Imagen. De Miguel Taboada.
 

Imagen.
Washington iba por la avenida Arismundi. Los pechos de Josefina se le entraban por todas las debilidades de la mente, sitiándole la compostura en plena calle. Qué fantástica turgencia la de la apretada grana de las tetas de Josefina. Quién pudiera hacerle un cielo de manos a esos abombados balcones que recién viera, amordazados por el escote de un vestido azul, dándole trémulas y sofocadas voces apezonadas que iban directo a su bragueta y a su boca. Y ella, oh poder, sabía cautivar con esas dos prisioneras que seguramente liberaba como a dos mareas para bañar a los dichosos entre los cuales nuestro Washington esperaba contarse algún día, antes de partirse irremediablemente en la vereda. Pero antes de ello, Washington iba por Arismundi, mirando distraídamente su reflejo en las vitrinas y a su vera, la ciudad rugía bajo el sol colérico y nadie quería estar donde estaba excepto el, Washington, que tenía las pensaderas beneficiadas por el souvenir de las dos virtudes de Josefina, glorias del verano derramado. Y Washington siguió por Arismundi abajo cuando la vitrina de un negocio de lencería lo tomó de las pestañas y lo maniató a la soberbia visión de las prendas. Detrás de el, una plaza espumosa de niños y pelotas desafiaba al sol. Washington miraba los corpiños finos, las almillas sonrientes para las mujeres del barrio, y en cada copa veía vertidos los gotones de Josefina, felices y justos, en ancha y honda ocupación de esas cunas gemelas con bordados y moñitos. Mientras pensaba cuánto valdría la noche en la que el dolor de la vida se reemplazaría por tal sobremesa, una pelota agredida por el agudo puntín de un niño, se fugó de la plaza rumbo a la vitrina. Washington, con la mente llena de tetas y de brindis, y con última mueca, vio venir a su redonda verduga en el reflejo y dar contra la imagen de su cabeza en la vitrina. Sintió dolor de mil cuchillos abriéndose paso por mil grietas de su cuerpo y se deshizo, trozado en mil añicos. Desde sus ojos veinte veces partidos quedó viendo veinte porciones de cielo y en cada uno introducía el sol sus agujas frenéticas. Y así quedó, pobre Washington, hasta que fue la noche y algún alma bondadosa lo barrió con cuidado y lo amortajó en diario de ayer. Miguel Taboada