Todos íbamos a ser reyes. De Trinidad Quinteros
 

Todos íbamos a ser reyes.
(Poema)
Lo que puede sufrirse lo he sufrido
y lo que puede llorarse lo he llorado.
Copla anónima.
“Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir”
Jorge Manrique
“La sobresaturación de historia puede ser peligrosa y hostil a la vida porque puede inducir a una época a caer en el peligroso estado de ánimo de la ironía respecto a si misma y a la actitud todavía más peligrosa del cinismo (…) Implanta la creencia, siempre nociva, de la vejez de la humanidad, la creencia de ser un fruto tardío y epígono.”
Nietzsche. Consideraciones intempestivas
“…los hombres han dejado a Dios no por otros dioses, dicen,
sino por ningún dios: y eso no había ocurrido nunca,
que los hombres adorasen, profesando primero la Razón,
y luego el Dinero, y el Poder, y lo que llaman Vida, o Raza, o Dialéctica.”
Coros de La Roca
T.S. Elliot.
Primero.


I
Un día Padre se recordó,
salió al Campo
y vio que el Río se iba.
Y vio que el Árbol ya no le miraba y que al llamarle enmudecía.
Y vio que el Pájaro abandonaba al pájaro en el acto de llamarle pájaro.
Y vio que el Mundo abandonaba sus palabras como se abandona una casa.
Y vio que la Tierra era ceniza entre sus manos.
Y vio que era el revés de una sombra.
Y Padre cerró los ojos,
tropezó al Sueño
y vio una huerta que ya no era suya.
Y perdió el Nombre.
Y entendió, al fin, que la Muerte era así.


II
Y saber que lo que oyes, fue.
Y cuanto digo es verdadero.
Porque ¿quién soy yo -y tu quién eres-
si no eres aquél viajero
que partió de la siempre noche,
por el cuerpo de su sombra
y la canción de su silencio?
Yo nací en un cementerio.
III Canción infantil del pueblo En la tierra seremos reyes y de verídico reinar, y siendo grandes nuestros reinos llegaremos todos al mar. “Todos seremos reyes y de verídico reinar” era el canto de los niños por blanco camino real. Pero ninguno tuvo reino o corona de reinar en los palacios de Tebas o en las orillas del mar. Y prometiendo en las noches promesas de alba real soñaron el río que canta y nadie pudo escuchar. Y todos iban a ser reyes
y de verídico reinar.1
1 Las cursivas de esta parte, con la variación de “reinas” por “reyes”, son tomadas del poema “Todas seríamos reinas” de Gabriela Mistral.


IV
Para mirar para atrás
y hablarle al corazón, paloma,
hay que levantar el rostro entre muchos rostros.
Oye el silencio de mil bocas.
Mírate el cuerpo de muchos cuerpos alado.
Para contar la orfandad
hay que saber el verso roto del tiempo, paloma.
Porque yo sé de hombres
que recorrían la tierra
con los cielos al hombro
y todo lo entendían sin saberlo
y no hay muerte que los sepa.


V
Y vine aquí buscando
el sendero claro de mi tiempo.
Mi casa era una casa de aquellas casas
que orillaban las calles soñolientas
donde el sol entraba agachado
entre los plátanos, y las ventanas
daban a apacibles dormitorios
de muchos rincones secretos.
Allí podía despertarme
en el centro de la noche de vidrio
y bajar las escaleras hacia un salón conocido,
y toparme con un perrito muy blanco
que durmiera sobre un estante
como una bolsa de azúcar
sin que nada de esto lo viera Dios
ni lo confesara un diario
ni lo recordara nadie por mucho tiempo.
Mi casa daba a una calle
y la calle daba a un mundo
y el mundo daba a un mar.
Mi casa era una casa de esas casas
y el retrato familiar
se poblaba de fantasmas
y había que abrir las ventanas
para aventar tanto polvo de rincones.
“Hijo, alguien llama a la puerta.”
Nadie.
“Mañana. Mañana.”
Y todas las mañanas poníamos flores
en un jarrón.
Y yo vine aquí buscando
el sendero claro de mi tiempo.


VI
Canto ahora el día que Pedro fue príncipe de Dinamarca. Laertes perdonado ya no era y Hamlet cayó el último.
“Cuenta esta historia a quien quiera escucharla”
Un árido suspiro de espectadores la vacía escena despeinaba. Los aplausos aleteaban en las manos y todo se deshacía con ellos; Dinamarca, Hamlet, el sepulturero y Ofelia la ahogada. No nos fue dado quedar donde parecía Vida la vida y la muerte era a tempo; bien pronunciada.
“Segismundo, no sueñes ni reines en el vacío mundo del cuento que nos contaban…”
Fui donde estabas, Pedro. Vi el fantasma de Ofelia borrándose la corte y la locura y el blanco vestido virginal que se secaba; los actores volviendo a sus nombres y sombras y el río del mundo a su corriente desmayada. Pero algo había pasado por allí, un leopardo en la época, un reino prometido, una flecha profunda o un viento que nos dejaba. Quise verte la cara detrás del príncipe y robártela. Pero vos te acercaste, Pedro, con la herida venenosa, shakesperiana, llorando fuera de todo verso. Llorabas.
“Tengo todas las cicatrices…” dijiste “…pero no me duele nada”.
Nos mordió la orfandad en el centro del fantasma. La tragedia ha muerto. Nuestro pueblo era al delta. Y no teníamos cuentos. Y no teníamos nada.


VII
Fui a la casa de ella
y hablamos. Se habla mucho.
Verónica, la hermosa
como una torre en llamas
tiene ojos que se revuelven
buscándose el alma;
niñas que se ahogan
en las niñas de sus ojos.
Ambos recogidos en la mesa
hablamos de cosas
porque se habla mucho.
“¿Y qué fue, pues, de aquel muchacho,
tanto que no lo vemos?
¿Ya no está o se cortó el pelo?
¿Era el pasado o era Pedro?”
Y hablamos. Se habla mucho.
En abril, de todos el más cruel,
extrañamos a madre y a padre
y a Pedro.
Y el agua entra por la puerta
y se enrosca en el aposento.
“¡Hay que ver, hay que ver!
¡Quitarse los ojos para comprender!”
Verónica
huele a mar que crece
en el balcón, a ventana, a naufragios y cartas.
Verónica, la hermosa
como una niña ahogada,
para quererle, en voz baja,
el hondo talle, las manos apretadas.
“¡Hay que ver, hay que ver!
- Prendamos algunas velas.”
Sus manos buscando velas
son locas y bellas arañas
mientras sus gestos tiemblan
como párpados al alba.
Subamos al techo, Verónica.
La inundación ¿sabés?
Los días en el delta son un fastidio,
pero qué linda en el barro
y entre los mosquitos.
No lloremos, Verónica;
mejor darnos los labios
y rozar los miedos.
Y se habla. Se habla mucho.
“¡La justicia no es un pingüe decreto!”
Pero hace un miedo de desierto
alrededor de los huesos
y dan sus caballos nuestros ojos
por un luminoso sendero
que en el río creciente
buscamos y no vemos.
Yo también la quiero.
Yo entraría en su casa
como entraría el viento,
la hiciera mía en un suspiro
y que lo sepan los versos.
¡Los poetas de antes!
¡Los de suicidio y ojos negros!
¡Esos rimaban lo diestro y lo siniestro!
Pero ya el agua por el cuello.
Ay Verónica, Verónica:
verdaderamente es mucho trabajo
estar muertos.
Prendamos las velas
que mienten misterio,
ahora que todo se sabe bajo el agua
y esta todo tan quieto.
Hablamos. Hablemos.
Los libros, los días,
el canto y el silencio,
Bergson, flores,
guitarras y amores
pero nunca los nuestros.
Ay, yo quisiera, Verónica,
yo quisiera que hablemos
pero el delta, mi amor,
se lo bebió al pueblo
otra vez -otra vez-
y estamos bajo el agua,
muertos.
Segundo.


I
…..Y a la muerte de Padre los Hijos inundaron la casa.
Y partieron la huerta.
Y al llegar la noche larga, dieron fuego a la casa.
Y el fuego les dio luz.
Y un humo rizado se irguió hacia el cielo como un río negro.
Y los rostros tiznados de los Hijos vieron que el río se fugaba,
vieron que el mundo se atardecía,
supieron que había que apresurar el paso,
y que volver el pájaro al pájaro
y la voz al árbol.
Y siguieron río abajo.
Y todo ello tuvo que ser.
Y no fue.


II
Si por este río conocido
a mi pueblo Ella viniera,
pedirá ojos albos
que puedan verla.
Y quienes faltan hoy,
resurgieran.
Si por este río conocido
a mi pueblo Ella viniera,
el delta la recibiera.
Como un martillo caerá la noche
sobre las espaldas
hasta una verticalidad
de cielo y tierra,
si Ella viniera.
Y la pregunta
que por Poniente persigue
y por Levante acecha,
tiembla en tu miedo
como una Magdalena.
Esas pesadas horas de la vida.
Y se lo dirás
o no hay verdad en tu nombre.
(¿Pedro?
¿José?
¿Juan?
¿Camila?
Mentira. Mentira. Mentira.)
Y se lo dirás o no hay cifra en tu edad
(Uno,
dos,
tres.
No lo sabés)
Y al ver algo estarás ciego.
Y al caminar una calle la borrarás.
Y al amar olvido para los tuyos.
Si por este río conocido
la Esfinge viniera,
manantial mi delta viejo
y alba pichona
la tarde muerta,
si viniera.


III
Ahora lo recordamos:
faltan.
Ella viene.
¿Y dónde en Ella la Madre que tendiera sábanas,
dónde en Ella el Padre Fugitivo
de la sombra larga, sin nombre, sin huerta
sin árbol y sin casa?
… La blancura solariega
de un perdido hogar grita
- era blanca la casa-
y el lamento desanda los años
y llega a través de las Montañas.
Ay, si tornara yo a la casa,
antigua y blanca,
la hallaría pequeña, si yo tornara,
- yo lánguido, ella lánguida-
Y aquí ya no hay niños
y estos ojos no son los de la infancia.
Ella viene
(ahora lo recuerdo:
faltan)
La Esfinge viene con algo muerto
en sus brazos a mi casa.


IV
Pero ayer cantó
la Alada muy de nuestra carne
y de nuestra sangre justa y tanto.
Ayer cantó funeral cuando le dijeron
“los héroes han muerto”
Vamos. Ven.
Este camino va más lejos.
Y hay un aire
que se celebra y se muere
alrededor nuestro.
Y hay quienes viven
y cantan frente al cementerio.
Para los catafalcos
de nuestra sangre la Alada cantó,
esos que van, bajeles del pulso,
y para la honda cisterna
de nuestros ojos, los muy pobres,
los muy videntes, cantó también,
cantaba “los héroes han muerto
en nuestro corazón.”
Vamos, sin embargo. Sin embargo, ven.
Este camino tiene más lejanía.
Este camino va más lejos, este camino.


V
Tuve que nacer cierto día
para ser más viejo que yo mismo.
Más viejo que mis manos,
que mi padre más viejo,
más viejo que mi ombligo.
Hice con mis días una casa
y a la puerta de la casa
llama.
Querrá saber de mis noches,
querrá que le diga las cosas que se saben,
las que se piensan cuando la luna mira,
aquellas que se sueñan tras cartón del mundo,
las que adivinamos en los cementerios,
las alumbradas en un papel.
Mas
entra Ella a mi casa
para mirarme en plena vida
y estrangularme la frente
en silencio,
para morderme las vistas,
y golpear mi casa a oscuras,
mi vida,
susurrando cosas rotas
y liberando, vocingleras por el aire,
todas las palabras de los muertos míos.
Todo esto es una pregunta
buscando palabras en la noche,
en la duermevela de la Historia
que cura sus pies en el mar.
Tanto camino para verte, mi amor,
vieja vida.
Habrá que volver a aprender
las muchas formas de la muerte,
habrá que saber todo nuevamente
cuanto no entendemos que María
murió con los puños cerrados,
que Ignacio se apagó sin vehemencia,
que Ana mira algo con los ojos cerrados
la boca llena de tierra
por qué le faltan estos pétalos a la vida
por qué habrá que cantar
hasta que los héroes no puedan morir
y en nuestra boca alcancen
el suave fragor de la gloria.
La blanca Esfinge
llama en el silencio de las taperas,
se arma de jazmines de otrora
y de perfiles sin sombra,
de modos de carraspear, de mañanas en las veredas
y tiernas conspiraciones,
Ella pidió sus alas y sus preguntas
y salió a buscar sus después
y en una hora sin cuándo
ha venido a morir a mi alma
para que la vivan mis días.
A mi alma vino a morir,
tromba silenciosa en la carne varada,
saberse morir a sabiendas,
animal malherido en la noche,
oscilar en la penumbra del delta.
- Hijo de sobrinos,
huérfano de todo cuño,
ven aquí y pon los pies en el agua de esta canción.
Si es triste el delta de las pasiones
al final del tiempo
yo me acerco a ti y te digo
“ven a la sombra de este cuento
y sabrás cómo es haber sido parte
del alba del mundo
cuando era temprana la fe.”
Pues nacimos diciendo adiós,
adiós hermanos tan tarde, tan luego.
Adiós y hasta el ayer donde los rostros se abruman de viejas manos.
Bajo la noche,
bajo el templo en ruinas de mi tiempo,
mi vida,
lloraré la sordidez de las estrellas,
la pálida gloria de mis hermanos.


VI
A
Pero aún, años después, nadie olvida la noche en que Pedro se hizo árbol. A toda luz visible se hizo árbol. A todo ojo. Fue verlo a él, una nube de carne, despedir un relámpago seco, enramado, que también era él y al que miramos con alguna familiaridad, porque recordábamos algo. Y lo vimos crecer, fugar sus ramas por las ventanas desde sus sienes, ramificarse desde las sienes de Pedro, los ojos cerrados de Pedro, su cuello.
Pedro quería saber de cielos y se trocó en un árbol que ya fue su mano triste buscándolo. Pedro quería saber de cielos y murió una noche, desnudo, cuando todos mirábamos un punto distante, de espaldas a su árbol que crecía en nuestro delta y era más alto que si mismo muchas veces.
Semanas después cortamos el árbol y lo repartimos entre quienes sabíamos su nombre. Dijo Ismael que cuando lo arrojó al fuego olvidó su rostro y sintió que le habitaban los pájaros. Verónica dijo que al arder Pedro su niña lloraba lentamente mientras una taza se llenaba de te. Y Joaquín conversó con una mujer morocha cuya boca se arrodillaba en una pregunta y desapareció con ella, al alba, cuando todo era cenizas, y nunca mas supimos de él.
Por estas cosas, que nadie que no comprenda que Pedro gritó en el fuego el laberinto secreto, me oiga.
Que nadie que no haya olido los perfumes de la orfandad, me oiga. Porque ¿quién soy yo -y tu quién eres- si eso no sucedió esa noche, esa noche larga en que no hizo falta morir para ver tan lejos y por sobre el hombro de los fantasmas?
B
Todos los llantos
y ningún canto.
Todos los llantos y en ninguna parte
un canto.
En la guitarra las muchas canciones.
Pero no tenemos canto.
Canto de construcción,
canto de siembra y azada
no tenemos.
No tenemos canto.
Canto para despertar niños,
canto que alegre las manos.
Canto. Canto. No tenemos
canto.
Sólo silencio
y silencio de barro.
Barro que no hace hombres,
barro triste,
sólo barro
y entre el barro ningún canto.
C
Canción del entierro de Pedro.
Verde nacía el silencio
entre las bocas quietas.
Había silencio de rosas
y un alarido de yedras.
Cuando llevaron al finado
por la calle muy vieja.
Eran azules las muchachas
entre el frú- frú de las telas.
Adiós, adiós dijimos todos.
El viento pasa y no queda.
D
Canción para Pedro en el fuego
Hay un árbol en el fuego
que tenía un corazón,
corazón de morir sin rumbo
llora al fuego, humo y canción.
Canción de quemarse entero
sangrando al aire viejo dolor,
dolor que se eleva a lo alto,
alto eco de su verdor.
Verdor de niño silente
que se quema en el horror,
horror de la noche muda,
muda la luna su color.
Color de fuego que enciende
los barrios con su aparición
y aparecen sombras de antes
que nos recuerdan a vos.
Y vos sabés cuánto duelen
las esfinges del corazón
cuando lloran empotradas
en la roca de un viejo amor.
Amor que al fin por ser amor
no pierde el perfil que amó.
Llora vida, llora muerte
un árbol que se secó.
Hay un árbol en el fuego,
el ayer es una canción.
Se levanta, se hace humo
y llena la habitación.
Hay un árbol en el fuego
y su lenta interrogación
le hace señas a la vida
y la vida muere de amor.
Tercero.
Cámpora en Cuernavaca.
- Rey de una primavera yo fui. Rey.
¿Cuántos pies maduran en la negra noche?
¿Cuántas sombras henos aquí?
Yo sé qué es lo que buscan esos muchachos
que prenden velas y detestan la luz eléctrica.
Ella camina de un rincón a otro del cuarto
encendiendo luengas velas llenando el aire de precipicios.
Y no hay palabras de color alguno
en sus ojos de papel cuando se acerca a el.
Dormirán luego mirando diferentes
rincones del cuarto negro.
¿Es esto culpa mía?
Debajo, no concilia el sueño
el señor de los fantasmas.
Muecas lejanas, rotas en el espejo,
le pinchan los párpados, ahogadas en este río que ahora veo correr,
y que muestra sus rostros en mil huellas,
mil pequeñitas olas. Oh, así retornan, sobrinos míos,
pero ya no volverán.
No me des, última vida, conciencia de esto.
¿Es esto culpa de él?
¿Es esto culpa mía?
La noche me retorna a mí.
Ese niño
se desprende de la muchacha, va hacia el balcón
que pende sobre la ciudad y es el ojo de la vigilia.
(- Señor de los fantasmas,
vaya a dormir ahora.)
El lucero se clava en la tarde.
Mi país se cubrió de nieve.
Quisieron matar a las ideas
pero nos mataron los pies.
Y babas del diablo sobre las frentes
que miran para el Oeste.
¿Es esto culpa mía?
¿Es todo lo mismo y nada,
las casas y su canción de polillas,
es todo lo mismo y nada?
“Yo me apagué una semana de diciembre.
Donde antes había flores
ahora las seguirá habiendo”
(El señor de los fantasmas no puede dormir.)
¿Es todo esto su culpa?
¿Es todo esto culpa mía?
Perdón.
Perdón.
Perdón.
Oye los pasos de la Esfinge
caminando por Tebas.
Yo, que ya he muerto, y mis sobrinos, que ya han muerto,
sabemos lo que busca. Ellos morían
en los caminos, matados o muertos.
Las almas atravesadas por un avión negro
subieron alto, muy alto
y luego cayeron.
“Todos íbamos a ser reyes
y de verídico reinar
y al alba de mi reinado
nadie me pudo encontrar”
La Esfinge anda por Tebas
con un saco de huesos.
Repartiendo los huesos va
por esas casas
que tienen un retrato velado,
un naipe boca abajo,
una fecha ahogándose en la garganta.
¿Es esto culpa mía?
Golpear, golpear y golpear
a través del puente oscuro
de una violencia amorosa
hasta que la sangre,
en delirantes borbotones,
murmure enloquecida
viejas canciones de cuna. Esta era la consigna
cuando el encabritarse de los potros negros
que la tierra olvidará:
a la revolución le ató la garganta
el suspiro de una niña…
Pero yo no he matado
ni he muerto el triunfo final.
Una máquina eléctrica
se comió a todos mis niños.
La máquina nació una noche
¿Fue culpa mía?
Y todo esto de lo que hablo
¿No es lo que hablan los insomnes?
¿No es para esto que deseamos la vida?
“Ya está, ya está…
A dormir, tío.
A dormir, señor de los fantasmas.
A dormir, sobrinos”
……………………………
Bajar la escalera, beber vino
por los tiempos que ya se van
“se van y nunca volverán”.
Me muero en Cuernavaca, Señora,
y no le llevo noticias de auroras triunfales.
Ha sido un río, Señora.
Bendígame, porque me voy a morir.
……………………………………………………………………………….
A orillas.
(Empero)
He mirado para arriba y visto que vengo;
para llegar hasta aquí
bajé por una profunda escala.
Y así nazco y así muero
en la muerte de mi.
Así, en breves sorbos,
bebo el infinito,
echando a los hornos de la muerte
mis arcillas añosas,
enhebrándolas sin fin
en ojos novedosos
y nuevas bocas.
Y de aquí ¿a ningún lado?
Y de aquí ¿nadie me llama?
Y de aquí ¿silencio en los montes
y en la noche larga?
¿Atravesé las generaciones del polvo,
edades de la nada,
de arcilla a jarra
y de jarra a agua
para llegar a ninguna sed
al cabo de todas mis gargantas?
Atiendan lo que dice
esta boca nueva,
esta larga viajera:
de aquí no voy a ningún lugar
que no sea la canción alta.
Alta en la vida
y en la muerte alta.
Y si la Justicia
atraviesa mis recodos
¿Dónde tu, Melancolía
de vieja tumba?
Y si suspiro epiloga sollozo,
enjuga milenios y vidas,
y socorre la llama que no cesa
¿Dónde tiembla el fémur plañidero
su relato culminante?
Y si es templo este cuerpo
de verticales gritos
¿Qué silencio se eriza
en los dientes de mi morir?
Y si la Justicia
atraviesa mis recodos
¿Dónde la plegaria muda
que comprende y enseña
que morir no es muerte,
y es blasfemo este llanto,
y sublevando la tumba
corra los velos de la luz
desenmordazando los cementerios?
De aquí no voy a ningún lugar
que no sea la canción alta.
Alta en la vida
y en la muerte alta.
Yo soy el hombre que para llegar hasta aquí
descendió profunda escala,
bajé el río del tiempo
para dejar en el mar la cara.
Y del mar a otros ríos.
Arriba… Arriba…
Arriba, otros ríos me aguardan.
Silencio. Silencio.
Un murmullo atraviesa
la cintura de mis milenios.
……………………………………………………………………………….
Suspiro.
Y con el paso de los años retornarán a nosotros
aquellos que han muerto jóvenes.
Como flores de ultratumba surgirán
detrás del follaje añoso
con que los días barbean el sueño de la historia.
Y tendrán entonces el color de los resurrectos.
Y tendrán láminas crepuscularias
acortinándoles el sueño inminente.
Y tendrán el dulce gesto
de los que han llorado encendidos de amor,
de los que escondieron bajo la cama
dioses perdidos en la niñez.
Y vendrán desde muy atrás empujando todos los fantasmas.
Y serán reyes entonces.
Y tendrán todo lo que perdieron.
En memoria de Pedro di Raimondo