La esfinge republicana
 

En Julio de 2016 estamos conmemorando en este espacio cultural los 80 años del inicio de la Guerra Civil Española, desatada por la criminal intolerancia y violencia fascista. Además para nosotros, son diez años de trabajos compartidos en los proyectos colectivos que denominamos “La Lija” y “Hasta Trilce” que crecieron desde nuestra aventura inicial de teatro popular que llamamos “No Pasarán” a partir de 2006.
    Deseamos aproximarnos a la guerra civil en esta ocasión desde la filosofía de la historia tratando de entender algunas de las implicancias de ese conflicto que se desarrolló entre 1936 y 1939 en suelo español. Como eje conductor de esta reflexión hemos tomado en esta ocasión el discurso de Francisco Largo Caballero (1869-1946) uno de los principales dirigentes del PSOE y de la UGT, quien el 12 de Enero de 1936 en plena campaña electoral y ante una entusiasta concurrencia de la Juventud Socialista que colmaba las amplias instalaciones de estilo expresionista del Cine Europa,  sobre la calle Bravo Murillo en Madrid, dijo lo siguiente:

“… al triunfo de nuestros ideales
que no podrán impedir
por mucha fuerza que haya en manos de la clase capitalista
y por muchos auxiliares que esta tenga,
porque el triunfo
no lo evitan los cañones, ni las ametralladoras ni los fusiles.
El ideario nuestro
esta penetrado de una manera decisiva en toda la clase trabajadora española
y esta clase trabajadora tendrá ocasión
y aprovechará el momento más oportuno que encuentre
para enarbolar la bandera socialista marxista,
no de una manera súbita como algunos dicen sino como podamos
con arreglo a la situación psicológica y económica del país,
pero con un ritmo que no tenga interrupción alguna
y con una decisión verdaderamente expresivas
para llegar al final de nuestros ideales
que es implantar la igualdad económica entre todos los seres,
pues mientras ella no exista no podrá haber igualdad
en ningún otro género de la vida.”

    Este discurso condensa lo que entendemos es una visión moderna de la historia y de la política. Esta categoría de “moderna” la expresamos no sin un dejo de nostalgia, desde un mundo en que se impone el capitalismo financiero y una visión posmoderna de una realidad fragmentada e ininteligible. La perspectiva moderna que entendemos condensada en el discurso de Largo Caballero implicó un proyecto logo-céntrico que no sin cierta simplificación situamos su inicio en el cogito cartesiano, con las posteriores reconfiguraciones sobre todo por una episteme que Michel Foucault (1926-1984) denominaba ilustrada.
    Por de pronto hay un nosotros identitario en ese discurso que encarna la clase trabajadora española o sea una clase en sí, pero además el orador expresa que existe un ideal que entiende como nuestro, un ideario del cual esta penetrado la clase trabajadora o que podríamos identificar como una clase para sí. Tenemos por tanto en el discurso la convicción de contar con una clase en sí y para sí y como tal se arroga la potencia de ser un sujeto histórico, en esos dichos de la campaña de 1936 nada menos que en boca de Largo Caballero. Esa subjetividad histórica habilita a pensar en su capacidad de transformar de forma radical y revolucionaria a la sociedad sin necesariamente atar ese destino a los avatares electorales lo cual representó siempre el riesgo de las vanguardias imponiendo la historia a las mayorías. Es por lo tanto un sujeto que en términos dialécticos representa la negación pero con la potestad de conservar la racionalidad moderna, en la gestación de la superación dialéctica de la historia por medio de la revolución. Karl Marx (1818-1883) buscaba el concepto de clase en la relación de un grupo social con los medios de producción o sea grupos cuya definición identitaria, estaba asociada a su posición económica o para ser más precisos por el rol que desempeñan en el proceso de producción. Clase por tanto no se asimila a posición social y en los trabajos de Marx sobre todo en “Las luchas de clases en Francia 1848-1850” (1850) y “El 18 Brumario de Luis Napoleón” (1852) no se nos presenta como homogénea. Tal como lo habíamos anticipado distinguía la dimensión objetiva de la clase en sí, de la dimensión subjetiva vinculada a la conciencia o sea la clase para sí. El historiador inglés Edward Thompson (1924-1993) destacaba como la clase es en realidad una categoría histórica pues ellas existen en tanto hay personas que se han comportado repetidamente en las relaciones de producción de acuerdo a pautas identitarias, patrones de conducta que permite emparentarlos y entenderlos como propios de una clase.
    En la experiencia de la explotación, en los antagonismos, disputas y luchas se va conformando la conciencia de clase, cuando ese grupo social vive las relaciones de producción al experimentar por tanto las determinaciones sociales. En el contexto de la II República Española la cuestión de clase era eminentemente política, se estaba dirimiendo con intensidad en la disputa ya no solo sindical o económica sino que había arraigado de forma revolucionaria en la praxis política, tensando las relaciones sociales al punto de poder pensar que o la República liquidaba a  la Oligarquía o la Oligarquía aniquilaba a la República. Antonio Gramsci (1891-1937) había comprendido que el proletariado puede llegar a una situación histórica en que tenga conciencia de clase para sí pero no tenga la hegemonía y para corroborar esta apreciación recordemos que las fuerzas republicanas perdieron las elecciones del 19 de Noviembre de 1933, ante el avance de la CEDA con voto rural, con la mayoría del nuevo electorado femenino, con los sectores católicos de las clases medias urbanas y con el voto de las clases dominantes inaugurando el bienio negro. Ese sujeto histórico con conciencia de clase para sí, implica en términos de la filosofía de la historia, una racionalidad que permite orientar la acción política en términos de un devenir histórico que se entendía como necesario. Una matriz filosófica basada en buena medida en la ontología de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) y en las ideas de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), que permitían pensar en un progreso dialéctico hacia el mejor de los mundos posibles, lo que en los términos de Largo Caballero se expresa como “el triunfo de nuestros ideales que no podrán evitar la fuerza brutal de los cañones, ametralladoras o fusiles”. Estas violentas oposiciones no serían más que lo que en términos Hegelianos llamaríamos mera “realitat” ante la cual se imponía ese triunfo de los ideales que revelaban la racionalidad dialéctica de la historia.
    La pregunta que se presenta ante esta pretensión es si existía un basamento empírico que justificaran las expectativas políticas revolucionarias, esto implica la necesaria existencia cuantitativa y densidad social de una clase trabajadora con pretensión de ser un sujeto histórico. Si tomamos los datos relativos a la PEA (Población Económicamente Activa y aceptando las imprecisiones estadísticas del caso) es posible ver que en 1900 la población rural de España era de entre el 65% y el 70% de la población, la industrial representaba alrededor del 15% de la PEA con un número de obreros en torno a los 800.000 y el sector de los servicios representaba un 17%. La urbanización era todavía muy baja con casi el 75% de la población viviendo en localidades con menos de 10.000 habitantes. Para fines de la década de 1920 antes del crack de 1929-30, esas proporciones mostraban una caída porcentual de los sectores rurales que entonces representaban alrededor del 55%, los del sector industrial habían aumentado su participación hasta alcanzar el 25% de la PEA, llegando a ser antes de la Guerra Civil más de 1.600.000 obreros y en el sector servicios se concentraba el 20% de los trabajadores, un porcentaje que se incremento en los años treinta hasta alcanzar el tercio de la PEA. Se debe así mismo dejar constancia de la disparidad regional pues solo en Madrid, Valencia, Cataluña y el País Vasco se había superado una tasa de urbanización del 40% siendo el promedio español en 1940 de 34,5%. A principios de siglo el sector rural generaba entre el 45 y el 50% de la renta nacional, pero asistía a un crecimiento demográfico que dentro de la pautas del Modelo Demográfico de Transición puede ubicarse entre el estadio 2 y el 3 con altas tasa de natalidad y una tasa de mortalidad declinante lo que arrojaba un crecimiento sostenido de la población. Recordemos que entre 1900 y 1910, 1.349.037 españoles emigraron y por momentos más del 70% lo hizo hacia la Argentina. El saldo neto migratorio arrojaba al final de la primera década del siglo XX una suma negativa de -578.094. En la Argentina entre 1900 y 1915 se contabilizaron más de 1.000.000 de inmigrantes de origen español. La tasa de emigración disminuyó en la década de 1920 con un saldo neto negativo de -89.906 habitantes. Esto ocurría en el contexto de un crecimiento demográfico vegetativo de entre 1 y 1,2% con incrementos demográficos de más de 200.000 personas anuales en la década del veinte. Si la tasa bruta de natalidad era de 30/35 por mil antes de la I Guerra Mundial hacia 1930 se ubicaba en torno al 25/30 por mil. La tasa de mortalidad había caído aún más lo que concuerda con la etapa 2 del modelo demográfico de transición desde valores que eran de 25 por mil antes de la I Guerra Mundial a algo más de 15 por mil antes de la guerra civil.

*podrá descargar la imagen en el pdf adjunto en este artículo.


    La ancha base y el estrecho vértice que nos proveen los datos del Instituto Nacional de Estadísticas de España indican una tasa bruta de natalidad alta con un progresivo aumento de la expectativa de vida y una lenta declinación de la tasa de mortalidad. La resultante fue el crecimiento demográfico muy fuerte por ejemplo en zonas rurales que por un lado explica la demanda insatisfecha por la disponibilidad de tierras y la pobreza rural asociada que facilitaba la labor política de los sectores de izquierda para confrontar con los terratenientes cuestionando desde los latifundios hasta la mismísima propiedad privada de la tierra y por otro lado esas condiciones demográficas fueron expulsivas facilitando la migración rural urbana o la emigración internacional. A pesar de la emigración la población de España era de 18.616.650 habitantes en 1900 y para 1930 ese número llegaba a los 23.677.095.
    Este desarrollo demográfico se daba en el contexto de una economía que mostraba en general tendencias hacia el crecimiento bajo, con medias con frecuencia en torno al 1/1,5% del PBI aunque con períodos de crecimiento que superaban la media de 2,5%. Sin embargo ello iba de la mano de una distribución regresiva tanto del ingreso como de la distribución regional.
    El mundo rural estaba dominado por una abrumadora concentración de la tierra. Había propietarios que tenían inmensos dominios como el caso del Duque de Alba que tenía 34.455 ha, el Duque de Peñaranda con más de 50.000 ha, el Duque de Lerma con 11.879 ha o el Duque de Medinaceli con nada menos que 79.146 ha. Era un dominio cuasi feudal de las 45 grandes familias que concentraban porcentajes abusivos de la tierra. Para 1930 el 0,2% de las fincas o sea las grandes propiedades cubrían el 34% de la superficie, mientras como contraparte existía un grave problema socioeconómico asociado con el minifundio y la pobreza crónica. El  98% de las fincas tenían solo el 36% de la superficie total disponible.
    La idea de presentar estos datos demográficos y económicos es para certificar que es posible desde el punto de vista cuantitativo argumentar que había una clase trabajadora urbana e industrial de peso en la sociedad española, pero además una buena parte del campesinado especialmente los jornaleros y pequeños propietarios habían desarrollado una conciencia política de clase que habilitaba a incluirla en la lucha política revolucionaria siendo partidaria de los procesos de transformación en marcha en la II República.
    Una corta enumeración de las agrupaciones políticas y sindicales permite además darnos cuenta del gran desarrollo de la clase para sí que se registraba en la España de la II República. Recordemos el gran nivel de desarrollo del anarquismo atentos a los principios de Mijail Bakunin y Piotr Kropotkin que había en Andalucía y Cataluña con inusual fuerza en zonas rurales, la estructuración de la CNT Confederación Nacional del Trabajo de inspiración anarquista, la UGT Unión General de Trabajadores de inspiración socialista, el PSOE  o sea el partido socialista fundado en 1879, la Internacional Comunista-Partido Comunista Español que en el IV Congreso en Marzo de 1932 tenía apenas 11.872 afiliados de los que casi el 50% eran andaluces pero para el mes de Diciembre de 1936 ya tenía 249.140 afiliados de los cuales más de 87.000 eran obreros industriales mientras cerca de 62.000 eran trabajadores rurales y para 1936 el Partido Comunista Español tenía 17 diputados en las cortes. No podemos dejar de nombrar la importancia del POUM de Andrés Nin, ni otras agrupaciones como el Partido Sindicalista, la Esquerra Republicana de Catalunya, la Izquierda Republicana o la Acción Republicana entre muchos otros aportando apoyos y liderazgos decisivos para las fuerzas republicanas. Esta larga lista da cuenta por un lado del desarrollo en la conciencia de amplios sectores del proletariado tanto urbano como rural, “el ideario nuestro
esta penetrado de una manera decisiva en toda la clase trabajadora española” decía Largo Caballero en forma justificada, aunque por otro lado expone cierta debilidad potencial fruto de la fragmentación que aparece en la conformación ideológica y organizativa de la clase. Sin embargo independientemente de las dificultades o potenciales debilidades esta diversidad de agrupaciones, sindicatos y partidos nos permite asomarnos a un desarrollo organizativo que denota una conciencia de clase para sí que como decíamos habilitaba a Largo Caballero a interpelar al joven auditorio ese 12 de Enero de 1936 que se esta conformando como sujeto histórico.
    No subestimemos sin embargo la potencia de la reacción que se basa no solo en parte significativa de la población española y de algunas de sus instituciones como el ejército y la iglesia católica sino también en la injerencia abrumadora de las potencias fascistas. Recordemos que el Fascismo liderado por Benito Mussolini será un gran sostén de la reacción franquista. El CTV Corpo di Truppe Voluntaire y distintas unidades fascistas contabilizaron de acuerdo con recientes investigaciones casi 80.000 soldados italianos. Se supone que no menos de 12.000 ametralladoras, unos 500 cañones y baterías antitanque, varias decenas de tanques y también aviones incluyendo los Savoias S-81 y los Fiat C-232, representan más ayuda que todo el esfuerzo poco articulado de las brigadas internacionales que dieron sus vidas por la república. El régimen Nazi bajo el liderazgo de Adolfo Hitler fue otro de los pilares del fascismo criminal y golpista. La tristemente famosa Legión Cóndor que fue por momentos comandada por Wolfran Von Richthofen (1895-1945) dispuso de un total de 620 aviones entre ellos los más antiguos como los He 45, He 51, He 52, He 59, He 60 y He 70 pero también contaron con los modernos Ju 87 “Stuka”, Do 17, Me 109 y el He 111 que les permitió a los criminales del bombardeo de Guernica demoler las defensas republicanas y masacrar población civil con nada menos que 21.000 toneladas de explosivos. Contaban además con una dotación de tanques aunque no de la mejor calidad mayoritariamente en funciones defensivas como los MK I, armas antiaéreas Flak 18 y Flak 38 con una dotación total que se acerca a los 18.000 hombres. Además debemos agregar el apoyo de la Dictadura de Antonio de Oliveira de Salazar que había instaurado en Portugal el Estado Nuovo en 1933 y financió a 10.000 “voluntarios” enrolados en los Os Viriatos. Los números dan cuenta del abrumador apoyo fascista a la causa de los golpistas y contra la opinión de Largo Caballero los cañones, ametralladoras y fusiles si pudieron derrotar a las fuerzas republicanas. Pero además una trama de poderes capitalistas que incluyó al Deutche Bank, los recursos de más de 350 empresas alemanas vinculados a la economía de España, los suministros de petróleo de la Standard Oil y la Texaco Co. que se le negaban a los republicanos pero se les financiaba al fascismo con grandes facilidades de pago así como el apoyo del simpatizante de Hitler y antisemita de Henry Ford y de muchas compañías norteamericanas como la General Motors, así como una abundante disponibilidad de créditos por parte de la plutocracia norteamericana y los banqueros londinenses para las fuerzas fascistas.
    A esta inmensa coalición que incluso lleva a pensar en una guerra internacional de capitalistas y fascistas contra la república solo podemos oponer el apoyo heroico de México y de la URSS. Aviones, tanques, obuses, armas de asalto y sobre todo el preciado combustible vino desde el lejano régimen soviético. Además debemos mencionar el heroísmo de las brigadas internacionales, algo más de 53.000 voluntarios, procedentes de 54 países, que se fueron congregando sobre todo en Albacete, agrupados con frecuencia por procedencia lingüística y que comenzaron a llegar en Octubre de 1936. Se formaron las Brigadas XI, XII, XIII, XIV, XV, 129, 150 con algunos batallones que cobraron mucho renombre como el 1º Batallón  de los Alemanes, el 2º de los francófonos que se llamaría “Comuna de Paris”, el Batallón Garibaldi de los Italianos primero en la XI Brigada luego trasladados a la XII, el Batallón Lincoln de Norteamericanos o el 2º Batallón de Británicos de la XV Brigada con destacada actuación en la Batalla de Jarama con una tasa de bajas de más del 60% y que el por entonces filo-fascista Winston Churchill  llamó “manada de turistas armados”, los cuales sin embargo daban su vida por la república, mientras el Duque de Marlborough esbozaba alabanzas sobre Mussolini. Sin embargo enfrentamos un grave problema propio de lo que planteamos como la filosofía de la historia, pues mientras esos heroicos combatientes daban sus vidas en los frentes de España, en sus respectivos países sobre todo allí donde imperaba la democracia liberal, no lograban las clases trabajadoras ni siquiera con el gobierno del Frente Popular en Francia (1936-1938), involucrar a esos estados en la lucha contra el fascismo cuyo apoyo hubiera sido decisivo, si en vez de boicotear a la República Española, la hubieran apoyado. Muy caro pagarían, de hecho con millones de muertos, las simpatías y claudicaciones ante el fascismo.
    Este complejo entramado deviene en la derrota republicana en 1939 y nos parece entender que en esa derrota del pueblo español que con tanta pasión, hidalguía, convicción y coraje salió a las calles a defender a su República y que afirmaba en ese heroísmo su subjetividad histórica y su derecho a tomar el cielo por asalto, se esconde sin embargo, una conclusión mucho más compleja a los fines de entender la historia contemporánea. La significación de su derrota excede las meras contingencias de una larga lucha de clases y vista a 80 años parece ser el inicio, el punto de inflexión  hacia la pérdida del sentido en la historia, es la introducción a la tragedia del proletariado y del proyecto moderno. Esa derrota puede ser pensada en forma descarnada a partir de los lacerantes versos de León Felipe cuando escribió:
                   Se todos los cuentos (1944)


              Y he visto que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
               Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
               y que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
               que los huesos del hombre los entierran con cuentos…

    La derrota del Frente Popular no es solo una contingencia de la historia, sino que comienza a desplegar la frustración de la utopía que padecemos en este Siglo XXI. Esos trágicos y heroicos milicianos, esa derrota de las esperanzas, nos ubican ante la imagen de una esfinge moderna que tomamos como metáfora de lo que nos interpela luego de ochenta años en este vivir posmoderno. Pocas culturas han meditado sobre la experiencia trágica de la vida y los innumerables matices que proyecta sobre los destinos humanos como los antiguos griegos. Hesíodo en su Teogonía verso 326  nos presenta la sombra terrible de la esfinge:
 
ἣ δ᾽ ἄρα Φῖκ᾽ ὀλοὴν τέκε Καδμείοισιν ὄλεθρον

La pregunta de la esfinge es funesta, fatal, perniciosa y puede ser mortal (ὀλοὴν) y para los Cadmeos implicaba la ruina pues es la peste, el azote y la derrota. La funesta Esfinge (es) ruina (ὄλεθρον) de los Cadmeos dice el texto de Hesíodo.
    Es la esfinge republicana la que nos interpela, ha sido terrible el relato de la muerte y destrucción funesta y nos fuerza a resolver su enigma que es nuestra pregunta. Si no resolvemos el enigma que se desató a partir de la derrota del sujeto histórico y del inicio de la pérdida de la necesidad y de la utopía en la historia que se patentiza en la derrota republicana en la Guerra Civil Española, tal como le acontecía a los Cadmeos, continuaremos viviendo y sufriendo la peste, el hambre, la guerra y la muerte del fin de la historia. Esa Esfinge nos demanda responder a la pregunta por la constitución de una nueva subjetividad histórica, capaz de resolver los nuevos enigmas que la historia nos plantea, entiéndase el problema no resuelto del propio fin de la historia y la consolidación de la posmodernidad.
    Por último quisiéramos dar cuenta de que la esfinge nos interpela a nosotros como integrantes de la patria grande. Si es cierto que se ha agotado la posibilidad logo-céntrica y moderna de significar el mundo, con su costado criminal y genocida de colonialismo e imperialismo europeo, si las negaciones dialécticas de ese logo-centrismo ya no pueden estar moldeadas o determinadas como mera negatividad de lo que ha perdido su densidad y centralidad histórica, implica que se nos abre una dimensión de la alteridad que no es ya reductible a la mera negación del logo-centrismo  propio de la modernidad. La esfinge nos interpela en nuestra condición americana pero ya no periférica pues el fin de la historia implica la imposibilidad de determinar una centralidad estructurante de los sentidos. Acaso como lo plantea Jacques Derrida (1930-2004) se nos abre la posibilidad de pensarnos no como alteridad o periferia ni como momento de negatividad, sino como algo irreductible cuya condición de damné que fue gestada pero no agotada ni inteligida por la co-constitución de la modernidad y la colonialidad, tiene una densidad que no depende de la fijación de sentido ejercida por una historia que podemos pensar que ya no es nuestra ni nos determina. Es posible que en Hasta Trilce no lleguemos a ese lugar,  ni como decía nuestro poeta Vallejo, donde aun si nuestro pie llegase a dar por un instante será en verdad como no estarse, pero seguiremos andando en el intento de abordar ciertas preguntas cruciales que atisbamos en la esfinge que de no contestar nos condenamos a recrear una y otra vez en las tragedias que erróneamente confundimos con dramas.