Un desierto entre mares. De Clara Gracián Schilling
 

Un desierto entre mares.
Los llanos eran una osamenta que el verano roía. En el regazo del desierto, el rancho de Margarito y Teresa atravesaba la mañana canicular. Sobre él, enero se envanecía como un pavo lento y la siesta se paseaba atizando el polvo y golpeando su tambor de huesos. Hacía un mes justo, con toda su luna, desde que la seca les llevara el niño a los solitarios pobladores. La mujer, otrora lozana canción de todo el día, ni salía de la cama ya; la pena se había hecho como un buey sentado sobre sus pechos y no tenía las fuerzas para alzarse con el. Aquél triste día el llanero lo comenzó poniendo en el suelo el pie del hombre que ha tomado una decisión. Al alba, y con esos mismos pasos, había salido fuera del rancho a ver sus llanos descubriéndose, pero no los vio de veras porque los ojos de los hombres así decididos ya ven poco y casi nada y nomás quedan en sus cuencas como olvidados espejitos. Sus ojos apelmazados los tenía solamente para volver a ver la figura negra que atravesaba el horizonte y con quien esta vez partiría. Margarito, al alba, lloró todas sus penas. Tras emprolijarse el rostro, cosa que Teresa no maliciara, entró nuevamente al rancho y esperó que pase la mañana.
Cuando fue pasado el furibundo centro del día y la siesta comenzó a desparramarse por el desierto, Margarito recordó que estaba por darse la hora que esperaba y dejó por segunda vez el lecho en que Teresa finalmente se había dormido, naufragada en un mar de llanto y sudor, adormecida por el viento corto que él le fabricara con el ala del sombrero. El hombre se desprendió del aire melancólico del rancho y, meramente vestido, fue a carearse con el paisaje que se colaba por la ventana y, mismo que otro mar, embestía con su sola presencia el menudo amontonamiento de gentes. Ni los pasos sin vértigo de Margarito, que caminaba con un pie de cada lado, ni el sobrio “adiós, prendita” que dejó en sus manos, bastaron para despertar a la morena que yacía de costado en el lecho.
Ya afuera, sin que los perros despertaran, fue hasta el aljibe, saltando de sombra en sombra, y se cubrió bajo el fresno que cubría el mermado ojo de agua. Dos días atrás, en esa isla pendular a un lado del pozo, Margarito se había hecho del extraño secreto. Un secreto humilde pero maravilloso que olía a rocío y sonaba a belfo en el agua. Un secreto, en fin, que le arrancaba de la penuria como una canción materna llamándole al sueño. Era a esa hora que lo hallaba decidido bajo el fresno, hora en que no era posible andarse bajo el sol sin que se desamarre el alma, que veía aparecer, lejos y caminando en paralelo a la tiesa línea del horizonte, a una figura; una negra figura de caminante que atravesaba lo que de visible había hasta desaparecer por el extremo opuesto del que se presentaba. Nadie, ni Teresa, ni los perros, ni el sol habían visto a la figura, secreto entre el y esa silueta misteriosa que enhebraba la distancia esquivando los martillos de la siesta.
Margarito se aplastó el pelo húmedo contra la frente y soltó la mirada por los llanos anhelando ir tan lejos como falta hiciera para tornarse forastero de si mismo. Detrás de el, el aljibe despedía un dormido perfume de agua barrosa y, si bien tenía sed, no quería saber nada con el pozo ni con su tesoro. Asi, lleno de agujas brillantes los ojos, vio, a través de los destellos de oriente, a la imposible figura revelarse nuevamente
y, como antes, la visión se le antojó tan extraña como la de alguien caminando sobre el agua. Margarito, con avidez niña, como se mira a un pájaro volar alto o a un milagro divino, observó aquél dulce y triste secreto de la siesta desde las barandas de la sombra. Ahora, entre el y su propósito mediaban solamente el desierto de los llanos y la siesta que le derribaría como a un pájaro flechado. Sabía que no llegaría a ver quién era esa figura, pero acaso corriendo hacia ella, como se corre siempre en pos de algo, olvidaría todo. “Adiós” pensó, y se lanzó a una carrera en punta hacia la silueta prodigiosa junto a quien iba a perder el desierto, la vida, el susurro del viento, la voz del niño, la cruel sequía, el rostro de Teresa, su pobre rancho y la tristeza toda. Los perros apenas si movieron los ojos para ver a Margarito largarse hacia los áridos llanos y el misterio caminante. El triste corrió ciegamente, cada vez más liviano, llorando y riendo, hasta que, sin percibir el momento justo en que sucedía, advirtió que estaba nadando. En medio de una mar greñuda, se halló braceando hasta llegar a la vera de una balandra que se debatía entre las olas. Asomada por la cubierta, la figura, de rostro imprecisable, le habló dulcemente.
- Tres veces pasé por aquí, Margarito, y hoy, que habrá tormenta, te decides a venir. ¿Subirás?- invitó el misterioso marino con larga sonrisa.
- No lo sé. - respondió Margarito, confundido y zamarreado por el oleaje.
- Estamos en el mar, hombre. Aquí se muere para abajo y si te hundes mucho las olas te contarán los años antes de borrarte.
- Yo no sé qué edad tengo.- confesó el llanero con los ojos bien abiertos
- Ellas lo sabrán, siempre descubren la edad de los que mueren en el mar – mientras hablaba, el marino miraba a lo lejos, avizorando cosas que Margarito no veía.
- Yo soy de a caballo, nunca he visto el mar. Dizque es grande, azul y muy bello.
- Es todo eso y es mas cosas también. ¿Subirás, Margarito?- el marino se impacientaba. Soplaba una brisa que iba creciendo y sus velas estaban arreadas. Quería irse con ella.- Sopla el viento ¿vamos…?
Pero Margarito, en medio de la mar, lloró amargamente. No quería morir así, una muerte oscura que no era suya, una muerte que no sabía morir. ¿Cómo morir ahogado? ¿En qué momento debía soltar el ánima? ¿Y luego qué haría? ¿A dónde rumbear con sus huesos, su osamenta mojada? El era hombre de a caballo y sabía de desplomarse en la tierra, saludado por el polvo. Sabía de caer de bruces con la boca hecha un calvero. Sabía de extraviarse en la noche y toparse con una ánima mala, o el mismo Diablo, y dejar el alma prendida a un cardo, diciendo adiós para siempre, como un jirón de camisa. Pero allí en el mar, pensaba Margarito, ¿quién le saludaría la ausencia mojada?
- Mi hijo se llamaba Celmiro- se oyó decir Margarito.
- Dios se lo guarde- le deseó el marino mirando impaciente hacia el cielo.
Una lluvia empezó a descolgarse sobre el mar y las velas de la balandra se alzaron como un humo blanco.
- Se cayó al pozo de agua y agora toda agua me resulta muerta.
- No hay mas que, ahí mismito donde esta, nadar para abajo y, cuando ya no vea nada, se detenga…
- ¿Y de ahí…?
- Y de ahí un desierto, hombre.
El hombre del desierto vio todos los desiertos y los aceptó todos. El misterio le perfumó la pena y quería vivir mucho tiempo, volver a verla a Teresa y volver a nunca más ver a su hijo y todo lo quería de nuevo.
- No quiero morir, marinero…
- ¡Llueve, Margarito…!
- ¡No quiero morir en el desierto, marinero…!
- ¡Qué lluvia!
Margarito desandó la estela que lo trajo, a través de las olas, dejando atrás la figura del marino que le saludaba y comenzaba a izar las velas. Sin darse cuenta, nuevamente estaba en los llanos y sobre ellos caía la lluvia. Hacía una noche de vidrio. Saliendo de la noche descubrió el rancho y vio, ya en la puerta, a Teresa. Dentro, el aire estaba cargado del suspiro de lueguito el llanto y algo se cocía al fuego. Teresa estaba linda, con el rostro moreno mojado. Margarito se sintió feliz y quería bailar como los hombres olvidan bailar en tiempos de sequía. No supo contenerse la vida a boca de jarro y, vivas al amor del fuego, las paredes del rancho se animaron con el baile de dos sombras aunadas que volvían a sembrar la vida sobre la tierra que sostienen los muertos. Afuera, la lluvia los imitaba.
Clara Gracián Schilling