En los nidos de antaño. De Conrado Gutiérrez
 

En los nidos de antaño.
Al primero padre mío,
que le gustaban las historias
de voladores y sus máquinas.
Soy la última paloma blanca del más antiguo y glorioso linaje de toda la Bretaña. Desde las costas inglesas contemplo el atravesado mar, muralla del viejo reino, mar cambiante que tantas veces ha visto cruzar a mi linaje, cuando la edad era nuestra. Nunca más lo miraremos y, a través de estos ojos, mis antepasados se despiden de su duro romance de siglos. Algunas semanas atrás el fin de un mundo se ha concentrado en el fugaz evento de una sola muerte. Vengo a dar noticia de ello. Yo soy la última paloma del último Barker varón y aquí cuento la historia de la muerte de mi amo, que será también la mía y la de todo lo que hemos conocido, por siempre y siempre.
Mientras Richard Raymond Barker volaba en la inmensidad de un cielo de este año de 1918, la limpia mañana se emplazaba en tierra francesa, barullenta de ruiseñores y alondras en las frondas de la retaguardia, helada y silenciosa sobre las sinuosas trincheras del frente. Calmaba el dolor vertical del aviador aquella vista de los campos verdosos en cuyas tiernas parcelas se iba variando, de una a otra, la opulencia del color. Visión mitigante para mi amo, cuyo gesto aterido en la boca y su voz apagada eran la variación personal del viejo motivo enunciado en los ojos de toda su ascendencia, el largo gobernador de esa sangre. Pero sólo sobre el pálido fondo de su tez se gritaba su destino y el de todos los varones de la familia Barker; morir a manos de un héroe. Desde su primer día en el mundo, Richard Raymond Barker, mi amo, era la última víctima de Manfred von Richtofen, el célebre Barón Rojo, y mientras volaba el sonoro Camel Sopwith de ingeniería francesa, ya había caído sobre los bosques de Hammel.
Antes de alzar vuelo aquella madrugada, el mecánico del campamento, mirando al Este ya turbado por el alba y la guerra, le dijo “Verdad que hoy es un día para verlo terminar...”. Esta inocente jovialidad puso en marcha los mecanismos de su melancolía. Esa máquina no se detendría ni a la media legua de altura ni cuando su cuerpo fuera tomado por la crispación de entrar a cielo enemigo. Ella seguiría produciendo las finas telas que comenzaron a enredar a Richard el día que nació y que no cesaron de hacerlo hasta la tarde en que cayó en aquel bosque, totalmente envuelto en ellas, crisálida llameante.
Y sin embargo, no era la certeza de la muerte lo que causaba la tribulación de este Barker desde que, con menores penas, a todos los hombres les es dada la misma seguridad. Estirpe de soldado, si la muerte no lo hubiese buscado tan temprano, él mismo la habría buscado con la lánguida intuición y precocidad de los ingleses en quienes hay gotas alemanas; Byrons y Rilkes, afinándose en ciertos modos de morir, en lejanos países y con pétalos de rosas en las solapas. La tristeza de Richard y la de todos los Barker era un gesto; una altivez y un saber morir. Pero para Richard era un saber morir por entonces ya estorbado por un nuevo género de dolor, desconocido para sus
ancestros. Dolor que no sintió su abuelo al caer lanceado entre los maoríes, cuando toda la Historia se posó de puntillas sobre sus hombros, como un delicado acento divino, elevándole sobre un altar de eternidad reservado sólo a él. Pues para toda la arboladura de su sangre deparó la Historia un momento singular, distinto a todos los demás momentos y esto les resarcía de la vida ofrendada al destino y su velada trama. Richard, al decir de su madre, tenía lunas en la sangre y en él era ajada la fe de su antiguo destino. El vino a dar al mundo en los incómodos tiempos en los que el mundo se mueve. Sabía que al morir el, su madre estaría comprando verduras y su hermana estaría paseando: sabía que, debajo suyo, la muerte era una alternativa maquinal; sabía que muchos miles más estarían muriendo en las oscuras y largas trincheras, a cual naufragando con su pequeña muerte, y que su muerte se diluiría en el masivo morir. Ni era esto solamente, porque las guerras son desde antiguo el concurso donde los hombres matan y mueren al unísono. Sencillamente, algo en el humor de la era había cambiado, algo había caducado y su pena era la de no ser enteramente del mundo nuevo ni del viejo.
Richard sabía, a su pesar, que los mohosos ángeles de la guerra y la gloria ya eran sólo polvo sobre viejos apellidos y que su suerte se perdería en la gran noche de la guerra y ésta en la gran noche del tiempo y esta noche sería una letra perdida en un palimpsesto sin sentido. El numen de los destinos de los hombres de su estirpe había muerto o los había abandonado y su sombra era pisoteada por las botas de la hecatombe mundial. En las trincheras renegaban del “dulce decorum est pro patria mori” mientras el mundo se alejaba de los suyos y Richard, con la muerte anónima de la que era preso, cerraría un largo ciclo. Y luego, la oscuridad y el olvido y el absurdo. Era esta certeza el pesado mercurio en lo hondo de sus ojos, apagando su voz antes de terminar las palabras y creando una insalvable distancia de todos sus compañeros en la base, aquellos pilotos, mecánicos, soldados y oficiales que invariablemente dirían, al tratarlo, “Carajo con los Barker…” sin considerar, acaso, que un Barker, lo único que tiene, es su muerte.
Hartas generaciones de Barkers muriendo a manos de héroes devinieron en formas de crianza y algunas tradiciones objeto hoy de mitos y asombros por parte de las familias vecinas en el barrio donde queda la última rama de este linaje. Una de estas costumbres, la que une mi familia a la de mi amo, decíase instaurada por la duquesa Catherine cuando despidió a su esposo al partir a Francia con el bravo Enrique V. La duquesa le dio una paloma blanca que al morir su esposo, cruzaría los mares con la noticia. El duque William North Barker cayó bajo la espada del comandante d` Albret en la segunda oleada de la caballería francesa en la broncínea acción de Agincourt, poco antes que los franceses se rindieran y Enrique se alzara con la victoria y fama perdurable. Aquella lejana abuela mía llegó una fría mañana al caserón de los Barker. La duquesa la recibió y la guardó en el palomar que aún hoy enjaula el fondo del umbrío jardín. Los Barker creyeron que las numerosas palomas que vivieron en sus jaulas a lo largo de quinientos años eran descendientes de esa primera. Así, cada niño Barker, a la edad de diez, en una ceremonia sencilla, por lo general furtiva y nocturna, entraba al palomar y elegía a una de nosotras a la que luego criaba personalmente, dedicándole todas sus atenciones, cultivando y mimando en ella a su muerte. Cuando Richard Barker entró al palomar no tuvo que debatirse mucho pues yo era la última, sola en aquella gran jaula como él lo era al final de su apellido
En la hora de los pañuelos blancos y la llamada a filas, formábamos parte del equipaje y supongo de una extraña ternura la visión del joven soldado partiendo, de uniforme, con una jaula al final de una caña apoyada sobre un hombro y, dentro, la paloma que todos volverían a ver anunciando que el destino se reafirmaba. Fue así
como yo llegué hasta Francia; oyendo las sordas conversaciones de los soldados en los barracones del barco que nos lanzó a sus costas. Y así fue que salió de su casa Richard, una mañana, con la eterna melancolía de los Barker, orgullosamente enrolado en la flamante fuerza aérea de Su Majestad, rumbo a la guerra que terminará con todas las guerras. Casi lo estoy viendo a mi amo desde el bolsillo, revolviéndome bajo el abrigo.
Divago recordando estas cosas porque también ellas dejarán de ser y porque saber de dónde se viene ayuda a bien morir. Fue en la hora en que la madre de Richard atendía las plantas que colgaban de los balcones, la hora en que la luz del sol conseguía esquivar las ramas del olmo para entrar por una ventana y alumbrar las codiciadas mejillas de su hermana Carol, que en el cielo francés apareció el triplano sangriento del Barón Rojo desgarrando una nube y pasando por encima nuestro con un giro leve que era una reverencia, un caballeroso saludo cargado de resonancias de los antiguos tiempos.
Fue entonces y con firme seguridad que Richard perdió altura y bajo la atónita mirada del Barón, aterrizó en una explanada de la campiña. El triplano sobrevoló en dos círculos el avión de mi amo y aterrizó luego a su lado. Richard había desplegado sobre el blando pasto una manta celeste y, acostado sobre ella, aguardaba al Barón, mientras por sus dedos yo saltaba y picoteaba las migas que nunca olvidaba llevar en la solapa de la camisa. El Barón Rojo, de rostro helado, apenas logrando esconder su enojo por esa desusada circunstancia, se acercó erguido, se descubrió y, tras alguna vacilación, se sentó frente a nosotros.
Todos contemplamos en silencio la mañana mientras se adueñaba del paisaje. Donde estábamos, nada expresaba una guerra, excepto un sordo y lejano rumor de obuses, semejante a un entrecortado estertor de cascadas. Algo distante, una sola casita campesina molestaba en el horizonte que ondulaba levemente. Richard no detuvo nunca su mirada sobre el Barón quien, en cambio, lo miró hasta comprender que el pálido inglés no ignoraba que aquél día iba a morir.
- Esta guerra terminará con todo un mundo. El lugar que resulte de ella será un lugar sin nosotros. – así habló Richard primeramente, tras largo silencio, con mal contenida ansiedad. Y luego preguntó - ¿Teme a la muerte?
La frente arada y los ojos cansados del Barón parecían decir que no.
- Tengo 19 años. No he conocido mujer y hace dos años se que usted me dará la muerte. Para llegar hasta aquí hube de quitar la vida a muchos de sus compatriotas. Hombres buenos todos ellos, imagino; caros a su memoria, hoy retratos en casas tristes - Hizo una pausa ansiosa y luego cambió el tono, como quien abandona un propósito- Hacía mucho tiempo que a nosotros, los Barker, no nos mataba un alemán. A mi padre lo degolló un bárbaro maharajá en una emboscada sórdida que la Fama no recogió. Merecía más. Sé que estaría orgulloso de mí y por tanto, de usted.
Silencio y obuses ignotos, mientras los dos hombres hablaban un idioma que no era el de ninguno de ellos. Richard habló como quien reza, intentando crear un momento que fuera de él. Allí arriba, donde moriría, nadie vería su final y, pienso, quería conmover al mundo, llamar su atención sobre él, conseguir, como sus abuelos, la mirada eternizante sobre su destino. Continuó:
- Los tiempos que vienen darán por tierra con nuestros destinos y, sin embargo, creo que en las noches y en las horas de morir, pensarán en nosotros. Morirán en nuevas
guerras, pero no sabrán cómo se hace y eso hará un absurdo o un equívoco de toda la Historia. Yo he visto todo esto, lo mismo que se ve un signo, en el rostro muerto de uno de esos muchachos de las trincheras. No son soldados. Son seres arrancados al porvenir y traídos a esta guerra final de nuestra era para morir. Son el decorado, el altar de nuestro holocausto. Usted lo sabe, sirvió en la infantería.
El Barón hizo un gesto de desagrado, como si le hubieran metido abruptamente entre las ratas de las trincheras. Richard se comportaba como el que durante un sueño cobra conciencia de estar soñando y parecía estar revisitando una escena largamente ensayada y cuyo devenir conocía.
- Ha visto, pues, que mueren defraudados, con horror. En las fuerzas aéreas de nuestras naciones se hallan las últimas hornadas de nuestro viejo pan.
Tras decir esto, Richard se puso de pie y guió una marcha hasta la casa campesina que se divisaba a lo lejos. Algo alejado, el Barón nos seguía. Al llegar, una mujer que había divisado el aterrizaje, parecía esperarnos. Entramos en silencio a la casa de la joven, en donde todo lo necesario se hallaba dispuesto, acusándose el genio del destino de los Barker en aquella última escenografía. La mujercita, una niña en realidad, de bonita traza, nos atendió sin decir una palabra ni exigir explicaciones, guiada por una trama que la trascendía. Sirvióles vino y una carne de datura imprecisable. El idioma que hablaron sus dos huéspedes se le antojó fantasmal, profundo, nada que hubiera escuchado nunca y, con el fino tacto de una mujer sola, comprendía que presenciaba un ritual final, que atendía a la caída de una flecha disparada añares atrás. Se alegró de haber tenido buen vino.
Luego que mi inglés comió y bebió, llamó a la francesita a su dormitorio y conoció mujer. Ella, por supuesto, se enamoró y su soledad se vio llena. Le pidió, desde los ojos escondidos tras algunos rizos, que no se vaya. Pero el partiría lo mismo, “oh farewell”. Ella tuvo, como Richard, esa leve sensación de hastío que generan los lugares comunes, pero se entregó a ellos como quien va por un pasillo donde las puertas se cierran para siempre detrás.
Richard, al salir del dormitorio se miró de frente con el alemán y con una mano le indicó un vago lugar en el cielo donde se volverían a encontrar, y partió. Al despegar ya nunca más tocaría tierra. El Barón vio levantar vuelo al Camel de su adversario y luego entró en la casa nuevamente. Violó con bizarría a la francesa. Luego, a la usanza húsar, mató a la mujer, mató los perros y mató cuanto había para ser muerto excepto a mi, que desde un fresno observaba todo, pareciéndome que ya lo había visto a través de los ojos de mis padres. Cuando vio que nada sobrevivía de cuanto ellos hubieran tocado o visto o convertido en algo perteneciente a su tiempo, incendió la casa. Luego fue a su máquina voladora, seguro de que nada quedaba en tierra semejante a ellos. Encontró a Richard volando en una línea recta como su destino. Con una andanada trozó sus alas y Richard Raymond Barker “cayó envuelto en llamas en el bosque de Hammel…” como rezará el informe de su muerte aunque nadie más que yo y el Barón lo hayamos visto.
Una semana después, supe, cuando el Barón Rojo sobrevolaba el frente, la bala disparada sin fe, acaso jugando, de uno de esos muchachos de las trincheras, le insurreccionó las vísceras con un largo recorrido por el tórax. El mundo de esos muchachos que mueren sin saber cómo morir, mató al último hombre de una época que desaparecerá entre los fragores de esta Gran Guerra. A von Richtofen lo enterraron sus enemigos y fue el acto final de una larga era cuyos usos cenicientos echarán de menos
en ciertos momentos del día, cuando se duelan de la frialdad de las estrellas que sólo a nosotros nos hablaban.
Ahora voy llegando al caserón de los Barker. El vuelo fue duro y una tormenta me demoró en Normandía, pero ya veo el viejo palomar. Me posaré en la ventana de la madre de mi amo. Ella no llorará ni se sorprenderá de verme. Dará luego la noticia sin novedad a Carol, pero yo no la veré llorar pues ya no tendré mi cabeza ni mi vida. Y así se habrán terminado los Barker y no habrán más palomas en el palomar ni en los nidos de hoy y nunca.
Conrado Gutiérrez.