a los fines de la temática que estamos desarrollando y es el análisis del fetichismo de la mercancía. Marx formula la idea de que las cosas que resultan del trabajo humano son entendidas en la sociedad capitalista como si tuvieran una vida propia, independiente de los que la producen y desarrollan. Se nos aparecen las cosas en la sociedad capitalista con una ilusión de que mantienen una relación entre ellas despojadas o desapegadas de los sujetos sociales que las producen. Esto implica que el fetichismo contribuye a ocultar una relación social de explotación. Esa vida propia, fantasmagórica, fue detenidamente observada por Marx indicando la existencia ilusoria de una relación directa entre cosas, por lo cual el proceso y la misma realidad de la producción se autonomiza de la voluntad de los seres humanos que lo producen. Una mercancía lo es en tanto satisface no solo necesidades sino también las fantasías de los demandantes lo cual nos permite asomarnos a una dimensión que Marx no logró anticipar, pues en el mundo del siglo XXI las riquezas de las sociedades capitalistas no se presentan como lo hacían en el siglo XIX, esto es como un cúmulo de mercancías, sino que por la inmensa importancia que ha cobrado el capital financiero, la mayor parte del “valor” no tiene que ver con la producción física de bienes, lo que nos lleva a la necesidad de reconsiderar el esquema y la denotación de los conceptos desarrollados por K. Marx. La idea de un carácter representativo implícito en el fetichismo de la mercancía y la posibilidad de tomar una cosa por otra (quid pro quo) demanda una referencia para los significantes, es una idea que comienza a diluirse en la independencia de los signos propio del mundo posmoderno que es el del capital financiero tema que trataremos con más detenimiento en nuestra siguiente entrega. Si es cierto como afirmaba en “Miseria de la filosofía” (1847) que las categorías económicas son las expresiones abstractas de las relaciones sociales de producción es indispensable que reconsideremos la forma de entender al capitalismo financiero a los fines de optimizar la defensa de los sectores populares ante los cambios en las relaciones de producción.

 Esta transformación del mundo de las mercancías en el sistema capitalista les ha permitido a los sectores financieros no solo condicionar el proceso de acumulación industrial sino también amenazar cualquier atisbo de autonomía relativa de la política al condicionar desde lo financiero a los estados. Hacia el final del siglo XX se debilitó la hegemonía de las burguesías industriales asociadas desde las dinámicas decimonónicas a la configuración de mercados nacionales, con una producción y ganancia vinculada a los niveles de demanda interna sistema que se conoció con el impropio nombre en el siglo XX de modelo fordista. En el siglo XXI las burguesías industriales manejan montos sustancialmente inferiores de riqueza en relación con los que se manejan en el mundo financiero sin desconocer que en realidad parte de las burguesías industriales han destinado porciones crecientes de sus ganancias hacia las inversiones financieras. Esta nueva configuración ha debilitado a la clase obrera que ya no puede plantear a la relación de trabajo frente al capital como el determinante de la generación de la riqueza y menos como el mecanismo de discusión de distribución de la riqueza social acotada a marcos regulatorios territoriales. La dinámica de apropiación y tanto la distribución espacial de producción como de consumo a veces conocido como globalización, un término profundamente político e ideológico, han debilitado el anclaje socio-territorial y el compromiso socio-político nacional de las clases dominantes en el sistema capitalista del siglo XXI. La puja sindical se ha debilitado por su carácter parcial de disputa en relación con el monto total de la riqueza social. Además el sindicalismo disputa sobre una tasa declinante de ganancia del sector secundario y debe a su vez confrontar la capacidad de sectores burgueses de reconvertir una parte creciente de su tasa de plusvalía desde los excedentes industriales hacia los circuitos financieros, aflojando el compromiso territorial y las condiciones normativas asociados al poder de los estados, pensado hasta los 70´s por la social democracia como una institución que resulta de la disputa pero también de los acuerdos entre clases. La fundante concepción burguesa decimonónica de control de clase sobre un territorio convertido en mercado, con una distribución del ingreso vinculada a la demanda agregada de los sectores asalariados y por lo tanto comprometido con la producción y distribución es un modelo que esta siendo trastocado por el modelo financiero y los nuevos desarrollos en torno al valor.

 En las actuales dinámicas socio-culturales nacionales, las burguesías incluso proceden a aislarse progresivamente del destino del resto de la población, por medio de variadas herramientas como por ejemplo los barrios cerrados que implica su renuncia a disputar por la calidad y seguridad del espacio público resguardados en sus muros, cámaras y guardias privados. Por medio de la educación privada se desentienden de los niveles educativos de la mayoría de la sociedad y restringen el valor y las posibilidades de la educación como mecanismo meritocrático de ascenso social. Optan por la medicina prepaga y los seguros de retiro privados por lo que no se involucran en la disputa por la calidad de la medicina estatal y social sintiéndose habilitados a impugnar el gasto social que ellos no necesitan. El proceso de reconfiguración del sistema capitalista está siendo expresado en términos ideológicos por las ideas neoliberales, pero a su vez esta reconfiguración ideológica, espacial y social esta teniendo un alto poder de transformación de nuestras sociedades profundizando la desigualdad y debilitando la democracia, tendencia que solo ha podido ser detenida por unos años en América del Sur gracias a la acción de varios gobiernos de raigambre popular.

 En los países centrales a la transformación en la matriz productiva del Reino Unido que generó un patrón regresivo en la distribución del ingreso a partir de los 70´s, le siguió el proceso de EEUU, con matices propios de las especificidades de un país continental y de su condición de primera potencia mundial, pero con el resultado con similares consecuencias en que ese camino de reconversión trajo un progresivo aunque conflictivo abandono del predominio industrial dentro del sistema productivo. El ejemplo más ilustrativo de las consecuencias de esa transformación puede ser observado en la ciudad de Detroit en el estado de Michigan núcleo de la industria automotriz con la presencia de los “tres grandes” General Motors, Ford y Chrysler y que por el impulso industrial llegó a tener en 1950 1.849.568 habitantes ubicándose como la 4º ciudad más populosa de EEUU. En 1980 su población había descendido a 1.203.368 y se ubicaba en el puesto 6º, para tener en 2010 una población de 713.777 en la posición 18º dentro de las ciudades de EEUU. Este ejemplo permite pensar la escala de la reconversión y ubica a los EEUU en la puja por transformar su economía frente a los desafíos del siglo XXI. En forma previsible, fruto de las desregulaciones y la subordinación de sectores políticos a los designios financieros EEUU fue el país responsable de la grave crisis mundial a partir de 2007/08 siendo uno de los países que más facilidades había otorgado a los capitales financieros. Desde esa crisis se ha agudizado la disputa por la reconfiguración de su economía con un crecimiento del sector primario y terciario en detrimento del desarrollo industrial. Es en este contexto que debe entenderse la traumática irrupción del candidato Republicano Donald Trump en las elecciones de 2016.

 De acuerdo con los datos del U.S. Department of Commerce para 2006 el sector primario de la economía significaba el 2,2% del PBI. El secundario era el 19,4% y el terciario el 63,6%. La mayor parte del 12-13% del PBI restante lo genera el estado en el que predominan los trabajos vinculados a los servicios. Para 2010 solo el 1,2% del PBI corresponde al sector agrícola cuando a mediados del siglo XIX representaba 2/3 de la fuerza de trabajo. El máximo correspondiente al sector secundario se registra a principios de los 70´s cuando llegó a representar un tercio del PBI de los EEUU. Desde entonces ha decaído la participación tanto primaria como secundaria en beneficio del sector de servicios en el cual están incluidos los trabajos vinculados al sector bancario, a las aseguradoras y los servicios financieros, con la consiguiente disminución proporcional en la fuerza de trabajo empleada en los sectores primarios y secundarios tal como podemos ver en el siguiente gráfico. Debemos sin embargo aclarar que dentro de los trabajos del sector terciario fruto entre otras razones del debilitamiento sindical, la dispersión entre los trabajos con altas y muy bajas remuneraciones se ha profundizado. En EEUU la concentración de la riqueza había llegado a un extremo hacia 1910 y hacia 1970 se había logrado una mejora en la distribución como resultado de las luchas políticas y sindicales. No es de extrañar que un sector poco sindicalizado como el terciario presente brechas crecientes en los niveles de remuneraciones contribuyendo al deterioro general en la distribución del ingreso.

 Este peso creciente del sector terciario en el cual el sistema de aseguradoras, bancos y finanzas ha cobrado una creciente incidencia permite entender por un lado el grado de impunidad que gozaron para gestar la crisis de 2007-2008 y por otro el poder económico y político que les aseguró una intervención del estado como forma de reparar las irresponsabilidades del sector. Ante la crisis gestada en el descontrol del sistema financiero y bancario la repuesta a favor del sistema de bancos responsables de la crisis terminó en muchos casos consolidando sus posiciones y generando una mayor concentración a favor de los culpables de la gestación del derrumbe de 2008. Por otro lado el gobierno de EEUU sobre todo bajo la administración de B. Obama si bien pactó con los poderosos intereses bancarios busco también intervenciones contra-cíclicas que morigeraron las consecuencias de la debacle. Esto marca una significativa diferencia con la reacción de muchos países de Europa que optaron por un ajuste que ha estancado el crecimiento de la UE que los aproxima a una década perdida. El impacto en Europa aún hoy en día luego de ocho años persiste y ello es fruto en buena medida de las decisiones de política económica que siguieron con efectos pro-cíclicos con severas ajustes que generaron recesiones graves como en el caso de España o verdaderas catástrofes socio-económicas como en el caso de Grecia. A los estímulos contra-cíclicos de EEUU durante la administración de B. Obama se contrapone las gestiones de la mayor parte de los gobiernos en Europa independientemente de su identificación conservadora o socialdemócrata.

 Tomemos por ejemplo los datos aportados por la OECD hasta 2013 para ver la caída estrepitosa de todos los países seleccionados pero además observemos en el cuadro lo endeble de los crecimientos posteriores y las estimaciones que se hacían en 2012-2013 para los siguientes dos años que presentamos en el siguiente gráfico de economishelp.org y que fueron con matices confirmados por los magros resultados de las políticas de ajuste implementadas en Europa dentro de la Unión Europea:

 Se debe notar la pronunciada caída de todo los países expuestos con tasas negativas para el desenvolvimiento de su PBI con por ejemplo recesiones con caídas de mas del -4/-5% del PBI como en el caso de Gran Bretaña (UK), Irlanda o Italia. Sin embargo notemos las bajas expectativas que se proyectaban a partir de 2013 y notemos como la recuperación de 2010 no fue sostenida con las consiguientes caídas del PBI en 2011-2012. La evolución efectiva de los PBI en 2013 arrojó resultados negativos para España, Portugal e Italia con crecimientos de menos del 1,5 % para los tres países, con la sola excepción del crecimiento Irlandés. Estos valores nos muestran la persistencia de la crisis iniciada en EEUU en 2008 y exportada al mundo repitiendo el patrón histórico que habían expuesto en 1929 de ser responsables de la gestación de las mayores crisis del mundo capitalista.

 En el gráfico siguiente podemos observar la serie de datos provistos por Thomson Reuters Database en la que tomaron como año base 2008 o sea el del inicio de la crisis y podemos ver como para 2012 o sea cuatro años después solo Alemania y EEUU habían recuperado los niveles precrisis. La zona Euro en su conjunto no había podido escapar del impacto recesivo de la crisis. La caída de las economías de Italia, España, y de otros países del sur de Europa como en caso de Grecia generaron efectos devastadores sobre desempleo y pobreza asistiendo al incremento de indigentes y personas sin vivienda y con deficiente cobertura en salud en el marco de políticas pro-cíclicas de ajuste.

 Es posible confirmar estos datos utilizando por ejemplo otra fuente, en este caso Eurostat para comprobar como a cuatro o cinco años de la crisis la mayor cantidad de países europeos aplicando recetas de ajuste funcionales al sistema financiero no se habían logrado recuperar. Solo Alemania en el gráfico que presentamos a continuación logró volver a valores de PBI anteriores a la recesión 2008-2009, contrastando con el panorama desalentador del resto destacándose las recaídas de Italia, España y por supuesto la debacle Griega que en cuatro años había perdido por lo menos el 20% de su PBI.


 Es posible observar el contraste entre la pequeña recuperación de EEUU siguiendo políticas más heterodoxas frente a la caída de los países que se ajustaron a los principios neoliberales con graves consecuencias sociales. El gobierno de EEUU aún a costa de compromisos con el sector financiero, justificado por el cambio en su estructura económica, logró sin embargo preservar cierto espacio para políticas contra-cíclicas por lo que muestra un crecimiento bajo de su PBI, pero crecimiento al fin. Por supuesto que fue una política anticíclica basada en auxiliar inicialmente a los capitalistas con por ejemplo la implementación del TARP Trouble Asset Relief Program que en 2008 destinó 7.000 millones de dólares del gobierno federal a los que se adicionaron en 2009, 7.870 millones de dólares para tal fin, gasto que se hizo sin embargo, sin revertir el deterioro en los ingreso de sectores asalariados y con un aumento de la pobreza que ha superado el 15% de la población. Desde 1975 casi todas las mejoras en el ingreso han sido acaparadas por los dos deciles más altos de la sociedad norteamericana con un estancamiento cuando no deterioro en los ingresos de las familias más pobres afectando negativamente al índice de Gini del país. EEUU se ha vuelto junto con su reconversión hacia una economía de servicios y su creciente predominio financiero un país más desigual, con deterioro en su infraestructura y costos crecientes de su sistema médico, pensiones y retiros. Desde 1996 los dividendos e ingresos de los capitalistas han superado sistemáticamente las mejoras para el sector asalariado generando como adelantábamos tendencias regresivas en la distribución del ingreso en el siglo XXI.

 En el nuevo paradigma del capitalismo, es muy significativo el rol que está tomando la primera potencia mundial. Recordemos que en los EEUU, si tomamos como base el año 1950 su deuda en porcentaje del PBI se ha multiplicado por tres en sesenta años, mientras la producción de bienes, si bien ha aumentado en términos cuantitativos, sin embargo como porcentaje del PBI de EEUU ha caído un 60%, con un sector industrial que apenas alcanza en 2015 el 20% del PBI. Esta multiplicación exponencial del capital financiero no puede ser absorbida por el sistema productivo tanto en su dimensión primaria como secundaria. Semejante asimetría genera fenómenos de rápidas variaciones en precios relativos, como por ejemplo, cuando focalizan la asignación de recursos desde el sector financiero sobre algún sector productivo son capaces de generar distorsiones significativas llamadas con frecuencia “burbujas”. Esto ocurrió como habíamos adelantado entre 1996 y el 2006 o sea en apenas diez años cuando los precios promedios de las viviendas en los EEUU aumentaron entre un 120% y un 130%. A partir del 2002, los valores de las viviendas habían traspasado toda media o referencia histórica en el mercado inmobiliario, lo cual fue parte del proceso que se denominó de “burbuja inmobiliaria” durante el cual los precios pasaron a depender más de la especulación de fondos que canalizaban montos excedentarios provenientes de los mercados financieros, que de la interacción entre la oferta y demanda de viviendas para residentes y usos comerciales. Esta tendencia fue facilitada por que la economía norteamericana había ingresado desde los 80´s en una fase de progresivo endeudamiento de todos los sectores tanto el estatal como el privado incluyendo las familias. Tal como habíamos explicado la puja distributiva que había encontrado un obstáculo en la inflación de los 70´s y en la primera crisis del petróleo con estanflación, forzó la crisis teórica del Keynesianismo que asistía a la dificultad creciente de la aplicabilidad de la curva de Phillips que había descripto la relación inversa entre inflación y desempleo. Sin embargo en los 80 y 90´s se eludió el estancamiento que provenía del inicio del deterioro en la distribución del ingreso por medio del progresivo endeudamiento, en un primer momento una práctica de las clases medias pero luego también de los sectores de menores ingresos, endeudamiento que permitía a las familias mantener niveles de consumo por encima de sus posibilidades a pesar de que se comenzaba a deteriorar su posición en el esquema distributivo del ingreso nacional. Si en 1975 la deuda en porcentaje de la renta disponible era del 62% en 1995 era del 89% y para 2005 era del 127% y una parte de ese endeudamiento se vinculaba al mercado inmobiliario que por lo general es la mayor inversión en el desarrollo de una familia.


 Esta disponibilidad de recursos a partir de mediados de los 70´s también tuvo un fuerte impacto en las economías subdesarrolladas que comenzaron a endeudarse en base a la alta disponibilidad de lo que se denominaron los “petrodólares”, lo cual llevó a América Latina a la primera crisis de la deuda en los 80´s. Este proceso de endeudamiento tiene una enorme importancia geopolítica pues asistimos a la reconversión de la economía de EEUU en una creciente potencia financiera lo cual genera tensiones fuertes dentro de su sistema económico y en su matriz productiva con una creciente cantidad de corporaciones que presionan al gobierno en materia impositiva con la amenaza de desplazar el centro de sus operaciones a lugares donde paguen menos impuestos y reduzcan los costos laborales. Entre 1980 y 2000 las ganancias del sector financiero crecieron en forma sostenida y desde los 32.400.000.000 US$ se multiplicaron por seis en apenas veinte años alcanzando a fin de siglo nada menos que un tercio de todas las ganancias de todos los sectores productivos unidos. Es un nuevo capitalismo en donde el sector que prima en la tasa de acumulación es el financiero y esa circunstancia es la que se dirime entre segmentos de las clases dominantes de EEUU, pugnando por ser el referente estatal a nivel internacional de esa acumulación. La plutocracia Norteamericana sabe que no puede disputar la dinámica demográfica de China o de India y saben que no podrán enfrentar la productividad industrial ni los menores costos industriales de los países emergentes. Por otro lado han logrado una interesante cobertura estratégica de sus necesidades de energía e hidrocarburos por medio de los nuevos recursos asociados al shale oil y gas y por su agresiva política imperial que les ha permitido expandir el alcance de sus explotaciones, pero también están conscientes de que les será difícil mantener el predominio industrial frente a las economías emergentes como India, China, Malasia, Tailandia etc. Por lo que parece haber un proceso de reconversión hacia el sector de servicios, de alta tecnología y fundamentalmente al sector financiero siguiendo en alguna medida la reconversión que había experimentado la economía inglesa cuya clase dirigente dudó de su capacidad industrial a lo largo del siglo XX y destinó montos crecientes de sus rentas al mundo de los seguros y de las finanzas, una crisis cuya expresión política fue encarnada como decíamos por Margaret Thatcher y el predominio conservador a partir de 1979. No es casual en este contexto que EEUU haya comenzado a restringir el circulante de flujos hacia paraísos fiscales demandando por ejemplo, el fin del secreto bancario para varios países, o el rastreo de fondos de dudoso origen bajo el justificativo del narcotráfico o el supuesto terrorismo, y propiciando legislación que evite la evasión fiscal por medio de desplazamientos de las centrales de las corporaciones, pues el gobierno de ese país sabe que en esos “paraísos” fiscales tiene un peligroso competidor. Por otro lado los fondos e instituciones financieras, sus comunicadores y lobbistas, tienen la nada despreciable posibilidad de tener el respaldo militar de la primera potencia mundial que ha demostrado en las últimas décadas voluntad de imponer a sangre y fuego su superioridad militar para proteger intereses capitalistas, incluso contra las resoluciones de las Naciones Unidas y al costo de cientos de miles de víctimas. Es ostensible como a pesar de buscar un debilitamiento de las regulaciones nacionales y del poder de los estados, los capitales financieros inciden de forma creciente en la política y en las decisiones estratégicas de los EEUU, lo que genera a su vez una disputa dentro de su modelo de crecimiento con las consiguientes pujas políticas y el sacrificio de sectores enteros de su sistema productivo en el proceso de reconversión.

 Destinemos unas líneas a exponer con más detalle como de acuerdo con lo que planteamos en este capítulo, fruto en buena medida de la alteración de las relaciones de poder el estado federal norteamericano en la última gran crisis de 2008-2009, destinó inmensas cantidades de recursos de los contribuyentes para enfrentar las nefastas consecuencias de las pésimas operatorias de los sectores financieros. Esta política implementada en 2008 y 2009 demuestra a las claras donde esta el poder en estas nuevas condiciones económicas, pues se instrumentalizó nada menos que al estado más poderosos del mundo en defensa de los negocios financieros, sacrificando el nivel de vida de su población y generando un nuevo incremento de pobreza en el país más rico del mundo atravesado por una creciente diferencia entre los ingresos de los más ricos y los más pobres. Este rescate no fue como se pensaba en términos Keynesianos de aumento de demanda agregada por medio de sueldos, pensiones y empleos sino por transferencias multimillonarias a los sectores más poderosos y absorción de pasivos por parte de las cuentas públicas. Recordemos que esa crisis fue desatada por los manejos de esos sectores posteriormente rescatados, de grandes montos que provenían de circuitos financieros volcados al negocio inmobiliario sobrepasando a sabiendas la capacidad de pago de las familias endeudadas. Estos fondos no encontraban destino para sus excedentes financieros en los mercados emergentes que reducían su demanda de financiamiento externo por implementar políticas como en el caso Argentino durante la presidencia de Néstor Kirchner (2003-2007) de superávit fiscal y de balanza comercial, así como políticas públicas de desendeudamiento. Debe quedar muy en claro la responsabilidad de estos sectores financieros que procedieron a sabiendas de la insolvencia de su propio armado financiero. Por eso volvemos a indicar que el volumen de las hipotecas “subprime” se multiplicaron exponencialmente entendiendo que en la jerga que cuando a los préstamos hipotecarios se los calificaba de “subprime” en realidad significaba de solvencia dudosa. Ahora esas deudas eran posibles por la expresa aprobación de expertos e instituciones financieros y por la falta de una política pública de vivienda, en un contexto en que la deuda personal de los hogares norteamericanos había sobrepasado el 100% de la renta personal y disponible. Los mecanismos de rescate implementados por los estados protegieron e incluso fortalecieron la concentración del capital financiero y en el caso europeo hasta tal punto que salieron de la crisis con poder suficiente como para demandar el desmantelamiento por ahora parcial, del estado de bienestar.

 Por medio de mecanismos que conocemos muy bien en los países subdesarrollados estos sectores dominantes tienden en forma sistemática a privatizar las ganancias y a socializar las pérdidas. Por la crisis de los subprime se implementaron formas de estatización de deudas y de control parcial por parte del Departamento del Tesoro sobre instituciones quebradas como en el caso de Fannie Mae y Freddie Mac que había sido crea