El loco Clemente. De Clara Gracián Schilling
 

Loco Clemente.
Qué loco era el Loco Clemente, que se sabía el San Juan de memoria y tan poco me quería. Qué criollo más confuso. Era cuando los amaneceres, yacito antes de clarear, cuando se nos va recordando la ánima, que se inspiraba, él, y que la boca se le huracanaba desde lo alto del caballo y, enorme, nos decía lo que iba a ser el día que ña Josefa y el niño Víctor y el resero Miguel se levantaran de la tierra con todos los demás y cuatro ángeles de a caballo salieran a montonerear por los pagos de Magdalena. En verdad que metían miedo al más plantado esos ojos de haber visto lo que contaba, ráido el poncho, las manos duras y el proseo todo incendiado. Nadie le dudaba sus duelos hasta el alba con el Lucifer Sin Ropa, cuando se lo topaban en el fogón, los ojos cribados de venas, pálido y silencioso, murmurando “tu único hijo”. Dizque de niño que ya había sido huidizo y medio muy dado al silencio y, asegún fue creciendo, de estancia en estancia, su voz no se abría sino para alabarlo al Bendito y pa maliciarle las mañas al diablo que siempre le andaba rondando pa probarlo.
Yo lo vide llorar al Loco Clemente, durante la siesta de hace algunos veranos, y no había pájaros que le curaran ese mal de dolor viejo. La víbora seguía enroscada a un paso de el, mirándole fijo, pero el ya estaba mucho más lejos, pensando que el diablo le había ganado. No dejó que me le acercara, teniéndome a raya con el de cortar hasta que, vencido por la ponzoña, se le doblaron las patas y se le fue la vista. Me lo eché encima del pangaré que allí ve y lo llevé hasta el eucalipto mentado que domina la altura en las tierras que hoy pertenecen a don Domingo pero que supieron ser de la estancia “La verde”. Allí medio lo recosté contra el troncazo, en posición de sentado, y le vía mirar la distancia que había entre él y lo que pa siempre perdía. “¿Por qué nunca me quisiste, Clemente?” le decía yo y el como que negaba con la cabeza y se babeaba la camisa. “¿Por qué nunca me quisiste, Clemente?” Y así le porfié hasta que se finó sin mucho aviso, debajito del árbol aquél, que es famoso por lo alto.
Clara Gracián Schilling