El sábado de Felipe. De Clara Gracián Schilling
 

El sábado de Felipe.
Cuatro auroras golpeaban el camino que llevaba a Tintañón y sobre las cuatro, erguido y espumoso de dicha bajo el negro sombrerón, cabalga Felipe volcándose sobre sus ilusiones, de licencia y con ochenta pesos en los bolsillos. Rielan sus ojos negrísimos más que las monedas del tirador y le tremola al cuello un pañuelo celeste. Va lleno de música mientras Tintañón se compone lentamente sobre la llanura para bien venirlo con sus casas, boliches, quilombos y canchas de bochas. Su caballo de cuatro auroras lo dejará en lo de Cristóbal, antes de llegar, y de allí hará a pie lo que falta hasta las piernas de Jessica o de Miriam o de la Gabriela y su boca que él la dijera dulce como lecho de río. Cualquiera de ellas quedará bien coronando su enorme felicidad de sábado con ochenta pesos fuertes y licencia.
Al llegar al caserón de Cristóbal, alto en la llanura y epígrafe de Tintañón, se lo encontró vacío, todo ausente, pero lo mismo largó su caballo aurorado en el potrero y tras beber unos sorbos de agua, siguió a Tintañón. “Manso, flete guapo” le pensó y partió. Poco antes de llegar, le detuvo una mujer que huía en dirección contraria.
- ¿Es usted muy feliz? – le asaltó la mujer, con un hilo de voz.
- Harto feliz, señoritita- respondió el feliz paisano.
- Entonces va a quedar aquí, no se va a ir pa arriba- dijo señalando el cielo con la mano
- Puesto que aquí me estoy bien, no me duelo nada-
- Bienhaiga po´ usté- le susurró la mujercita ya alejándose.
- Lueguito, pues.
Y siguió la mujer de misterio hacia el lado de lo de Cristóbal y Felipe con su plata hacia Tintañón. Al entrar por la calle principal, de tierra toda ella y con nubes de polvo patrullando severas, le sorprendió la entera calma que se sentaba sobre el poblado y la ni un alma que se apreciaba.
Al llegar a la plaza de Tintañón, mirado por los ojos ciegos de las ventanas cerradas a orillas de la calle, Felipe se halló sin aire al ver que unos ángeles, altos como árboles, habían dispuesto a toda la población del pueblo en tres grupos y que, como arrieros alados, volaban sobre y entre ellos mismo que quien dice “Mire, estoy apartando en un rodeo”. Uno de los ángeles, más blanco, más taita que los otros, leía con un ojo de una lista y con el otro ojo atendía el aparte. Otros dos ángeles se le acercaron a Felipe volando y lo tomaron del corazón el uno y de los pies el otro y le revisaron la vida toda.
- ¡Este hombre está muy feliz!- dijo, con voz de pino, el ángel que le tenía del corazón.
- ¡Este hombre está más bien alegre!- corrigió el otro, con acento de rocío.
- ¿Feliz o alegre?- pregunto el ángel más blanco de todos.
- Feliz, porque es sábado y tengo licencia y ochenta pesos- aseguró Felipe gritando medio riendo, casi llorando.
Con gesto de rama al viento, el ángel capataz mandó dejarle donde estaba. Los otros dos se devolvieron a sus trajines de aparte hasta que, tras mucho revolverse, lograron tres grupos claramente distintos. Luego, a la voz del ángel mayor, el ángel que había tomado el corazón de Felipe desenvainó del aire un gran y luminoso sable y despenó a todo el primer grupo con diestros golpes de divino matarife. Mientras, el otro ángel, con sable semejante, dejaba ciego a todo el segundo grupo. Finalmente, tras una rechifla y al grito de “siga, siga”, las gentes del tercer grupo comenzaron a flotar como panaderos, como hilitos de araña al viento, como cosa muy liviana, y fueron arreados hacia el cielo grande. Última, detrás de todos en la tropa voladora, iba Gabriela. En un momento final lo vio a Felipe y lo saludó, con triste sonrisa, mientras se elevaba.
- Chau, Felipe… Chau, negrito…
- ¡Adiós, mi vida…! –
Así la habló Felipe, aunque la vida se quedaba con él, allí en la soledad de Tintañón, donde se dispersaban los ciegos, entre voces de “Me han cegado los ángeles, me han cegado los ángeles…”.
Clara Gracián Schilling