Discurso de un saludo del siglo XIX. De Josefina González Novoa
 

Discurso de un saludo del siglo XIX


Para Andrea.
Soy un saludo del siglo XIX. Soy el antiguo impulso de una cortesía, lo que queda de una fundación, leve vestigio de un pequeño momento del ayer, arrumbado en esta ciudad de los Buenos Aires. Me dijeron al pasar, una mañana, a una bonita muchacha que cruzaba la calle Defensa rumbo al río y ella ni levantó la vista para recibirme aunque sonrió imperceptiblemente mientras yo rodaba, atónito, por el suelo. Ella se llamó Jacinta y la mañana tenía un jardín en su rostro, un óvalo de pálida luz, y el muchacho que me dijo, que era bueno y era manso, giró su cabeza mientras ella pasaba a su lado. Eso recuerdo de aquello y toda mi infancia es esta memoria. Esa mañana en Defensa y San Juan comenzó mi trajín por la ciudad. Invisible, mudo, el viento me pasea por ella como a un ingrávido hilo de araña, y no saludo ya a nadie, ni nadie da cuenta de mí.
Nosotros, los saludos, tenemos dos ojos perfectamente redondos y una prolongada cola que los barriletes nos remedan. La mía es hoy gris pero supo ser amarilla como el resto de mi cuerpo, en todo igual al de un delfín pero cubierto de un pelaje que cruza la pluma con el mero pelo, fino, como el pelaje de un gato. Les presento mi figura que nunca podrán ver para que puedan imaginarme en el aire, único momento en el que soy bello. Los días que no hay viento, no diré que vuelo, pero no será mentir si digo que puedo culebrear y que así me enrosco en las hebras del aire y observo a las gentes mientras les sucede la vida y me lleno de un sentimiento de alegría y de piedad por ellos.
La mayoría de los saludos se desvanecen una vez pronunciados, se incendian en el aire, dichosos. Otros andan errabundos algún tiempo y luego se dejan ir hacia el sur donde no tardan en convertirse en adioses o en otras criaturas crepusculares, mientras los vence un sueño y se marchitan entre la gramilla y el ancho cielo. Yo sé que en algún lugar de esas pampas ha de estar creciendo el cardo al que quedaré prendido como un pañuelo al viento, flameando en una larga despedida a todas las cosas. Todos los saludos que permanecen una vez dichos caen en una melancolía de palomo viudo y se abandonan al viento que suele amontonarnos en ignotos y secretos rincones. Yo, el más permanecido de todos, me quedé hasta mucho después de muerta Jacinta y el mozo que me arrojó a ella. Estuve muy triste tras eso y pensé que fuera hora de ir al sur. Pero fue la suerte mía que una brisa endiablada me embolsó en el agujero de una ochava y allí quedé, sin
fuerza para liberarme ni demasiadas ganas. Vi muchos años pasar desde allí, pasos de ejércitos, procesiones fúnebres, corsos enjabonados y la desalmada prisa de los hombres. Al fin de mi cárcel el gris del tiempo se me había ganado en la cola. Allí estaría aún de no ser porque el mismo paso de los años trajo el derrumbe del edificio y con el mi libertad ya inútil.
Mi mundo es el mundo de los hombres pero también el de las palabras cuya existencia los primeros creen confinada a los diccionarios y las bocas. Cualquier humano enloquecería ante la visión de los cardúmenes variopintos de palabras que recorren la ciudad y sufren sus avatares. Los saludos somos las más vistosas de todas las palabras, pero cumple al honor de un saludo viejo reconocer que hay otras también muy bellas, flotando como caireles o planeando perezosas, con ojos profundos y existencias breves.
Pese a mi creciente apatía por ambos mundos, sigo adorando entre todas las cosas, el saludar, que es también descubrir y fundar. Aunque nadie me oiga ya, aunque esta muda gesticulación no sea hablar, he logrado engañarme muchas veces y pasar el día saludando familias enteras, posado en el dintel de la puerta de alguna casa, esperando la llegada de cada uno de los integrantes. ¡Oh mínimas, tiernas criaturas; cuánto mueren! Me doy completo a esos alientos que nos dan a luz y nos intercambian sin casi nunca advertir cuántos precipicios crean al hacerlo, cuán frágiles son y cuánto oficio de muerte y vida hay en el saludo. También me da placer ver a los saludos recién dichos precipitarse fuera de las bocas para encontrarse con su destino y deshacerse con algarabía en el aire. Mas, cuando a alguno le ocurre lo que a mí y le veo en el suelo como a una tortuga de espaldas, sin comprender lo que ha sucedido, siento entonces unas negras y azules ganas de huir al sur. Pero rápidamente logro alejarme y olvidar su cara de desamparo, sus ojos redondos visitados por el horror del destino desencontrado, la cola cascabeleando y esa triste estupefacción que devendrá, tarde o temprano, en abandono, en abulia; en un jirón de adiós
Efímera y barroca es la vida cumplida de un saludo. Cuando estos arrecian, digamos en una recepción o una fiesta, muchas son las palabras que se ubican cerca para ver el dorado espectáculo. Para entenderlo tienen que imaginar un ciclón de estrellas sucediendo a la altura de las narices, miríadas de serpentinas enloquecidas chapoteando en la espuma, una galerna de colas amarillas y profusas que se persiguieran entre sí o mejor; una lluvia invertida de niños inmortales que se esfuman apenas entrevistos o quedan súbitamente huérfanos de todo después. Todo el mundo hablado envidia esa visión en la que los saludos reinventan y reencuentran sus existencias a cada recién llegado, cada principio de amor, prólogo de despedida y muerte. En el fondo, los hombres se sospechan divinos y es gracias a nosotros, los saludos.
Pero los dioses se pagan de nuestra gloria – larga es su envidia- tornando la vida de un saludo permanecido, la vida mía, en muy otra cosa. Así, voy como bote a la deriva por el lóbrego río de una vida que no puedo saludar, rebotando entre ambas márgenes sin pertenecer ya a ninguna. Palabra de númenes, acaso río abajo de con la isla al final del curso y, entonces sí, y por última vez, saludaré la última silueta y entraré en ella como pura sombra, diciendo, tímidamente, “Buenas…”.
Josefina González Novoa